Poble sec

                 La ruta abría un brazo hacia la izquierda, sin rotonda. El cartel verde estaba en blanco. El que doblara hacia el ramal de la izquierda no sabía hacia dónde iba. Desde la carretera principal solo se avizoraban unos lejanos montes de eucaliptus que flanqueaban la cinta gris. Revisó el mapa y no encontró ninguna bifurcación a esa altura de la ruta nacional. Tampoco se indicaba ningún pueblo, ni aeropuerto, ni nada. Le sobraban tiempo y ganas de conocer. Abandonó el camino recto para seguir pedaleando por el sendero fantasma, bajo un celeste absoluto y un verde al tono. No sabía cuántos kilómetros quedarían hasta llegar a algún pueblo pero la experiencia le decía que no podía ser muy lejos. El tiempo ya estaba aplastado desde hacía como cuarenta kilómetros por lo que nada le importaba. Lo único que iba haciendo era plantearse metas breves cuyo cumplimiento le renovaba las energías. El montecito de eucaliptus ruteros se transformó en el objetivo, que cumplió en cuestión de quince minutos. Al llegar, ingresó en un túnel de sombra que debió durar por lo menos dos o tres kilómetros. El aire era distinto, más fresco. Se sentía solo el sonido de los pajaritos, mezclados con una suave brisa de follaje. Hacía rato que no pasaban autos, mucho rato. Luego del túnel de eucaliptus, el sol absoluto se volcaba otra vez, mostrando ahora unos puntitos más adelante en la carretera, idóneos para ser el nuevo objetivo del ciclista mochilero que dejaba de pedalear en una bajadita y aprovechaba el impulso para trepar un repecho que le sacaba ruidos a la bici. De loma en loma, se fue arrimando a los puntitos, que se fueron transformando en dos personas vestidas de negro en la cima de una subida empinada. Varios esforzados pedalazos más adelante empezó a divisar un aire marcial en los muchachos, de tamaño grandotes y con cara de perro atrás de los lentes. Adelante, cruzados y preparados para escupir, dos armas largas y gruesas. Estaban ahí, en el medio del campo, solos. Y ni siquiera se los veía tomar mate. A medida que el ciclista fue arrimándose, los gorilas se fueron ubicando en el medio de la ruta, con las piernas semiabiertas con los borceguíes prontos para saltar, patear, correr o lo que fuera. Cerraron el camino. Tuvo que bajarse de la bicicleta.

            No tuvo mucho coraje como para preguntarles qué autoridad tenían ellos para pedirle la cédula si no eran policías. O por lo menos no parecían serlo. Tomaron nota los dos, cada uno en una libreta negra. Parecieron escribir mucho más que el número de cédula porque estuvieron un ratito lápiz en mano, callados. Lo miraron de arriba a abajo. Con un gesto, uno de ellos le pidió la mochila. La abrió y revisó todos los bolsillos y reparticiones. Algo de ropa, un poco de comida, un libro grueso de poesía buena, un cuaderno y una birome. Hizo un gesto cuando terminó la revisión y los dos volvieron a ubicarse al lado del auto. La carretera quedó abierta y se dejó caer por la bajadita, que empezó a convertirse en un tobogán brutal. La mochila se bamboleaba con lo que calculó debían ser por lo menos sesenta o setenta kilómetros por hora que lo hacían recordar algunos ajustes que tenía pendientes en la máquina. Con el envión de la enorme bajada casi ni notó el nuevo repecho, desde cuyo lomo pudo ver unas casas.

            Por fin la carretera se hizo más plana, justo cuando empezaban a aparecer unas casas chatas y blancas. Ningún cartel daba el nombre del pueblo y tampoco se veía gente por las calles exageradamente anchas del centro, que no distaba más de dos o tres cuadras de las primeras edificaciones. Todas las puertas y las ventanas estaban cerradas. Salvo un bar que se adivinaba dentro de una de esas casas blancas y un almacén que solo delataba su condición por la cortina de tiritas de goma de la puerta. Al bar lo distinguió por un mostrador grande de madera que se divisaba hacia el fondo. Se había bajado de la bicicleta y estiraba los cuádriceps, los posteriores, los gemelos. No había árboles a la vista. El sol se volcaba como grito callado. Miró hacia todos lados y no se veía más que casas blancas y calles anchas. Decidió pasar por el almacén para recargar energías. Había dos o tres góndolas en la que figuraba toda la gama de productos básicos: fideos, yerba, azúcar, arroz, cuadernos, lápices, papel higiénico, detergente. Nada de adornos ni cosas vanas. Al fondo una heladera blanca que, al abrirse, dejaba ver bolsas de leche y nada más. Acostumbrado al yogur, vaciló un poco a la hora de sacar la bolsa de leche, pero el hambre dictaba. El pan estaba en un canasto de mimbre. Panes negros chicos, todos del mismo tamaño. El queso estaba ya cortado en trozos homogéneos junto con los salamines y las botellas de vino. Tomó un pedazo de queso y se dirigió a lo que parecía ser la caja, donde había una mujer flaca escribiendo sin parar en un cuaderno. La mujer ni siquiera levantó la vista. Cuando fue a pagar, recién entonces la mujer emitió un gesto: un esbozo de sonrisa acompañado de un movimiento leve de la mano como indicando que no iba a cobrarle. Salió de nuevo a la calle con todas las cosas en una bolsa que había obtenido de un gancho de la pared. El sol, la calle ancha. Oyó el ruido de sus pisadas de  goma apenas audibles. Cuando tomó la bicicleta, levantó la vista y vio una puerta abierta en el final de la calle. Caminó hasta ahí. Dejó la bici al lado de la entrada y se mandó. No había luces prendidas ni nada. Una mesa, dos sillas, una heladera blanca, una mesada y una cocina a gas, paredes blancas. Una puerta sin puerta daba a lo que parecía ser un cuarto del que salió una mujer joven de pelo lacio, totalmente bronceada según revelaba su desnudez. Le alargó la escoba que tenía en la mano y se puso a barrer, mientras ella lavaba el baño. Juntó el polvo en una pala y supo que ya estaba. Se sacó la ropa hasta quedar totalmente en bolas. Ella había terminado y vio venir su pelo lacio. La tocó por la cintura y la miró a los ojos. Había un brillo discreto en sus ojos de siempre. En el beso sintió el más puro gusto a beso. Las manos recorrieron la ruta de la piel. Se hundieron entre las piernas de ella mientras unas manos finas lo tocaban con total libertad. Sopesó unas tetas justas y un culo perfecto. Después de reconocerse, se pusieron a coger como en el fin del mundo. Se movieron como en un vals tocado con bajos eléctricos y berimbaus. Respiraron como una parturienta hasta que acabaron juntos en un río de líquidos mezclados. Abrazados, sintieron los corazones en el silencio. Después de un rato, abrazados, se enjabonaron, se lavaron el pelo, se masajearon, se enjuagaron. Una vez que se secaron, con los pelos húmedos, se dejaron caer en la cama amplia con las sábanas revueltas, donde se durmieron por lo que quedaba de la tarde.

            Después de comer, ella sacó un cuaderno y se puso a escribir. Él supo que ese era el lugar y abrió la mochila.

(Archivo, impublicable)

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en archivo, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

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