Patadas y abrazos.

La mañana empezó con dificultades después de una noche en la que me dediqué a cambiar versos por pizza y cerveza, transacción que empezó a cobrar sus intereses a la hora de levantarme y que los siguió recolectando en un momento más importante, cuando me vi obligado a hacer la corrida más crucial del día, después de que hubiéramos hecho un lindo viaje con el Archiduque y Damián por la ruta doce. En la radio del conductor sonaba música folclórica que se intercalaba con los cuentos de Landriscina, como si el mundo hubiera sabido que íbamos a la premiación de un narrador. Bajamos en la plaza de Minas, donde la belleza estaba encaramada en la escalera de la mañana. Subimos la escalera del patricio predio donde mora Leonardo de León, golpeamos en la puerta que tiene el número 103 y apareció un escritor de melena leonina lagañosa. Tuvimos “No vi la luna” por primera vez en las manos y a Martina en los ojos. Y la conversación siguió germinando, creciendo con las llegadas de Rodolfo Santullo, Horacio Cavallo, Leonardo Cabrera, Pedro Peña (con toda la familia), Agustín y Valentín Trujillo. Caminamos por la calle Treinta y Tres para llegar al coloso de cemento que albergaría el match. Sí, de cemento. Porque el pasto sintético de esa cancha no es más que un delgado engaño arenoso que impuso varias resbaladas.
Los equipos para el “Partido de los escritores” habían sido votados con antelación. Repetían la disputa del año pasado. El combinado de Maldonado formaba con el Archiduque al arco, Fernández de Palleja en el fondo (solo en muchos pasajes), Trujillo (que mostró por qué se lo compara con Ronaldo), Ignacio “Stallion” di Tullio (que no juega de poste sino de ropero) y González Bertolino (quien alegara estar lesionado en los días previos al juego y se lo sorprendió una vez más mintiendo). El rejuntado de San José y Resto del Mundo alineó a Rodolfo Santullo entre los tres palos (que, según declara, ha trabajado en aumentar su masa corporal para cubrir más espacio), Cabrera y Cavallo atrás (sacrificado el primero, sorprendente el segundo dada su chapa de fumador) y adelante Leonardo de León (cuyo entrenamiento se notó) y Pedro Peña (todo enganche corto y epopeya).
El partido, en un hecho inusual para uno de fútbol 5, estuvo dividido en dos tiempos. En el primero, las acciones comenzaron parejas, en un trámite en que los rivales se estudiaron, aunque algunos entendidos sostienen que fue el período durante el cual uno de los equipos pudo correr. La trabazón se mantuvo durante bastantes minutos, para luego empezar a quebrarse sobre el final de la primera mitad cuando empezaron a caer los tantos de Maldonado. Debe consignarse, para hacer honor a la verdad, la notable actuación del Archiduque y de los palos.
El entretiempo permitió a este cronista ir hasta el almacén de la esquina y comprar unas servilletas Sussex, que recibieron un fin para el cual no fueron pensadas. Eso le permitió afirmarse en el campo de juego (correr sin miedo), aunque se abstuvo de hacerlo durante un rato, notoriamente coincidente con los cimientos de la remontada maragata, en los pies desconcertantes y épicos de Pedro Peña. Las acciones se vieron de pronto empatadas. Tal vez como fruto del afloje natural del equipo de San Fernando, que rápidamente reaccionó tranformando el cuatro a cuatro en ocho a cuatro (más o menos). Fue en la segunda mitad donde se estuvieron las mejores jugadas. El mejor gol del partido, hecho por González Bertolino después de jopeársela a Cabrera. Los dribblings de Pedro. La agónica jugada en que Peña no consigue hacer el gol, la pelota deriva hacia atrás y la agarra Cabrera como viene, colocándola entre la maraña de escritores que se interesaban por la salud de Peña. El gol de quien esto escribe, tras un prolijo pase de Trujillo y frente a la salida de Santullo, a quien la pelota le pasa al lado del pie de apoyo.
El trámite del partido fue serio, los dos equipos jugaron para ganar y uno lo consiguió. Maldonado doce, San José seis. Se registraron algunos golpes, mayormente causados por la vehemencia y la hombría. Un recio defensa ajustició al principal homenajeado de la jornada, el escritor Leonardo de León. Leonardo Cabrera vio comprometida la salud de su pantorrilla al trancar con Di Tullio. Quien esto firma sufrió la plancha que le había sido prometida por Rodolfo Santullo, lo cual constituye una novedad de peso si se consideran las nulas condiciones para el regate y el amague. En ceremonia informal y no por ello menos emotiva se entregaron los trofeos. El goleador fue Damián González Bertolino, con cinco dianas. El mejor golero fue el Archiduque. El mejor jugador, por aclamación, fue Pedro Peña, quien en el acto oficial del Morosoli mostró sentirse más emocionado por la estatuilla alada que por la mención literaria.
Después del cotejo, los jugadores se encaminaron al Estadio Lavalleja de Minas para darse la merecida ducha, que contaba con un frío antecedente en el Teatro Fabini. Había partidos ese día en el estadio. Jugaban los sub quince de Minas y Casupá como preliminar y de fondo la final de clubes del interior: Nacional de Nueva Helvecia y Melo Wanderers. Los escritores se imaginaron en la cancha grande y se cansaron. El agua salió caliente y colectiva. Mientras alguno se preocupaba por un jabón desgraciado que insistía en caerse, otro pregonaba que una generación sólo es tal si se ha bañado junta. Etcétera.
Los atletas ingirieron carbohidratos y calorías bobas en el tradicional restaurante “El ombú”, tras lo cual cruzaron en diagonal la plaza para apretujarse en la sala donde se realiza la ceremonia de premiación. Heber Raviolo, de Banda Oriental, hizo algunas consideraciones nada menores acerca de la ola de narradores en el entorno de los treinta años que se viene adueñando de la pelota. Leonardo de León, por su parte, fue auténticamente humilde y agradecido en sus palabras. Y puso en tinta la patada que le di.
Un rato después, el equipo ganador volvía en una unida de COOM en plena embriaguez de la victoria. Era la hora del análisis y la despedida. En la edición 18 del “Narradores de la Banda Oriental” otro será el premiado. Se espera que también haya partido.
La luna estaba dorada y dudosa cuando hice las últimas cuadras hasta mi casa.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Banda Oriental, Damián González Bertolino, fútbol, fútbol uruguayo, Horacio Cavallo, Leonardo Cabrera, Leonardo de León; Fabián Muniz, Premio Nacional de Narrativa, Rodolfo Santullo, Valentín Trujillo. Guarda el enlace permanente.

