Carlota Podrida, de Gustavo Espinosa

“(Nota del autor para los traductores: Señores, no conozco sus caras ni sus nombres, ni sé en qué tiempo emprenderán su tarea. Pero ahora estoy seguro de que ustedes existen, están esperando estos papeles en algún rincón del futuro. Noten, entonces, que la expresión “todo el mundo” (galicismo e hipérbole lexicalizada según me enseñaron en los cursos de idioma español) en este caso se aproxima bastante a la literalidad. Significa, y es un mérito que me cuesta creer propio, más que “mucha gente” o “en muchos lugares”, o “en todo Treinta y Tres”, o “en muchas partes del Uruguay”).
Estos vértigos deben ser inevitables cuando se han logrado las traslaciones desastrosas que yo me propuse: transformar el signo en realidad, hacer que el espectáculo de la virtualidad desrealizada emane los aromas agrios de la carne, alambicar la transpiración y el moco de lo que era información pura, resolver una mera irradiación platónica, un fluido de ilusión, una alucinación eléctrica, un tejido cansado y adrenalina triste. Y esa desprogramación súbita que he consumado comienza por reconvertir los símbolos en un organismo que se eriza y, acaso, menstrúa.”
Fragmento de la página 98 de “Carlota podrida”, de Gustavo Espinosa, Casa Editorial Hum

En la carpa de la Feria del Libro de Maldonado, el editor quería, con énfasis, vender el libro de un portugués llamado José Luís Peixoto. Según él, en Portugal regalan la novela en los velorios. También describió el tipo de literatura, aparentemente en boga por estos días, consistente en narrar la propia vida del escritor o algo así. Lo de los velorios me pareció interesante, curioso. Lo de revelar el propio transcurso vital me da una impresión de escasez y dudo de la proyección de una obra así, pero todavía no lo leí al portugués, que capaz que es bárbaro, hasta parece que se coló en unos cuantos mercados y todo. Mi argumento de oro para no elegir el libro es el tema de la traducción ya que, a falta de criterios sólidos a la hora de seleccionar lecturas, me baso en el capricho, el prejuicio, el afecto. El capricho prejuicioso me dicta no leer traducciones del portugués (salvo Saramago, a quien ya no leo porque me aburrió). El afecto hizo que no dudara un instante en hacerme de “Carlota podrida”, escrito por Gustavo Espinosa, un olimareño que nunca fue mi profesor de literatura, si se exceptúa la vez que concurrí a su taller literario (justo el día en que se cerraba) y una clase que dio invitado por Ricardo Tejera, que sí era mi profesor, ese que me demostró que se podía cantar dando clase y que no me dejó hablar de “Los hermanos Karamazov” después de que me pasara tres días ininterrumpidos leyendo el mamotreto, que había disfrutado mucho. El caso es que me provocó una alegría ver publicado ahí a Espinosa, metido entre algunos de los prohombres de la literatura uruguaya actual. Recordaba además la brutal experiencia de las moscas que negrearon en medio de “China es un frasco de fetos”, su anterior novela, premiada por la revista Posdata y que compré en la extinta Librería Olimar, mi primera librería. Se trataba aquél de un libro rarísimo, de grueso calibre surrealista y ambientado en un futuro devastado que, de todos modos, daba cuenta mediante el ridículo de algunas taras de nuestra sociedad. Recuerdo que, para acentuar el efecto de extrañamiento, lo leí al mismo tiempo que “Shanghai baby”, por lo cual hice un texto para Iscariote donde mezclaba las reseñas de ambas novelas, tan diferentes y chinas.
Carlota es diferente y es igual. Se diferencia en que muestra unos personajes realistas en un Treinta y Tres parecido al que uno se encuentra más o menos incambiado cada vez que se baja en la plaza, con todo y árboles, barrios y apellidos de siempre, los mismos que aparecen año tras año en las listas del liceo, en los nacimientos que publica la revista del cable. Pero también en eso es igual, porque también están las calles y veredas anchas de siempre ahí, porque el desquicio aterriza como un meteorito de mierda sobre el pueblo. Para quien no conozca la “capital olimareña”, podrá hacerse una buena idea de sus dinámicas a través de la escenografía que pinta Espinosa, desde el periodista Amílcar Recuero (que tanto recuerda a una de las voces notorias de la radio local) hasta los paraísos que pueblan las calles del centro y el contraste entre éste y los barrios más alejados. (No son paraísos artificiales, son árboles).
El mundo llega a Treinta y Tres a través de la visita de beneficencia que recibirá de la actriz europea Charlotte Rampling, la misma que el narrador oteara febrilmente en una extinta sala de cine local, tal vez inspirada en una que nunca conocí más que por cuentos, donde hoy es la agencia de Núñez Transporte y Turismo. La ocasión es anunciada con antelación, la cual abona la planificación febril del personaje, quien normalmente se desempeña como músico en una orquesta de cumbias, en las que a veces se copa haciendo algún solo desproporcionado en tributo a sus ídolos nada tropicales. Es un secuestro. La narración está dividida en dos partes, que se intercalan, una de las cuales es el relato de los hechos, tendiendo a cierta sobriedad, y la otra el monólogo del personaje, en cuya cabeza se repasa el pasado, se enumera hasta el hartazgo sin obviar el caos y alcanzando la imposibilidad de la traducción dada la mescolanza de regionalismo y cultismo. El desgraciado del escritor previó eso ya que, pocas páginas después de que a mí se me ocurriera la genial idea de pensar cómo se las vería un traductor con tal exceso, al narrador va y se le ocurre hacerle alguna puntualización al eventual profesional de la traición. Mala gente: rezuma consciencia.
Se podría dividir el tiempo en a) pasado adolescentoide previo a no irse a Montevideo, b) presente decadente, que a su vez se parte en 1) antes de la llegada, 2) durante el arribo, con transmisión y todo, 3) durante el esperado nudo de la narración y 4) después de él, ya viviendo muy cerca de la Biblioteca Policial. Éste va transcurriendo, de forma no lineal, a través de las dos narraciones solidarias ya nombradas, en las que vamos conociendo de a poco a los personajes: “la loca Marisa”, “el Perejil”, “el Pijero”, que son los que más recuerdo. La primera por puta de culo chato y grisáceo, el segundo por recordarme a un personaje de la vida real muy parecido y el último por tallar vergas de madera y porque trajo cola: Gerardo, que estaba leyendo el libro siguiéndome algunas páginas atrás, me mandó un mensaje de texto que decía “no tallo más”, en el que se refería al símil que vio entre sus muñequitos cilíndricos y piezas de ajedrez con los falos del itinerante personaje olimareño.
El lector se ve forzado a intentar dar un eje conceptual a la cosa. Yo vi este: el ideal etéreo de un primer mundo mamado desde el tercero viene a darse de cabeza, envejecido, contra el barro y la bosta del confín de la periferia detallada. Hay dos puentes viejos: la imaginación y el lenguaje. Esto no debería ser una novedad tratándose de literatura, pero quizá sí lo es si se le agrega un gentilicio al sustantivo que está antes de la última coma. Debe advertirse que, en unas épocas en que el coginche y la prostitución gozan de prestigioso estado mediático, el que no es apto para todo público es el lenguaje de esta novela.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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3 respuestas a Carlota Podrida, de Gustavo Espinosa

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