Sobre la ley tácita de la perennidad

Como corresponde a quienes terminan haciendo una carrera docente, tuve mi paso por otro instituto de enseñanza terciaria anteriormente, en el cual tuve la precaución de fracasar (por motivos ajenos al interés público). En esa Facultad, además de conocer a Jhonny, un amigo maorí de los buenos (y a otros), disfruté de las clases de las personas que, además de tener un cargo docente, eran docentes. Me acuerdo de Jaume, que hacía interesantes las matemáticas. De Caetano, cuyas clases disfrutaba como si se tratara de películas. Y de Constanza Moreira quien, además de ser muy clara y amena, era una mujer dueña de una voz de particulares y atractivos rulos. Tuvo la virtud también de sugerirme con toda alegría que estudiara antes de hablar. Y estuvo muy bien, porque yo estaba diciendo un pelotazo de lo más entreverado.

Hoy la vi en un programa de la mañana. Desgraciadamente, el cargo en el senado le ha laciado el pelo al tiempo que parece haberle enturbiado los conceptos. Durante los escasos minutos que duró su participación, no conseguí entender exactamente qué era lo que quería hacer. Si votar o no votar en diputados, si era suficiente la decisión de Mujica de hacer no sé qué. Si el 48% de los votos que hubo en el plebiscito para anular la ley de Caducidad. Si el pueblo uruguayo. Si el mandato de no sé qué convención internacional. Claramente, no se trata solo de ella sino de todo el paquete que tiene que ver con esa ley y con los sucesos de este país desde los años cincuenta y sesenta. Desde esa época distintos grupos de personas empezaron a convencerse de que tenían razón y a actuar en consecuencia, teniendo en cuenta su seguridad de que los demás carecían de la iluminación que ellos sí tenían. Se les ocurrió que, para crear un país seguro y bonito, había que usar armas. Y, claro, a la hora de la fuerza, gana el que tiene más fuerza. Cuando uno se instala en la lógica del dogma apurado, el daño colateral prolifera. Todos los que no tienen armas salen perdiendo. Cuando se olvidan los procedimientos y se recurre al pelotazo desesperado, se sacrifica la trabajosa belleza de las formas. Es más difícil ser paciente y ordenado que pegar tres gritos. Es infinitamente más complicado regirse por reglas de convivencia que hacer caca en cualquier lado. Es mucho más maduro también, pero somos un adolescente falopero y dependiente de cerca de doscientos años de edad. Decir la verdad y pagar el precio que te cobra todos los meses es un poco cuesta arriba, pero dicen que hay gente que se acostumbra. Levantar la casa del discurso en los cimientos de los hechos da laburo y muy pocos lo consiguen. Es bastante más fácil hacer como el tero y vivir escondiendo el nido de la verdad lejos del griterío que apunta para otro lado. Es mucho más favorable poner cara de bueno y hablar de derechos que recordar que son la otra cara de una moneda que tiene del otro lado las obligaciones. Es práctica habitual decidir que tal cosa no la tocamos cuando necesitamos que el agua no haga olas y, posteriormente, cuando se pica tu propio mar contradictorio, estar indignadísimo por la permanencia de eso que no quisiste tocar. Es natural tener razón durante todo el proceso y manipular los números a placer, igual que lo hacen los de Nacional o los de Peñarol, que siempre le ganaron al otro. Es práctica aceptada no impulsar un plebiscito (que se hace por segunda vez) y después intentar invalidar su resultado por vía parlamentaria, olvidando que el monstruo era producto de un pacto que integrabas. Y todo lo otro relacionado con una ley ilegal que protegió a unos que no reparaban en procedimientos, que decían protegernos de los que no reparaban en procedimientos, que querían salvarnos de los que no reparan en procedimientos. Puros pelotazos, como un cuadro de Julio Ribas jugando contra un cuadro de Julio Ribas, en una cancha embarrada desde la cual los jugadores les tiran piedras a los de la tribuna.

Voté el papel rosado porque pensé en las personas inocentes cuyas vidas habían sido atropelladas primero y utilizadas después. Fueron víctimas del fuego amigo y después valiosos productos a la hora de quedar bien. No me gusta la ley de Caducidad porque significa una anomalía en las normas de convivencia, del mismo modo que me parecen estúpidos los mesiánicos movimientos armados, tanto como las mesiánicas fuerzas armadas que los suceden. Tampoco me gusta el presente manoseo que desprecia los procedimientos a favor de unos fines en los que no cree. Todas estas cosas forman parte de la estupidez o el hijoputismo humanos, dos cualidades muy afines al ejercicio del poder o a intentar conseguirlo, de las cuales nadie parece estar exento.

