El ruido de las cosas al caer, Juan Gabriel Vásquez

Vásquez

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Hace cierto tiempo, leí un encendido alegato contra una forma de intentar vender libros mediante cortos cinematográficos. Todavía no he visto ninguno. En su momento, me parecía un poco exagerada la indignación de quien firmaba la invectiva. Creo que ahora lo comprendo, a raíz de otro tipo de propaganda, en este caso, el recurso consistente en dejar a disposición del público un archivo .pdf con el primer capítulo o, también, cuadernillos en las librerías. La publicidad, y esto para mí desde ahora es artículo de fe, es mentira. Aunque sea verdad. Aunque te den una tajada del producto para probar. Me arriesgo a pensar incluso que los autores pueden tender a sobrevalorar la primera página de una novela, aun cuando vayan a presentarse a un concurso. Tal vez reparen demasiado en los dichos de García Márquez y piensen en lo importante que es dar el primer golpe al mentón, acaso, y sigo arriesgando, por sentirse inseguros acerca de la posibilidad de ganar en el resto de los asaltos. Y posiblemente más un colombiano, como en el caso de Juan Gabriel Vásquez, último ganador del Premio Alfaguara, cuyo primer capítulo me había sido gentilmente ofrecido por un diario español como “servicio” adicional a la nota que le hacían al autor. Me había interesado lo exótico del hipopótamo escapado en la primera página y también la alusión a la muerte de un personaje en la segunda. Se perfilaba una escritura precisa y me dejé seducir por la posibilidad del realismo tropical (que le llamen “mágico” los europeos). De algún modo se insinuaba el ambiente turbio y cargado de una Colombia bajo las sombras del poder del narcotráfico cuya cara más visible fue Pablo Escobar. Entonces el personaje se pone a contar en primera persona cómo fue su tenue acercamiento al que ya había dicho que moría, hasta llegar a un punto de inflexión dado por un balazo que recibe desde una moto, momento en el que muere Laverde, la figura gravitatoria. El narrador tiene una mujer que queda embarazada, se ve obligado a una larga recuperación tras el tiro, no le ve sentido a la vida y tiene miedo, uno que hunde sus raíces en el miedo colectivo y fundado de sus connacionales en los noventa. Se acerca peligrosamente a nuestra moda del ataque de pánico, cumple con el trámite de la disfunción sexual, él que era tan mujeriego, y en determinado momento se lanza a reconstruir la historia del muerto, es decir, elude hacer preguntas sobre sí mismo al hacerlas sobre el otro. Obtiene respuestas con toda facilidad y estas surgen a partir del relato B, el de la vida de Ricardo Laverde, el de su mujer y su hija, que se vertebra a fuerza de aviones que suben y caen.

Está bien construido, es cierto, y fluye sin obstáculos. De hecho, se encarga de cerrar todos los signos de interrogación abiertos en las páginas promocionales. Describe a Bogotá y a los bogotanos. Hurga un poco en los usos y costumbres de los colombianos. Rasca algo en el origen del fenómeno del narcotráfico organizado y en sus efectos. Provoca un poco de inquietud sexual. Se muestra competente a la hora de establecer una serie de simetrías narrativas, que son las que se recogen en el título. Pero tiene efluvios de lugar común, de amargante artificial, algo de eso. No transmite inquietud ni vísceras. El transcurso de la novela luce anémico si se lo compara con las expectativas del principio. Tal vez eso sea una virtud, quizás esté dándole por la cabeza al santoral cafetero, pero a mí me pareció que el ruido de la caída de este libro fue muy liviano. Y me dejó pensando si no será mejor que, en las primeras páginas, abunde la intrascendencia, y que el primer guantazo llegue en la página cien, o nunca.

El primero de los hipopótamos, un macho del color de las perlas negras y tonelada y media de peso, cayó muerto a mediados de 2009. Había escapado dos años atrás del antiguo zoológico de Pablo Escobar en el valle del Magdalena, y en ese tiempo de libertad había destruido cultivos, invadido abrevaderos, atemorizado a los pescadores y llegado a atacar a los sementales de una hacienda ganadera. Los francotiradores que lo alcanzaron le dispararon un tiro a la cabeza y otro al corazón (con balas de calibre. 375, pues la piel de un hipopótamo es gruesa); posaron con el cuerpo muerto, la gran mole oscura y rugosa, un meteorito recién caído; y allí, frente a las primeras cámaras y los curiosos, debajo de una ceiba que los protegía del sol violento, explicaron que el peso del animal no iba a permitirles transportarlo entero, y de inmediato comenzaron a descuartizarlo.

(Así empieza.)

Calificación: Regular.
Editorial: Alfaguara, Montevideo, 2011, 259 págs.
ISBN: 978-987-04-1832-0

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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