La casa verde, Mario Vargas Llosa

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Vargas

La historia está ambientada en dos polos opuestos dentro de Perú: Santa María de la Nieva, un pueblito de la selva, y Piura, desértica, urbana y próxima a la costa. También contrastan las casas en torno a las cuales gravitan los personajes, en el primero de los casos un convento de monjas que recogen niñas selváticas y, en el segundo, La Casa Verde, que es un prostíbulo. Los personajes son contrabandistas de “jebe” (caucho), militares, un gobernador, monjas, putas, los “mangaches”, todos con las tripas a flor de piel, mezclándose unos con los otros, muriendo, enfermándose, chupando como locos, incendiando, penetrándose, pariendo, agonizando, es decir, cumpliendo con los imperativos de todo ser humano. No existe un protagonista claro. Podría decirse que lo destacable de este libro es la técnica narrativa en tándem con el lenguaje profuso, en cuyas grietas brotan las plantas autóctonas del coloquialismo plagado de regionalismos. La narración salta de manera incontrolable en el tiempo, capítulo a capítulo pero tambén dentro del mismo párrafo, hasta el punto de que una línea de diálogo es respondida por una que viene a continuación que sigue una línea argumental pero que está lejísimos en el tiempo. A lo ya mencionado sobre el lenguaje, sumemos que hay páginas de monólogos internos poetizados que no se sabe claramente a quién corresponden y obtendremos una sustancia espesa que exige mucho al lector, al que se le escamotea sistemáticamente información.
En lo tocante a este lector, puede suponerse que cierta actividad en particular que está ejerciendo no lo ha dejado tener la necesaria concentración. El disfrute ha sido escaso y, durante largos tramos que se hacían interminables, ha proseguido la lectura por mero orgullo. Queda, al final, la sensación ambigua de haberse topado débilmente contra un material fuerte.

Me llevaron a inventar esta historia los recuerdos de una choza prostibularia, pintada de verde, que coloreaba el arenal de Piura el año 1946, y la deslumbrante Amazonia de aventureros, soldados, aguarunas, huambisas y shapras, misioneros y traficantes de caucho y pieles que conocí en 1958, en un viaje de unas semanas por el Alto Marañón.
Pero, probablemente, la deuda mayor que contraje al escribirla fue con William Faulkner, en cuyos libros descubrí las hechicerías de la forma en la ficción, la sinfonía de puntos de vista, ambigüedades, matices, tonalidades y perspectivas de que una astuta construcción y un estilo cuidado podían dotar a una historia.
dicho por el autor en el Prólogo

Calificación: regular
Punto de lectura, 2010, 530 págs.
ISBN: 978-607-11-0762-6

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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