Súper Milton

La capa

            Calzas de ciclista azules, largas, de invierno. Sunga de nadador roja por encima de las calzas. Medias de Rentistas hasta pasada la rodilla. Camiseta ajustada azul, de mangas largas. Guantes de fregar, anaranjados. Una gorra de nadador roja, lentes de ciclista azules. Barbita candado. Una bandera del MPP haciendo las veces de capa, debajo de la cual se escondía una mochilita con parches, inflador y algunas herramientas. Lo vieron pasar por la calle Uruguay a la altura de Yaguarón, rumbo a la Ciudad Vieja. Iba más rápido aun que los raudos ciclistas montevideanos, acostumbrados a sentir el rugido de los bondis en la espalda. Anduvo por las dársenas, más tarde cruzaba la peatonal Sarandí en todas las esquinas. Le volaba la capa y cada tanto algún mamado le gritaba algo, pero él no se inmutaba, como quien cumple una misión importante. Alguno se extrañó porque no era época de elecciones de nada. Otros conjeturaron sobre posibles evasiones del Vilardebó. ¿Una obra de teatro en bicicleta? ¡Puto! Nunca falta un grito destemplado, una prostituta que le grita “llevame a volar supermán”, la gran mayoría que no le da bola. Se lo vio pasar pero no salir de ningún lado, del mismo modo que no fue visto llegar a ninguna parte. Pero se dejó mirar por todo el centro y la Ciudad Vieja.

            El cuerpo apareció en la Rambla, a la altura de Palermo. Despatarrado, mitad del cuerpo en la vereda y mitad en la calle. Una sola puñalada, en el cuello, y toda la sangre que formaba un charco brillante. Alguien denunció y al ratito llegaron los móviles. Una ambulancia por pura fórmula. Luces, movimiento, policía técnica, se desmonta todo, se llevan el fiambre.

            Era un vendedor de drogas, dijeron en el informativo. El cronista rojo apenas había superado el sueño más profundo. Actuaba con el piloto automático, hablaba mientras la cámara deliberadamente no mostraba el cadáver sino un borde del charco de sangre. Inmediatamente después, los deportes. Crisis en Peñarol, el técnico que sale, jugadores con caras tristes, algunos goles de uruguayos en el exterior, crediRap, Tienda Inglesa, lo común.

            Todo se habría olvidado. Pero al otro día, se encontró otro cuerpo apuñalado en el cuello en el Parque Rivera. La sangre se juntaba al vino derramado de la botella de plástico. El muerto estaba siendo buscado por matar a una sexagenaria dueña de un almacén de barrio. También tenía un papelito con un poema escrito a máquina.

            La opinión pública se hizo eco porque, como se sabe, la opinión pública es un eco, es lo que se puede repetir sin que nadie se asombre. Ciertos casos criminales tienen la capacidad de transformarse en un clima, en una cosa estable cuyas variantes son los movimientos de las nubes o el aumento de la humedad atmosférica. Por todas partes podían sorprenderse conversaciones acerca del tema. Uno que escuchó que el asesino debía ser un empleado de algún juzgado o lisa y llanamente algún milico. La tesis de funcionario judicial encontraba angosto apoyo en la máquina de escribir. La teoría del milico corría como reguero de pólvora, con base en que los muertos andaban complicados en casos criminales. Lo que no podía entenderse bien era la presencia del poema, que también apareció en el tercer muerto, encontrado en pleno Cordón. Además, se le encontró abundante plata en los bolsillos. Por la pinta del hombre, la plata no era de él.

            J. J. evaluaba. Fumaba uno tras otro en una euforia nerviosa. Primera plana, sí señor, esto va en primera plana. Lo dijo el día en que apareció el cuarto muerto. Ya tres pasaba de ser un ajuste de cuentas y cuatro, con poema incluido, era toda una historia. La sociedad uruguaya tenía su asesino en serie. Se sabe que eso engancha a la gente. Cuestionamientos al ministerio del interior, no hay seguridad, cualquiera te puede matar en cualquier momento. También estaban los que apoyaban. Es un justiciero, viste que los que mató eran todos chorros o asesinos. Faltaba un nombre y un perfil. Lo que es peor: faltaban sospechosos. Todo el mundo sabía que había habido testigos, pero nadie declaraba nada. Se trataba de un asesino querido. Esas fueron las pintadas que aparecieron por la ciudad: “asesino querido, el pueblo te apoya”. Hubo motines en las cárceles en protesta por lo que los reclusos consideraban una especie de limpieza étnica por parte de la policía. El gremio policial hacía sus descargos, pero sin mostrar indignación. La cuenta aumentaba.

            Un fotógrafo de un diario consiguió sacarle fotos a un personaje muy raro. Pero decidió no publicarla en el periódico sino mandarla por correo electrónico a sus amigos, quienes muy pronto la difundieron hasta que quizá nadie quedó sin verla. Ningún medio de comunicación la publicó. Los cuerpos seguían apareciendo pero las noticias cada vez se empequeñecían más hacia el interior de los diarios. Por emilios circulaban los poemas que aparecían en los bolsillos de las víctimas, algunos de los cuales fueron escritos en esténcil en varias paredes. Las escasas manifestaciones en algunos barrios fueron acalladas con subsidios alimenticios. Alguien se hizo rico vendiendo remeras con la foto de “Súper Milton”.

            En algún momento dejaron de aparecer ladrones muertos o directamente nadie reparó más en ello. Quizá el ciclista no haya tenido nada que ver con los crímenes, pero la opinión pública no dudó en hacerlo su héroe.

(Perteneciente al archivo infame)

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en archivo, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

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