Peñarol-Barcelona, una historia de las mil y una noches.

La barba ya la llevaba y el turbante me sentó natural, no hay nada más práctico para este clima. Hace un calor de la gran puta y, cuando viene tormenta, es de arena. Nada que ver a lo que era allá en Uruguay, las heladas que veía todos los días del invierno en Treinta y Tres hoy me parecen sacadas de una película, ni hablar de las nieblas que atravesé en Maldonado. Me acuerdo de una muy rara. Yo trabajaba en Punta del Este, daba clases de inglés en un colegio y hubo reunión hasta tarde. Una masa, se demoraba como dos horas con cada grupo y eso que no tenían más de veinte gurises. Gurises, otra palabra que me parece salida de un documental. Entonces, volviendo al tema,  terminamos como a las nueve y media de la noche y salí en la moto a todo lo que daba. Todo coincide, claro, por algo me acuerdo, ese fue el día en que nos conocimos con Francisca, como si el banco de niebla tan extraño me hubiera embebido de una especie de tobogán que me trajo, cuyo escalón fuera el brusco cambio en la densidad del aire a la altura de la rotonda del Novillo, que me obligó a bajar la velocidad drásticamente porque no se veía nada adentro de ese aire que me hurgaba con miles de dedos fríos mientras me ponía una venda gris en los ojos. A veces extraño el clima de mierda de Uruguay, pero se me va rápido, la verdad. Mi patriotismo afloraba más que nada con el fútbol, por lo cual se había mantenido en un capullo anestésico durante mucho tiempo gracias a la costumbre perdedora que cultivaban Peñarol y la selección. Estaba en una época de mi vida en la que me interesaba particularmente cuidar mi asiduidad y puntualidad en el Caballo Tango Club, donde solíamos encontrarnos más o menos los mismos, en general poco y nada interesados en los tangos potentes del Caballo y más bien pendientes de mantener cierto estado de ebriedad sin cimientos. De hecho, esa noche, mientras las profesoras viejas hacían su reunión social con galletitas y hablaban demoradamente de las familias de unos alumnos pelotudos, yo sobrevivía imaginándome en otro lugar, deseando algo más líquido y alegre. Tal vez me siento un poco agobiado ahora. Estas reuniones multiculturales me producen un cansancio mental similar y me evado, miro el cielo que siempre es de un celeste rabioso para dejar de escuchar conversaciones anodinas en inglés, muchas veces con la sonoridad del urdu, donde lo peor es oírlos hablar con añoranzas de partidos de cricket. En Maldonado, éramos de todas partes del país pero en general uruguayos. Acá, somos de todas partes del mundo. Igual que allá, lo que nos alimenta son los petrodólares. Hay muchos trabajos que pagan fortunas y, si bien es una ciudad carísima, muchos tienen la ilusión de ahorrar y volver con un platal que les permita algo que no se sabe si se puede hacer, o quién sabe qué. Abu Dabi es una ciudad de mentira, una isla en la que la sharia es un pájaro que no le hace mucho viento con sus alas al bando de cascarudos golpeándose contra los focos del petróleo.

                A Francisca le fue natural, tiene una historia de emigración más larga que la mía. Nació en California, hija de una pareja de chilenos exiliados que decidieron volver a su país, donde ella debió enterarse de cómo era que todo el mundo hablara igual que sus padres y que nadie hablara inglés. Tuvo que adaptarse a vivir siempre en el mismo lugar en Santiago y no andar mudándose permanentemente. Un día se dio cuenta de que no lo soportaba y decidió atravesar Argentina y Uruguay para llegar a Brasil, país al que nunca llegó. Culpa mía. No sé si hubo niebla en Montevideo ese día, pero sí que pasó algo fuera de lo normal. Que Peñarol, después de todos esos años, ganara la Libertadores, era una desproporción de esas que hacen que todo el mundo recuerde detalles que de otra manera olvidaría. A mí me quedó la cara de una de las profesoras viejas de la reunión, el pañuelito violáceo suavizando el cuello antiguo, los lentes de brillo perfecto. Por uno de esos caprichos de la memoria, me acuerdo más de eso que de las circunstancias en las cuales nos conocimos con Francisca. Capaz que porque yo estaba bastante en pedo, lo suficiente como para no recordar los rasgos finos de ella, no tanto como para no dejarme arrastrar por esa voz que detiene el tiempo y hace que deje de ver los obstáculos. Me parece que ella me conoció esa noche, pero yo la conocí al otro día, cerca del mediodía, desnuda y alumbrada por el sol que le hacía brillar el pelo. Levanté el acolchado y vi esas caderas, más recordables que cualquiera de los dos goles. Podría compararlas con dunas pero qué se me iba a ocurrir ese día en el que no fui a trabajar y nos dedicamos a conocernos. A partir del momento en que se despertó, empezamos un diálogo que, si lo contara, parecería mentira. De tardecita, después de haber agotado las energías, resolví que era hora de preguntarle el nombre, cuando ya había decidido que renunciaría al trabajo al terminar el año, ya estaba establecido que nos conocíamos desde siempre y  que viviríamos juntos.

