A kilómetros

Cada vez que vejo uma infinita highway penso nos Engenheiros do Hawaii.

Podría contar en kilómetros
la última vez que me olvidé de los kilómetros
y del sueldo y los horarios,
podría medirlo en cantidad de viajes
por este desierto siempre igual,
o en grupos de personas que abordan
o que bajan medio dormidas.

Podría describir a cada uno
de mis compañeros conductores:
el gordo macanudo que es de mi pueblo,
el que se dejó unos dientes por el camino,
uno altísimo y tranquilo como un cerro,
el que tiene un hermano igualito a mí,
el demente desprolijo que acelera en las esquinas;
podría dibujar con detalle
la pieza de la casa que nos dan para quedarnos
y el camino corto hasta la panadería
que nos queda a la vuelta y nos hace precio a los conductores.

Me acuerdo como de la infancia
de la última vez que giré sobre un eje verdadero
con el mismo placer del baile o de la mesa
y no sé por qué se fue y sin embargo se quedó,
si siempre supo que yo era un bicho de carretera.

Hace ya muchos años, cuando entré,
un compañero me explicó que la ruta
es la más exigente de las esposas
y te pasa las facturas con el iva incluido,
la clave estaba, dijo, en ver caderas en lass curvas,
en acariciar como brazos las rectas,
saber el significado de las lomas
y pasar suavecito por puentes sobre las aguas
tibias.

Tal vez sea porque esta ruta es seca,
no hay una puta cañada que te lubrique los ojos,
tal vez sean mejores las añoranzas lejanas
que la creencia inútil de que te esperan en casa.

Mi compañero de hoy no para nunca de hablar,
me cuenta con brillo en los ojos
los retozos que ha tenido con su negra
que es su amor y es el delta tempestuoso
donde desemboca indefectiblemente,
ella vive en las tierras de la alegría
y trabaja para el amor y los dulces y los besos,
vive lejos,
pienso que la distancia es un resorte
que lo impulsa a los labios abiertos de la hembra,
que es su norte.

Guardada en medio de un mapa que es una sábana,
tiene la foto de su negra en bikini,
hecha de puros culo y sonrisa,
descolorida por tal vez más años
que los que parece recordar mi compañero,
pero el brillo de los ojos cuando la mira
es presente y es real
aunque a mí se me ocurra desconfiar
de la veracidad del relato.

En todo caso, pienso, sin poder llorar,
que son los peajes que le pone a nuestras vidas
el camino, que te gasta las cubiertas del alma
y no hay taller que las recauchute;
mi compañero volverá a la ruta, soñando siempre
con su estrella negra generosa
y yo a mi casa seca y cerrada,
más imposible y burocrática que las aduanas,
y que, cuando estoy en ella,
me queda a tantos kilómetros.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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