El cambio 2

¿Dizzy = mareado?

(Sí, esta es la continuación de una historia que empezó en la entrada anterior.)

Me pasa con otras cosas también, como el cepillado de dientes. O ir a determinada hora al baño. El cumplimiento de las rutinas me da cierta calma, a tal punto que a veces, en épocas vacías, me lleva en andas y puedo permanecer apagado durante varias horas y volver como de milagro a la vida para dar cumplimiento a los ritos. Quién sabe no sea algún tipo de conducta adictiva. Pero lo cierto es que podía trazarme un mapa del día de acuerdo a si tenía hambre, si estaba con ganas de ir al baño, con sueño u otras cosas físicas verificables. Y el sistema estaba fallando. Me extrañaba tener hambre a esa hora. Por alguna razón, no conseguía recordar si había almorzado fuera de hora o si no lo había hecho en absoluto. Una parte de mí parecía quejarse de haber comido mal y a deshoras y a la otra le resbalaba el problema. Sentí que lo único que me podía anclar a la realidad era la música porque, de hecho, el único recuerdo sólido que me quedaba del día era ir pedaleando y dejarme llevar por una voz suave y profunda. Se me ocurrió que algo de jazz no me vendría nada mal. Mis discos, no encontraba mis discos. Había un montón, de los cuales solo conocía unos pocos. Tal vez fueran los efectos de la última mudanza, mi inestabilidad sentimental debía estarme cobrando unos impuestos sorpresivos. No recordaba haber salido tan desfavorecido en la separación y empezaba a crecer en mí la idea de haber sufrido algún tipo de revancha. De todas maneras, la computadora estaba ahí con todos esos gigas de música bajada o emepetrizada. Dizzy Gillespie tenía que estar ahí pronto para tirarme una soga. La sensación de extrañeza parecía aumentar a medida que prendía la computadora e iba hacia la carpeta de música. Me parecía que los tiempos de la computadora estaban alterados, como si demorara un poco más en activarse. Y, en la carpeta de música, me sentí totalmente desorientado cuando Dizzy, sencillamente, no estaba, siendo que yo sabía que había una carpeta con diez discos. Tampoco estaba Satchmo y no había señales de Hooker, ni de Andy McLeod ni de Ragymore. En su lugar había una mezcla de músicos brasileros de los que nunca había sentido hablar con algo de country y unas carpetas que decían “meditación” o “yoga”. No era mi música, pero tampoco la de ella. A cada paso que daba se acentuaba la sensación de interferencia o de que algo andaba muy mal sin que pudiera hacerme una idea de qué podía estarlo causando y ni siquiera de qué se trataba. Me parecía que tenía la tarde libre, el tiempo parecía sobrarme. Sin pensarlo, agarré el control de la tele y empecé a pasar canales del mismo modo que los fumadores van gastando los cigarros uno tras otro. No había nada, pero era nada en portugués. Los canales se sucedían con el sinsentido habitual, pero eran incomprensibles. Era una de esas antenas parabólicas que captaban el satélite de los canales brasileros pero, ¿por qué estaba descubriéndolo? ¿No tendría que resultarme habitual e incuestionable? Supuse que estaba ingresando en el terreno pantanoso que divide la vigilia del sueño y me di una palmada en la mejilla, como siempre decía mi padre que hay que hacer. No noté cambios, no estaba durmiéndome y, por el contrario, estaba tan alerta como alguien que de repente está conociendo un lugar nuevo y se fija en todos los detalles. Y esos pormenores, para mí, no hacían más que ahondar mi distancia respecto a la sala. A esas alturas, las paredes me resultaban extrañas y no recordaba haber pisado esas baldosas nunca antes en mi vida. Presa de la desesperación más absoluta, resolví volver a la computadora. Me dije que releería la novela que venía escribiendo. Tal vez lo mío se tratara de un síndrome de abstinencia creativa puesto que hacía como dos días que no escribía ni una línea. Una niña hacía los deberes mientras en la casa pasaban cosas que no entendía entre sus padres y otra mujer que llegaba. Venía manteniendo en silencio la identidad de esa mujer, que instalaba la ambigüedad en el relato, tenía planeado dar una vuelta de tuerca en cualquier momento. Y la carpeta donde debía estar mi texto no existía. Revisé minuciosamente el escritorio, la carpeta “mis documentos” y todo lo que pudiera contener archivos y vaya si encontré cosas. Un relato sobre un marinero, uno de un detective infiel, una colección de sonetos enrevesados y algo que parecía ser una novelita inconclusa, dividida en capítulos cortos identificados por números. Leí poco y superficialmente, lo suficiente para darme cuenta de que yo no podía haber escrito eso de ninguna manera. Mi novela no había dejado rastros en la computadora, ni siquiera en la papelera de reciclaje. La máquina se sumaba al convencimiento creciente de que todo lo que me rodeaba era ajeno. Me llevé las manos a la cabeza y estas se deslizaron por la lisura de la calva.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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