                A veces pienso si, al atravesar la niebla, no me habré introducido en alguna clase de historia para dormir sultanes. Esta ciudad alimenta esa idea. Crece como los porotos mágicos del cuento y los tallos se hunden en el cielo, que por ahora parece recibirlos con cierta permisividad. Es como una enorme cantidad de carretas que nunca tuvieron ni tendrán bueyes. En Uruguay no es que hubiera demasiada historia pero las sucesivas exageraciones nos habían convencido de que teníamos patriarcas y tradición. Sonará un poco xenófobo, pero todos teníamos caras más o menos parecidas. Españoles, rasgos indígenas presentes y negados, negros aceptados por la vía del folclore y el fútbol, italianos y otros europeos fácilmente solubles. La base era bastante constante, podíamos rastrearnos en nuestros árboles genealógicos. Acá nadie es pariente de nadie, salvo entre emiratíes, la minoría de la población. Con Francisca al principio nos relacionamos mucho con colombianos, que por alguna razón abundan por acá. Pero la llegada nuestra no tuvo nada que ver con los motivos por los cuales ellos llegan.

              Me pregunto si existirá todavía la casa de electrodomésticos donde compramos el grabador. Se había inaugurado hacía dos semanas y tenía el aire en vías de putrefacción de las cosas hechas a granel. Acá es diferente, el aspecto puede ser falso o fastuoso, pero se cuida de que no luzca decadente. Allá, quedaba claro que el interés era vender a cara de perro y probablemente esfumarse, dejar clavada a la gente con las garantías o liquidar la carga de algún contenedor espurio. Yo vivía en un apartamentito de mierda y no tenía nada más que mi ropa y algunos libros de inglés. El único lujo era que la cama era de dos plazas, según me contó la dueña, destinada a su hijo y su primera mujer, que vivieron dos meses ahí porque la mina rajó en cuanto se dio cuenta de lo abombado que era el loco. Francisca le puso vida al cuchitril. No hacía un mes que había llegado y ya teníamos unas flores, un tapiz que ella traía en la mochila y mucha menos mugre. En ese tiempo yo le había conseguido un laburito con una amiga y vivíamos una luna de miel doméstica que desafiaba el orden de los factores. Un día me preguntó por qué vivía en el silencio y tuve que confesarle que no me habían dado las bolas para comprarme una radio. Salimos por el centro tan sin plan como se había ido dando todo y entramos en esa casa nueva. Debía haber algún llamador que no recuerdo. Lo cierto es que encontramos lo que buscábamos a un precio que podíamos pagar. Nos habríamos olvidado definitivamente del cupón si no me hubieran llamado varias semanas después para decirme que me había ganado dos pasajes a Abu Dabi con todos los gastos pagos y las entradas incluidas a los partidos del Mundial de Clubes.

                Tuve que hacerme el pasaporte de apuro. La última vez que vi a todos mis amigos fue en el asado de despedida. Después nos vimos con el Raúl y con Martín, un rato antes de arrancar para el aeropuerto. Los tarados me pidieron que les llevara garotos y ticholos, como si me estuviera yendo al Chuy. Aunque, pensándolo bien, no es tan diferente. Dos o tres árabes y un montón de gente comprando, si se permite la comparación entre el centro comercial de acá y los free shops de la frontera. En algo sí es igual y es que es todo mentira. Hasta a veces me parece que yo soy mentira o que Francisca no es real, como si fuera una especie de creación perfecta a la imagen y semejanza de mis necesidades. Es cierto que a veces se pone triste, que ha llorado, que hemos discutido, pero me asusta la fluidez con que nos sale todo. A mí me parecía, y no logro despojarme de eso, que la vida era más complicada. Tal vez porque crecí escuchando hablar de los milicos, de épocas de crisis, de los problemas de la educación, de la seguridad. Incluso el fútbol colaboraba con esa sensación porque los cuadros uruguayos jugaban como el culo y no ganaban nada desde que yo era chico. Claro, el año antes había sido el mundial de Sudáfrica. Uno se alegraba y todo pero lo de Peñarol fue como terminar de ajustar la rosca. Ese gol de Olivera en el último minuto y cayéndose para atrás fue el corcho de la fantasía en pleno impulso y mamarse con la espuma para no entender nunca más nada, para ver el mundo desde adentro de las paredes redondas y tornasoladas de una burbuja. Capaz que me dura el pedo y estoy viviendo en un estado alucinatorio con todo y Francisca, de pronto es por eso que algunas cosas no pasan, algunas personas no mueren y siento una comodidad que por momentos me incomoda cuando un empleado pakistaní me ofrece un café y le agradezco, todo en un inglés de la BBC World, con diversidad de colores y sonrisas televisivas. Un rato después termina la reunión y salgo en mi Mercedes y voy a casa, siempre por el mismo camino, la autopista que bordea el estadio en el que prácticamente no se juegan partidos y, cuando hay, no tienen casi público porque acá a casi nadie le interesa el fútbol. Tal vez sea eso lo que extraño. Todo el tiempo boludo que en Uruguay se le destina al fútbol acá se llena con cosas más brillantes y huecas. Es irónico. Llegué a este país a ver a Peñarol y hoy en día ni siquiera sigo el campeonato uruguayo por internet, no sé nada.

