De Gattuso a Moacyr

Tiene pelo pero, como yo, carece de gol.

Gennaro Gattuso nació el mismo año que yo, pero varios meses antes. Es harto más famoso y gana mucha más plata, pero su cercanía al gol se parece a la mía. El sábado de tarde estaba una vez más entre los titulares del Milan que se enfrentaban a la Juventus y el relator argentino de ESPN empezó a especular sobre quién tendría la llave del gol. Mientras el comentarista suponía, con lógica, que Ibrahimovic o Cassano eran los más probables anotadores, al relator se inclinaba por el que podía pagar más en las apuestas, uno que se recuerda más por agarrarse a las piñas con el técnico rival que por los seis o siete goles que lleva hechos en sus más de diez años jugando en el equipo. Y, contra lo que cualquiera hubiera podido pronosticar, al único gol del partido lo hizo el mencionado cavernícola. Llegué a emocionarme, pese a la mínima simpatía que me genera el estilo de juego del que es símbolo Gattuso, tal vez porque, siendo bastante menos asesino, también pertenezco a esa categoría de jugadores que juegan porque el fútbol es un deporte en equipo y hay que juntar gente. En una época, debo reconocerlo, también fui bastante violento, según me contó un tipo que unas veces jugó conmigo en el Parque Batlle, quien asegura que, en medio de un partido, un rival y yo desaparecimos tras un árbol y se oyó un grito de dolor, tras el cual salí solo yo con la pelota por el otro lado. Gattuso no sabía cómo festejar el gol. Salió corriendo, como en busca de un Olimpo tan inusual y efímero como el hecho de que él convirtiera.
A mí me pasa algo similar, incluso jugando al fútbol cinco, donde es común que alguien haga cuatro o cinco goles. En general me corresponde el balance, la marca, ser el último de la cancha, pero a veces subo, aun cuando mis menguadas condiciones hagan que mis compañeros pierdan la pelota por no pasármela. Pero Damián lo hizo, creo que fue él, y después de eso me parece que fui poseído por un espíritu. Es una de las fantasías que tenía cuando era chico. Además de pensar que me iba a dormir y que al otro día amanecería con superpoderes tipo Supermán, también imaginaba que por alguna ignota operación adquiría unas habilidades futbolísticas desusadas y las volcaba a favor de Peñarol, además de negarme a pasar a Italia porque sabía que con mi grandeza haría crecer al club. El fantasma que se apoderó de mi cuerpo paró la pelota con el pecho, la empapó de sudor resbaloso y vio el arco, donde habitaba un golero de verdad que no tuvo nada que hacer ante el piquecito discreto de la pelota que se coló suavetona contra su palo izquierdo. Nunca en mi vida había hecho un gol que incluyera un fundamento técnico. De hecho, los otros dos goles que hice esa misma noche fueron sin golero, era nada más que empujarla. La emoción que sigo teniendo, sin poder entender muy bien cómo hice, debe ser algo así como la que podría sentir un disléxico que escribiera un soneto perfecto y sin faltas de ortografía.
El impulso del partido estuvo dado por la visita de Nacho di Tullio. Estuvo Damián, que se viene recuperando de la destrucción de su tobillo y el Archiduque volando de palo a palo, estudiando la ardua materia del arco. Jugaron otros de los de siempre, como Deiby, Renzo y el “Gurli”, que tiene el escudo de Peñarol tatuado en el pectoral izquierdo. En Maldonado reptaba por esas horas el desfile de Carnaval y yo trancaba una pelota con el golero de verdad que tenían ellos, a raíz de lo cual sentía el tobillo y la rodilla y seguía jugando como si nada. Ahora estoy en casa con los pies para arriba y embadurnado con una crema alcaforada para caballos que recomiendo fervorosamente: Átomo desinflamante. Tengo un esguince en la parte interna del tobillo, que descartó mi participación el carnaval de La Pedrera. Pero va progresando.
Ayer, cuando el dolor apenas me dejaba apoyar el pie, tuve que ir al muelle de La Pastora a trabajar como guía. Una y media estaba ahí, tal como me habían dicho. Cuatro menos diez estaba saliendo con un ómnibus lleno se brasileros y con un conductor bajito y locuacísimo que me había contado, sin mediar mayor estímulo, sobre su profuso gusto por las mujeres, especialmente por una negrita que lo espera Brasil adentro, de la época en que era camionero de transporte internacional. Me mostró unas fotos de la mujer, que tenía guardadas en uno de esos enormes mapas plegables. Posaba en bikini mostrando las nalgas como los morros costeros y una sonrisa.
El grupo de turistas era distendido, agradable, y varios de los que venían en los primeros asientos apuntalaban mi discurso con preguntas, razón por la cual hablé de economía, de política, educación, geografía y todo aquello sobre lo que se pueda mentir. Como en todos los city tours que me salieron mejor, por Aparicio Saravia hice alusión a los árboles que se ven al costado del camino. Expliqué que en su mayoría son pinos y eucaliptus y hablé, citando a la fuente, de las eternas peleas de los poetas del pino contra los del eucaliptus que mencionaba Norberto Llarvi, angustiado por su distancia con Héctor Pascale, azuzado por las inquinas de Fran Bech y Robert “el Violador” Jones, mientras Carlos Pérez de Alcántara plantaba zucarás en la casa de un porteño. Pero volviendo a la realidad, me quedan siempre algunas caras, normalmente las de los que vienen más adelante que son en general los más interesados en el verso del guía. Entre ellos, venían dos parejas de veteranos gaúchos muy atentos y contentos. Las dos mujeres eran profesoras jubiladas, una de francés y la otra de filosofía. Lo supe porque me puse a conversar con ellos cuando volvieron al ómnibus tras la hora y media libre que tenían para pasear y hacer compras. Me puse a conversar con uno de los hombres, un portoalegrense.

Le brotaban cabelleras de palabras.

Le comenté que había leído a varios autores gaúchos. Pero no estaba pensando en Mario Quintana, en Erico Verissimo ni en Luís Fernando Verissimo sino más que nada en Moacyr Scliar, que murió hace unos días. Eso fue precisamente lo que el hombre dijo. Y agregó un dato sorprendente. Habían sido compañeros de clase en el curso del Vestibular. El escritor había viajado a Israel a hacer su servicio militar y, en clases, tenía una forma muy amable y agradable de preguntarle cosas a los profesores magistrales de la época.

Tal vez el espíritu que movió a mi cuerpo a hacer lo que nunca había hecho también me mandó buenos recuerdos de Moacyr Scliar. Ya que anda en la vuelta, ¿no querrá meterse adentro de un sobre de manila y hacer un viajecito en un camión postal?

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Damián González Bertolino, fútbol, Literatura en general, Luis Fernando Veríssimo, Moacyr Scliar, Nacho di Tullio, narrativa propia, Porto Alegre. Guarda el enlace permanente.

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