8 respuestas a Patadas y abrazos.

  1. >¡¡Muy bueno, Nacho!!Un abrazo.

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  2. >Me encantó! Felicitaciones por la victoria. Muy buenas las fotos. Abrazo

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  3. Telemías dijo:

    >¡Que lindo, IFdeP! Lindos los hechos y aún mejor la narración de esos hechos, amigo!Un abrazo!!!Y realmente me sentí honrado y feliz feliz feliz de mi trofeo!!! Ahora los músculos esos de la entrepierna se me parten de calor, pero valió la pena!!!

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  4. >comparto la molestia de los músculos. brillante la crónica. aunque claro, sigo sintiéndome más cerca del escritorio que de la cancha. duele menos, eso es seguro. fue un placer enorme compartir todo el día de ayer. abrazo para todos.

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  5. >¡Excelente crónica! Me hiciste recordar cada momento. ¡Un abrazo enorme!A.A

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  6. F. de P. dijo:

    >Estuvo bueno reencontrarnos, y encontrarnos. Abrazos para todos.

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  7. >¡Linda crónica, Nacho!Gracias a todos por compartir este momento conmigo. Estas cosas no se olvidan nunca.Mi mejor abrazo.

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  8. >Bueno, quiero decirles que está casi confirmado que tenemos partido el próximo sábado 2 de octubre, acá en Maldonado…Un abrazo.PD: Una consulta… ¿Les gustaría jugar sobre pasto esta vez?

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