                A Francisca le encantó la idea. El fútbol le interesaba poco y nada, pero si no hubiera sido por los festejos de Peñarol no nos habríamos conocido. Y el impulso de hacer el viaje era más fuerte que cualquier otra cosa. Entonces, después de conocer Guarulhos, Barajas y Frankfurt aterrizábamos en el emirato, la mañana del partido entre Peñarol y el Al-Hilal egipcio. Al cansancio del viaje inacabable se le sobreimpuso el calor arenoso. Todo fue una vorágine. Del aeropuerto al hotel cuyo nombre teníamos anotado en un folleto de la agencia de viajes. Los trámites en el hotel que se nos demoran inusitadamente cuando el conserje se lleva mi pasaporte para adentro y el los minutos empiezan a crecer y a acercarse a la hora del partido. Hasta que, finalmente, vuelve con una sonrisa y me dice, en pulcro inglés, que está orgulloso de tenerme como huésped y que la gerencia me ruega extienda mi estadía por dos semanas como una invitación de la casa, cuando mi miedo era justamente que me quisieran cobrar la habitación aunque en el premio dijera que me pagaban todo. En todo el tiempo que llevo acá no he conseguido descifrar la razón por la cual fui –y Francisca conmigo- objeto de una atención tan privilegiada. Ella me ha dicho algunas veces que capaz que tengo un poco cara de árabe porque soy medio morocho pero en el documento estaba mi nombre y mi nacionalidad. Por culpa de eso, lo que más recuerdo del partido entre Peñarol y el Al-Hilal es ver mi cara en repetidas oportunidades en la pantalla gigante, lo que no me dejaba concentrarme en un encuentro que me parece que fue bastante feo, al punto que solo lograron salir del cero a la hora de los penales, que no pude festejar porque, además de salir en la pantalla, me vinieron a entrevistar sobre qué me había parecido el partido y qué chances le veía a Peñarol contra el Barcelona. Creo que dije que era prácticamente imposible ganarle al Barça, que no recordaba haber visto un equipo mejor, que probablemente Messi fuera uno de los mejores jugadores de la historia junto a Pelé, Cruyff o Zidane, que es descendiente de árabes. Tuve buen cuidado de no nombrar a Maradona, que sabía estaba en el estadio porque dirigía un cuadro de Qatar o algo así. La entrevista se veía en vivo en la pantalla, que seguramente retransmitía al canal dueño de los derechos y noté cómo mostraban un primer plano de Maradona en el palco a los abrazos con un árabe que tenía puesto medio kilo de oro en la muñeca. El aplauso cerrado vino cuando me preguntaron cuál era mi opinión sobre la organización del campeonato y mi visión sobre la cultura árabe. Tal vez lo del hotel fuera una especie de técnica publicitaria que me llevó a decir que no esperaba menos del pueblo que había inventado el cero y había dado a la humanidad un libro como “El hombre que calculaba”. En realidad, era un chiste por lo del cero a cero del partido ya que todo mi conocimiento acerca de la cultura árabe me venía de un fragmento que había leído de ese libro, donde una especie de Rainman inteligente contaba hasta los granos del desierto una historia que, después me dijeron, había sido escrita por un brasilero. Estaba convencido de que el aplauso se debía a la entrada del Barcelona y el cuadro asiático, pero era para mí. A partir de ese momento, no tuve más privacidad porque adonde fuera me seguían las cámaras. Cuando llegué al hotel, tarde ya, el personal me recibía dispuesto en una suerte de cortejo que musicalizaron con aplausos y vivas. En el cuarto, cuando quise hablarle a Francisca de mi sorpresa, no pude sino aumentar mi desconcierto porque me dijo que me lo merecía mientras me besaba de un modo que anuló mi escepticismo y me tumbó en la cama, solamente interrumpidos por el teléfono que no paraba de sonar y no tuve más remedio que desenchufar con un tirón agónico.

