Cuentos de tripas corazón, Leandro Delgado

Delgado

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Había leído tiempo atrás “Adiós Diomedes”, del mismo autor, que estaba bastante bien. Apoyado en ese escalón, me hice de este libro, que terminó presentándose como un recoveco de la escalera, una suerte de descanso de un edificio de Montevideo. Se trata  de un conjunto de textos, de los cuales no todos son cuentos. Uno de ellos es una suerte de declaración de principios literaria y otro es un conjunto de impresiones de sucesivas llegadas a Montevideo desde el exterior. Hay un texto raro y desmembrado que parece ser los apuntes tomados de un programa de esos que hay después de la medianoche.

Hay relatos donde los personajes son unos semiintelectuales boludones cuyos argumentos no consigo retener. En otros, aparece lo raro como motor, como el del extraterrestre –o lo que el narrador piensa que lo es- que aparece para robarse el asado. Son textos cansinos, que mi débil memoria no llegó a registrar más que como apoyo para llegar al último punto. Me parecieron malos. Me siento obligado, no obstante, a suponer la existencia de lectores para cuyos paladares el gusto sea muy otro, dado que se trata de unas construcciones hechas con un lenguaje eficiente y fluido.

Recuerdo tres. Son relatos y tienen personajes claros y vivos. En uno, unos españoles están en un bar y se suscita un desacuerdo por los nombres que uno de ellos le ha puesto a su hijita. Hay tensión, hay color. En otro, se trata de un amigo que le pide al narrador que le pida la plata adeudada por un tercer amigo, que ha tenido la precacución de cambiar de sexo y no quiere pagar. Es patético y divertido. Después, puedo anotar el relato de un esquizofrénico que habla con diversas voces internas a la vez que intenta retener sus recuerdos. Las voces interiores son una especie de Oficina de la Felicidad y Osho, que lo llama Luisito. Me pareció divertido y ahí vi las “tripas corazón” porque tiene una escena sexual bien hecha.

El libro se parece a esos jugadores de fútbol volubles que, en un momento, hacen fintas intrascendentes en el medio de la cancha y, en otro, definen con discreción y eficiencia.

Otras veces salía a conversar al muro con alguna amiga de la cuadra. Nosotros no hablábamos mucho con ella, pero ella sí, a veces se acercaba. Sabía que estaba buena y nos hacía la cabeza, o capaz que no sabía, pero nos hacía la cabeza igual. Siempre con el shorcito deshilachado o el bikini. A veces nos juntábamos todos los pibes y nos hacíamos una paja colectiva en el fondo, a ver quién acababa primero, todos pensando en ella. El que acababa primero ganaba y en algún punto de la imaginación se la quedaba. Y yo ganaba siempre, gran pajero yo. Y habrá sido por la fuerza de la imaginación y de las pajas que me terminé quedando con ella, quedando por un momento y quedando para siempre. Es el problema que siempre tuve porque nunca me la pude sacar de la cabeza. Antes pensaba que había sido el mejor debut posible, pero con el tiempo me di cuenta de que me terminó cagando la vida, porque después de eso sólo buscaba algo igual y nunca lo encontré.

No sé por qué me eligió a mí. A lo mejor se corrió la bola de que yo la tenía más grande que todos, era un dato. Por otra parte, yo parecía mucho mayor de lo que era, grandote, siempre de golero. Parecía de 15 y era el más alto de la clase. Entonces los dos parecíamos de 15, pero ella tenía 17 y yo 13.

del cuento “En la vida hay amores que nunca”

Calificación: regular

Estuario Editora, Montevideo, 2010, 153 págs.

ISBN: 978-9974-6873-3-2

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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Una respuesta a Cuentos de tripas corazón, Leandro Delgado

  1. Ramiro dijo:

    Bueno, yo no lo leí todo aún, pero algunos cuentos me gustaron. El que hace una suerte de historia personal sobre su relación con la ciencia ficción, por ejemplo. Lo que se me escapa un poco es esa clasificación, precisamente, de CF que propone el autor. No la veo en estos cuentos, pero eso, por supuesto, no es una crítica. Creo que en todos los cuentos que leí de este libro la prosa sostiene el interés; hay una cuidadosa elección de léxico, por ejemplo, que se vuelve muy astuta por momentos. Cuando lo termine vuelvo a comentar.

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