De Río a Reus, un festival.

Prakriti Maduro, que así se ve en "Habana Eva"

La actriz de “Habana Eva” estaba sentada en la fila anterior a la mía y la llamaron al escenario para recibir un reconocimiento por su trabajo. La sonrisa del jerarca que le entregó el premio me hizo pensar en cantidad de cosas, en algunas de las cuales sé que coincido con él sin necesidad de razonamiento. Variarían, claro, la intensidad y la posición frente al hecho poético. Es posible que yo haya visto algunas cosas que el jerarca no vio, como por ejemplo que él debía cansarse de trabajar en la organización, mientras que yo me cansaba más que nada por el diseño antianatómico de las butacas del Cantegril, donde durante una semana tragué todas las películas que pude. Otro de los funcionarios dijo que está proyectada una reforma de ese teatro, así que mis lumbares desde ya se lo agradecen. Varias cosas diferencian a los festivales de cine del circuito habitual. Una de ellas es que aumenta drásticamente la posibilidad de ver buenas películas, que vienen intercaladas con otras francamente malas y a veces las que vienen con fallas técnicas. Además, uno convive en la sala con los directores y los actores de esas películas, por lo que es bien probable que el director de la película chilena, que recibió una mención por algo que no recuerdo, haya oído mi lamento cuando dijeron que lo premiaban. Estaba sentado al lado de Ciro Guerra, director de la película colombiana “Los viajes del viento”, que para mí fue la película más linda que vi, seguida de cerca por “Habana Eva”. No se llevó ningún premio. La crítica votó a una película brasilera que no pude ver y el público se inclinó por el Carro del Chaná, es decir, “Tropa de Elite II”. Claro que me gustó. Pero, comparada con el resto, es como poner al Flamengo con todo y Ronaldinho a jugar en el campeonato uruguayo. Los actores están ahí, con lo cual uno tiene la tentación de darse cuenta de lo bien que caracterizaron su personaje. O, por el contrario, ver al tipo ahí vistiendo y moviéndose igualito que en esa película horrible que protagonizaba. Se abre la oportunidad de ver películas uruguayas, incluso como estreno absoluto, como fue el caso de “Reus”, una historia entretenida, bien actuada (con grandes interpretaciones lingüísticas), bien musicalizada, y notoriamente más entretenida que todo el resto del cine nacional, excepción hecha de “El baño del Papa” y “Gigante” (que la sacamos en video el otro día). Me parece que la película puede llegar a tener mucho público, aun cuando es bien posible que los intelectuales que tienen la razón extrañen el cielo raso de pálido gris que se acostumbra. Podremos discutir apasionadamente sobre la elección del fragmento del imaginario que se eligió narrar, sobre su parentesco con los antecedentes brasileros –y probablemente argentinos- y sobre si eso señala la autenticidad de las intenciones subyacentes o no. Habrá quienes se quejen de la cantidad de veces que aparece la palabra “chupapija” y serán los que ignoran que hay gente que habla así. Difícilmente haya quienes se duerman o salgan buscando el psicoanalista. Tal vez alguno averigüe el precio se las rejas, si es que ya no lo hizo. Una señora porteña, a la salida de la sala, decía que “aplauden porque es uruguaya”. Probablemente, la identificación que generan los personajes provoque eso, pero me permito discrepar con la distinguida dama porque creo que el aplauso fue a una película que no se parece al cine uruguayo, por más que todo lo que se ve en ella parezca de acá.
Estuvo además un lindo documental sobre el Pitufo Lombardo. Se proyectó “La leyenda del matrero Lemos”, de factura comunitaria y aigüense, donde mi amigo Farmoca fue el guía del piloto del avión usado para las tomas aéreas. Es esta última una producción chica, en la difusa frontera entre el documental y la ficción, que empuja la puerta para que haya otros proyectos de ese estilo, con todo lo humanamente virtuoso que tienen.
Para mí, hubo algunos hitos inolvidables. Por ejemplo, el trabajo denodado que tuve con la película “Pa nere”, hablada en catalán y subtitulada en inglés, que después debieron proyectar de nuevo en su versión doblada al castellano. Y, más que todo, el recuerdo de varios de los discursos que poblaron los actos inevitables, unas alocuciones que recibieron aplausos por motivos muy diferentes a los habituales, incluso con retroactividad. Pero me llamo a silencio y me abstengo de todo intento de inteligencia o creatividad. La edición 14 del Festival de Cine de Punta del Este me gustó.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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