La cuarentena, J.M.G. Le Clézio

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Le Clézio

Si se le cree a las primeras páginas, se está expuesto al engaño. O tal vez no. Porque la figura que se perfila al principio es la del tormentoso poeta Rimbaud y aun su relación con Verlaine, primero en una taberna francesa donde da rienda suelta a sus bravatas y su alcoholismo y, después, en su lecho de enfermo en Adén, presa de una de esas enfermedades de la época. En el desarrollo de la novela el poeta no es un personaje sino -escribir la reseña me está sirviendo para darme cuenta- una especie de referente a la hora de construir el personaje, Léon, entre cuyos recuerdos aparece la figura vociferante de Rimbaud. Léon, junto a su hermano Jacques y su cuñada, viaja en barco rumbo a Mauricio, una isla próxima al continente africano donde están radicados los miembros poderosos de la familia, que han rechazado a sus padres porque la madre es euroasiática. La llegada a Mauricio es lo que no sucede a lo largo del relato. Los pasajeros deben quedarse en cuarentena en la isla Plate, en unas condiciones por demás precarias, más todavía si se tiene en cuenta que la medida ha sido tomada porque varios estaban enfermos. Es a partir de esto que el relato cobra su carácter insular y florecen los temas que se le asocian: los habitantes anteriores de la isla, la masa bastante indiferenciada de los indios que viven allí, los otros inmigrantes, los que enloquecen, los que adoptan nuevos roles en la emergencia, los que encuentran su oportunidad en la isla y tal vez no se quieran ir, los que mueren, los que van a morir a Gabriel que es una isla vecina, los que se quieren ir a cualquier costo, las cenizas omnipresentes de los muertos pasados y presentes, las especies vegetales. También, como un vestigio del poeta, aparecen cada tanto poemas que Léon le lee a su cuñada Suzanne, que también se enferma y le toca ir a la segunda cuarentena en Gabriel, lugar que redobla el tono luctuoso ya que casi todos los que van a ese yermo se mueren.
Lo más interesante está dado por la relación entre el personaje, desde cuyo punto de vista se narra, con Suryavati, nombre que este le da en honor a una diosa india. Hay escenas visualmente muy poderosas cuando se la ve caminar sobre el agua con su sari verde y, a medida que sucede el acercamiento, todos los sentidos van siendo ocupados por sus efluvios, sin obviar el esperado y hermoso polvo y las posteriores cepilladas. La escalada llega hasta el amor en su expresión más agreste, lo cual llega a sugerir un alegato a favor de una vida más sencilla que la que suele proponer Occidente. Sucede en el último capítulo algo que da la impresión de que afloja la tuerca o la saca para mostrar cómo era el mecanismo. Un nuevo narrador situado en 1980, muy parecido al Le Clézio de la vida real, viaja a Mauricio para buscar sus raíces. Allí se encuentra con ruinas y con la última tía vieja pero con ninguna certeza, mucho menos con el paradero de Léon, a quien conocen como “el desaparecido”, ni de Suryavati o su supuesto hijo. Al margen de lo que descubre o no, deja la sensación de que este final, junto a la introducción, hace las veces de bandeja para que flote en ella la isla del verdadero relato, sobre el cual este narrador comete la insidia de reconocer que es inventado.

A ratos chillan, gimen. También caminan, les oigo chasquear con el pico, sacudirse las plumas. Sus voces aumentan, se juntan, luego enmudecen. Suryavati me ha rodeado con sus brazos, tiene el rostro vuelto hacia un lado. Y luego, de repente, se produce el estallido, como si el corazón se detuviera, como si muriera el tiempo. Apenas un punto en lo más profundo, una estrella de dolor, y Surya he gemido un poco, apartándome con la palma de las manos. Me he derramado dentro de ella, jadeando, con todos los músculos tensos. La pulsación ha continuado, luego se ha vuelto más lenta, ha remitido. Nos hemos dejado caer uno al lado del otro, en la grieta de piedra. Reinaba un profundo silencio. Se oía sólo el rugido del mar. Los pájaros habían enmudecido. Había cesado la vibración: tal vez fuera como una lengua que regresaba al centro de la tierra, que se hundía en el secreto de las galerías. Ese algo se desvanecía. Más, y más, más abajo, más lejos. Hasta el centro del cielo, entre las estrellas olvidadas. Surya se ha apretujado contra mí. Necesitaba su calor. Pegada a mi oreja, ha dicho, en un suspiro: “Esta noche, tengo un hijo tuyo”. No puede saberlo y, sin embargo, estoy seguro de que está en lo cierto. Ahora tenemos un hijo.

Notas: 1) Habrá que hacer de cuenta que los verbos en pretérito perfecto compuesto están en perfecto simple a fin de aproximarse de forma más afectiva a la carne del texto y 2) Conservo el “sólo” de la traducción, anterior a la reciente reforma que le arranca el tilde de raíz.

Calificación: Muy bueno.
Título original: La quarantaine.
Traducción: Thomas Kauf.
Editorial: Tusquets, 2010, 358 págs.
ISBN: 978-84-8383-280-6

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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