El ojo del leopardo, Henning Mankell

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Mankell

El realismo impone una obligación documental a un autor, que puede cumplirse mediante una esforzada investigación sobre aquello que no conoce o a través de la observación del paisaje geográfico y humano donde vive. Este último parece ser el caso de Mankell, que suele ubicar sus historias en Suecia o en África, los lugares donde vive o ha vivido. El contraste entre ambas realidades no puede ser más mayúsculo, lo cual da como resultado un realismo que, visto desde acá, puede cobrar proporciones de tragedia griega, tal vez porque la disimilitud de los personajes los haga adoptar unos rasgos hiperbólicos, casi arquetípicos.

En este libro, el autor se dedica a hacer lo que mejor hace: contar la vida de alguien. Empieza con el personaje sueco en pleno ataque de malaria, temiéndole a todo lo que rodea en su granja africana y, en medio del delirio, recordando su infancia y juventud en un pueblo chico y frío del norte de Suecia. Es llamativo que los hechos de esta vida nórdica sean casi los mismos que en “Viaje al fin del mundo”, donde el protagonista es un joven Joel cuyo padre es leñador, se hace amigo del hijo del juez y conocen a una mujer sin nariz. Da la impresión de que se trata de un guiño intertextual a su obra anterior, que se proponía como juvenil. Y me inclino por lo primero, ya que la historia de Hans Olofson toma los elementos mencionados como punto de partida, tras lo cual empieza a volverse adulto, divergiendo de la peripecia de Joel. Da la impresión de que Mankell se dejó tentar por el juego de imaginar distintos derroteros para un mismo punto de partida. Y por eso hizo viajar a su hombre a Zambia donde, tras unas circunstancias fortuitas, se vio dueño de una granja productora de huevos y con decenas de empleados africanos –negros, no hay remilgos al nombrar- enfrentado a una distancia cultural insalvable y al miedo que esta le provoca. El conflicto que hace avanzar el relato está construido con el hielo organizado europeo y diurno, opuesto violentamente al solazo supersticioso de África, donde todo se procesa en la oscuridad, como lo hacen los leopardos.

El desencanto del choque cultural recuerda a “Desgracia” del sudafricano Coetzee, dado que en ambos casos se perfila la vida acorralada y vulnerable de los blancos privilegiados en el continente del que fueran colonizadores. La coincidencia hace sospechar la presencia de la verdad, que es más verdadera cuando pasa por el tamiz del oficio de inventar.

                -Esto solo es posible en África –dice Hans Olofson-. Dos amigos están sentados tomando té y café juntos, discutiendo la posibilidad de que uno de ellos, en una situación determinada, pueda cortar la cabeza del otro.

Calificación: Muy bueno.
Título original: Leopardens öga (1990).
Traducción: Francisca Jiménez Pozuelo.
Editorial: Tusquets, Buenos Aires, 2010, 377 págs.
ISBN: 978-987-1544-74-5

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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