                Decidimos aprovechar para conocer la ciudad, algo que recién pudimos empezar a hacer como dos meses después, cuando cesó el acoso de que éramos objeto, decidimos disfrazarnos y salir, previa coima, por una salida alternativa del hotel que se negaba a dejarnos ir e insistía en no cobrarnos. Me sentí una estrella de rock. La gente nos saludaba por la calle, tocaban bocinas de los autos y se ve que el tumulto puso sobre aviso a los periodistas porque muy pronto teníamos un enjambre que no nos dejaba caminar, del cual solo nos salvó la intervención oportuna del dueño de un restaurante con aspecto de carísimo que apartó a la gente como si fuera maleza y nos introdujo por un pasadizo húmedo que desembocaba en una suerte de oasis de calma con una mesa. Nos invitó a sentarnos con unos modos serviles y dijo que en minutos llegaría la comida. Iba a abrir la boca para protestar, para decir que no podría pagarle, algo de eso, cuando dijo que era un honor poder agasajar a alguien de tanta alcurnia, Alá es grande y por eso lo tenemos entre nosotros. El perfume que se respiraba tenía un cuerpo de una lascivia pura y calmante, que se correspondía en giros lentos con la música que salía de alguna parte. Francisca tenía los ojos verdes más cristalinos que nunca y, apenas estuvimos solos, quise comentarle de nuevo sobre mi asombro que no paraba de crecer, pero me dio que yo era muy especial y ya era hora de que todo el mundo se diera cuenta.

                Al otro día, después de haber comido como un jeque, no me provocaba tanta sorpresa la limosina Mercedes con vidrios ahumados en que nos llevaron al estadio y los guardaespaldas que nos escoltaron hasta el palco lujoso, a un tiro de papelito del presidente de la FIFA o de Damiani. Hablar con la prensa ya era para mí parte de la vida en ese país, por lo cual no me sorprendió que, después de una nueva nota, viniera el presidente de la UEFA y me diera la mano. Debo agradecer que, por lo menos mientras se jugó el partido, me dejaron bastante en paz, aun cuando una cámara siempre me tomaba hasta en los más mínimos gestos, como cuando me emocionó un tranque con la cabeza de Darío Rodríguez. Después vi fotos mías abrazado con Francisca en el primer gol y, en el segundo, que fue un fau que Pacheco puso en el ángulo, saltando con Damiani con el Toto Da Silveira de fondo. También vi los títulos de los diarios, que no podían creer el dominio que había tenido Peñarol sobre el Barcelona, sobre cómo Guillermo Rodríguez y Valdez habían neutralizado a Messi y a Villa, sobre la diferencia en la posesión del balón a favor de Peñarol y la justa expulsión a Piqué. A Shakira, sin embargo,  no le sacaron muchas fotos, a pesar de que estaba en un palco bien próximo al nuestro y de su ascendencia del Medio Oriente.

                A las imágenes del pasado las tengo guardadas en un cuarto especial que hice construir para eso, al que ninguna de las mujeres entra, uno al que solo ella y yo tenemos acceso. Allí adentro es el único lugar donde hablamos español, que cada vez se nos hace más lejano y exótico. Cumplir con todos los compromisos comerciales y hacerlo como lo prescribía el profeta es un orgullo que cansa bastante.

. . . .  . . . . . Debo reconocer mis faltas. A veces me escondo con una botella prohibida y hojeo mis libros de fantasías, un tanto heréticas, que hablan de tierras neblinosas,  de batallas entre hombres y gigantes o de tipos mínimos que son elegidos por Alá, que todo lo sabe y lo escribe, me transporto a países pobrísimos y sin nombre e imagino disparates, como que toda mi felicidad y mis bienes hayan surgido de la nada, como mirasoles instantáneos e incomprensibles.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en fútbol, fútbol uruguayo, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

10 respuestas a Peñarol-Barcelona, una historia de las mil y una noches.

  1. Jhonny dijo:

    A ver, puse este bloc en la barra de marcadores del navegador. Ahora no puedo leer esto por un tema de tiempo, pero volveré.

    ASI QUE MÁS VALE QUE ESCRIBAS CON GANAS PORQUE PUEDO PERDER LA PACIENCIA FÁCILMENTE Y NO TENER PIEDAD EN LOS COMENTARIOS.

    Pasáte por el mío para combatir el fascismo (?).

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  2. amparit... dijo:

    Así que esto fuiste? Porque se dice que la historia se repite…aunque espero que Peñarol no gane la Libertadores!! 🙂

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  3. ifdeplee dijo:

    a) No, no creo. b) Bichicome.
    Respuestas que debía: 1) ¿Visitaste a la colega? 2) Sí, debía ser el mismo Pedro Peña.

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  4. amparit... dijo:

    Te llamo after…!

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  5. conrado dijo:

    buenazo el relato, un saludo de un mirasol que recién descubrió tu blog.

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