No voy a caer en la ilusión de querer que todo el mundo cambie. Un objetivo tan distante hace que una persona se deforme o se rompa en su búsqueda. Prefiero mantenerme de una pieza, seguirme equivocando y sabiéndolo. Tal vez haga algo bien y a alguno le den ganas de hacerlo también o de ayudarme a mejorarlo. Voy a seguir tan pelado y feo como siempre y capaz que, con mucho esfuerzo, pueda aprender a hablar menos y más claro. Voy a tratar de acordame de que Guardiola, después de eliminar al Madrid y de ganar la liga con todo mérito y belleza en las formas, estaba preocupado por haberse convertido en una persona un poco peor al mezclarse con el sorete de Mourinho. Y no me asombraré si el técnico portugués se dedica a la política y tiene éxito.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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4 respuestas a Sobre la ley tácita de la perennidad

  1. archiduquelee dijo:

    El otro día, entrevistado por Traverso, Vargas Llosa dijo que le parecía muy linda e ilustrativa la teoría de un sociólogo brasileño que decía que la sociedad perfecta era igual a un partido de fútbol. Allí, veintidós jugadores desempeñan ciertas funciones para lograr un objetivo siguiendo ciertas reglas. Y si alguno falta a la norma, es inmediatamente sancionado. La teoría está buena, ¿no? Pero no hay que olvidarse de que el juez es una persona, que interpreta y que se puede equivocar.
    ¡¡¡Un abrazo!!!

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    • ifdeplee dijo:

      Vi eso. Y sí, hay sanciones equivocadas y tendenciosas. También es interesante ver cómo ese espectáculo que sucede a la vista tiene las raíces en algo mucho más turbio que aprovecha lo que se ve (esto me dio una idea). Otra cosa a analizar es que, en el fútbol, el objetivo es vencer al otro, lo cual me lleva a pensar en si el ser humano solo es capaz de trazarse objetivos positivos contra un adversario.

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  2. Ricardo Duchamp dijo:

    Tal vez el autor de estas lineas nunca haya vivido en Uruguay o desconozca la reciente historia nacional. Tal vez conozca mucho de Nacional y Peñarol pero eso es otra historia. Pero parece no conocer que los grupos armados en Uruguay fueron derrotados un par de años antes que la prepotente y sanguinaria camarilla militar y sus socios civiles tomaran el poder. No fueron derrotados por las armas, sino por la inteligencia de un comisario de policía (y juez de futbol, muerto recientemente) ayudado por sus subalternos, los guardiaciviles. Lo que vino después y ampara la ley de caducidad es simple y llana masacre de inocentes de cualquier delito armado. No entiendo tampoco ese desmerecimiento de Constanza Moreira a travéz de enredados ejemplos, que demuestran mas bien que siguio los consejos que dice ella le dió o más bien no hizo los deberes, Dificíl entender el adentro solo relojeando de afuera.

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    • El que esto escribe conoce el orden de los acontecimientos. Y los detesta por igual. Sabe lo que es la ley de caducidad y no le gusta, como ya escribió. Sabe de los dos plebiscitos que buscaron su derogación y no lo lograron. Sabe que en el programa del FA, para ganar las elecciones, no figuraba derogarla. Sabe que no propiciaron el último plebiscito. Sabe que cuando el resultado no les gustó resolvieron derogar, pasándose por donde mejor les convino el resultado de las urnas. La señora no le dio consejos. Y no la desmerece. Simplemente hacía referencia a la opacidad de su discurso en referencia a algunas cuestiones de la ley, el plebiscito y su derogación, que tal vez sí la desmerezcan. No sabe a qué deberes se refiere usted. En todo caso, dista de pertenecer a grupo político alguno. No le gusta Tabaré Vázquez, no le gusta Mujica, no le gustan los blancos, no le gustan los colorados y tampoco el PI. Y, si le preguntan, tenderá a responder que los políticos son menos esenciales de lo que ellos dicen. El país seguirá siendo más o menos el mismo gane quien gane las elecciones (o el campeonato uruguayo) y solo podrá mejorar cualitativamente si sus habitantes, de los cuales este que escribe ha sido uno durante toda su vida, se toman el trabajo de perfeccionarse a sí mismos.
      Quién sabe a qué se refiere cuando habla de “entender el adentro solo relojeando de afuera”. Este texto se refería al discurso enredado de la señora y a todos los otros discursos enredados.

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