El arte de la resurrección, Hernán Rivera Letelier

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Rivera Letelier

Tenemos que ubicarnos en los años veinte, en el desierto de Atacama, más concretamente en las oficinas salitreras. Ese es el escenario del “Cristo de Elqui”, un predicador autoproclamado y resistente que suelta su verbo a la mínima ocasión, se hurga los mocos para encarar los problemas y se encamina rumbo a una salitrera en particular en busca de una puta famosa por su piedad, ya que en su consultorio tiene la imagen de una virgen a la cual venera. Termina llamándose “Magalena”, palabra que, en su carencia consonántica, revela la renguera que quiere mostrar el relato, algo así como la distancia entre la intención y el acto. Porque el Cristo de Elqui está firmemente convencido de su carácter nazareno, lo cual lo hace objeto de los más variados escarnios y vejaciones, que soporta con un estoicismo parejo con la habilidad para levantar su túnica sui géneris al menor escarceo sexual o la inconsciencia al tirarse al vacío convencido de que va a volar. Tendremos también que sentir el condimento de la vida de los salitreros en huelga, la mayoría machos devotos de Magalena; agregaremos unos esbirros del propietario inglés del emprendimiento. Estará el cura, de connotaciones opuestas a las del Cristo.

Ese es el punto donde desemboca el relato, que abreva de subrelatos oportunos que bambolean la línea del discurso hacia atrás en el tiempo y quiebran sutilmente la línea de la tercera persona para meter fluidamente las voces de los personajes contándose. La lengua, en cualquiera de los niveles del discurso, abunda en chilenismos que contribuyen al sabor del texto. Correspondiendo a los personajes y al desierto, hablan todos lejos de todo eufemismo.

La trama tiene giros interesantes, a impulsos del ridículo y lo grotesco o brutal, lo cual sucede hasta el último suspiro.

Se tiene la sensación de que el relato tiene mucho de literatura sudamericana, es decir, de pintura social, o de eso que se espera o se piensa de la literatura sudamericana. La duda que puedo plantear es si la mímesis es respecto a la literatura o al paisaje geográfico y humano, que probablemente imponga un tono determinado.

Uno termina queriendo a esa gente, lo cual no es poco.

Ahora todo su equipaje consistía en la liviana bolsa de papel. En ella llevaba lo que le era menester para vivir. Siempre que alguna gente le sacaba en cara la franciscana pobreza de su patrimonio, él pontificaba para ayudar a sus semejantes. En especial a los enfermos y a los débiles, y por sobre todo a los pobres de espíritu. Porque era mejor ser que poseer. Y para que los fariseos que lo criticaban lo fueran sabiendo de una vez por todas, al final del día, hermanos míos –exhortaba en amable tono declamativo-, él era el que era: un Cristo pobre, sin un cobre, un Cristo perdonador, paciente y bueno, un Cristo chileno.

Calificación: bueno (con momentos muy buenos)
Editado por Alfaguara, Uruguay, 2010, 254 págs.
ISBN: 978-987-04-1519-0

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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