El cerebro de Kennedy, Henning Mankell

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Mankell

La buena literatura puede serlo de varias maneras. Una posibilidad es el hallazgo lingüístico permanente, un viaje por unos signos siempre cuestionados. Otra es el entrechocar conceptual que pone todo el mundo en tela de juicio. También está la vertiente de la belleza. Las pasiones humanas, los grandes temas. En general, asocio todas las posibilidades –que pueden venir emulsionadas- a una densidad, a un espesor que impele al lector a la búsqueda de regustos y raíces. Yo sumaría la fluidez y la capacidad de generar adicción, la capacidad para diseñar un laberinto prolijo por el que uno deba pasearse atrás de la consabida zanahoria. Son estas últimas virtudes las que me tienen en mi campaña “Mankell al Nóbel aunque sea sueco.”

Habitualmente este escritor plantea sus historias a partir de un quiebre criminal del orden del mundo, como dice el manual del policial. En este caso, es una arqueóloga sueca que, al volver de su excavación en Grecia, encuentra al hijo muerto en el apartamento. Se niega a creer en el suicidio que dictaminan la investigación. Coherente con su profesión, se dedica a hurgar en los detalles, tras lo cual empieza a descubrir que no conoce a su hijo. La trama la pasea por el mundo, buscando primero a su marido, el apartamento que su hijo tenía en otro país y, finalmente, a Mozambique. Los indicios son débiles y la voluntad fuerte. Hay una amenaza constante, manejada sutilmente a fuerza de oscurecimiento.

La narración lineal que acompaña a Louise Cantor tiene momentos poéticos, especialmente cuando las cursivas muestran los pensamientos y recuerdos de una mente que todo lo relaciona en búsqueda de coherencia.  La mayor profundidad se adquiere en África, donde se cuela la declarada “ira” del autor, según dice en el colofón. Hay un contraste cromático, de temperatura. Hay un fuerte cuestionamiento moral que llega hasta la denuncia, sin perder jamás la prioridad narrativa. Se nota el amor fraternal de Mankell por África, que probablemente da algunos de sus mejores momentos, cuya cumbre probablemente sea “Comedia infantil”, un libro hermoso.

Por último, cabe reparar en la distancia que el final de la novela tiene respecto a la tradicional vuelta a la calma lograda por el personaje investigador. Se parece al ser humano, pendiente siempre de una conclusión.

Permaneció inmóvil mientras se le habituaba la vista a la escasa luz del interior. Escuchó el coro de las respiraciones. Cortas, las unas, violentas y esforzadas las otras, y aun otras tan débiles que apenas si se oían. Surgían de allí estertores y rugidos y gritos broncos que se vertían en susurros. Observó la habitación repleta de enfermos, buscando a Lucinda.
Sacó un pañuelo del bolsillo y se tapó la boca con él. No podría controlar sus náuseas por mucho tiempo. Empezó a caminar por la sala con sumo cuidado para no pisar ninguna pierna ni ningún brazo extendido. “Raíces humanas”, reflexionó para sí, “que amenazan con enredarme” Apartó la idea, por absurda. No era necesario expresar la realidad con símiles. Ya resultaba bastante incomprensible tal y como era. Siguió buscando.

Calificación: Muy bueno
Título original: Kennedys hjärna
Traducción: Carmen Montes Cano
Edición: Tusquets, 2009
ISBN: 978-84-8383-179-3

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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3 respuestas a El cerebro de Kennedy, Henning Mankell

  1. José Luis Salas dijo:

    Me agradó su forma de narrar, pero haría más ágil la lectura si suprimiera los ripios. En la actualidad, la mayoría de lectores dejan de leer una novela o cuento que posee demasiados.

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  2. damiangb dijo:

    Y con eso se pierden alguna otra cosa, creo.
    Creo que alguien tendría que escribir algo como una defensa del ripio, al menos a la luz de los grandes ejemplos, de esas grandes narraciones que nos hacen notar que el ripio es inherente a la construcción de un relato que dé el espesor de un mundo.
    Un abrazo, José Luis, y desde luego que bienvenido al blog.

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  3. ifdeplee dijo:

    1-¿Ripios? ¿Mankell? ¿Te parece? Yo no veo eso para nada. Me parece, sí, que hay momentos reflexivos, monólogos interiores, imágenes poéticas. Que son justamente los que le dan el valor a Mankell por encima de cualquier best seller yanqui. Por cierto, creo que se caracteriza por ser muy ágil.
    Me sumo al saludo de Damián.
    2- Me sumo a la defensa del ripio. Creo que no tiene un valor de puro relleno. Cuando se tiene cierta intimidad con las palabras, se sabe cuándo el discurso significa, más que por las puras palabras, por la forma.

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