Oferta y demanda

           Cuando entró, no tuvo dificultades para llevarse todo lo que quiso. Como hacía tiempo no sucedía, la cuerda se le presentaba generosa y llena de la mejor ropa. Tuvo incluso dificultades a la hora de elegir ya que no sabía decidirse por los pantalones último modelo de dos o tres marcas distintas, las cinco camperas deportivas más nuevas y vistosas u otras prendas que parecían brillar con luz propia a la luz de la luna. No sin cierta angustia por las cosas que tenía que dejar, abandonó el patio prometiéndose a sí mismo un pronto retorno.

            Lo feo ocurrió cuando pasó al patio vecino y la situación era la misma. Para darse una nueva y más suculenta panzada, no tuvo otra opción que descartar algunas de las cosas que había recolectado en la casa anterior. Y, mientras metía un par de zapatos deportivos carísimos en la mochila que acababa de descolgar, vislumbró con horror las cuerdas pródigas del siguiente patio.

            La satisfacción pudo más que la angurria y se hizo a la calle, en la que no andaba nadie, excepción hecha de los perros habituales y de los traficantes del veinticuatro horas de la esquina. Nunca la obtención del viaje mental se le había planteado tan fácil. Tanteó los zapatos deportivos de la mochila y calculó que le rendirían unos buenos gramos.

            Tropezó. No puedo ser tan nabo, no veo ni dónde pongo las patas. Era un televisor de veinte pulgadas que tomaba el fresquito de la noche en el medio de la calle. Nuevo, hasta con algunos de esos pegotines que traen para exhibirlos en las vidrieras. La cosa era llevarlo. Quizá tendría que esconderlo en algún lugar para después pasar a buscarlo con el Maikol y el Richard, lo complicado iba a ser el reparto pero ya se vería. Lo levantó con mucha dificultad y lo llevó hacia atrás de un muro semiderruído que le permitiría esconderlo entre los yuyos y los escombros.

            Se le cayó al piso y la pantalla se hizo añicos cuando encontró una computadora portátil al pie del muro, encendida. Y justo tenía puesta una película porno. Solo lo desconcentró de la trama del audiovisual la visión de un auto de policía que venía a dos cuadras, tal su ojo para junar a los botones, lo que lo llevó al acto automático de cerrar el aparato y esconderse a como diera lugar en el terreno baldío.

            El corazón a mil. Sudor frío y ganas de cagarse y mearse, milicos putos, otra vez no me agarran los trolos estos. La patrulla se acercaba cansina, con la falta de velocidad del que anda buscando una llave que calcula que se le cayó en la calle. Que pasen rápido. Pero no, venían despacito, al revés que el corazón. Dejó de temblar y empezó a marcar el ritmo con la mano derecha sobre la rodilla al son de la cumbia que salía del auto de la yuta. Los azules venían con la música a todo trapo y, desde el rincón oscuro, le pareció divisar que el conductor le pasaba un vaso con cerveza al acompañante. Quizá sería cierto eso del daño cerebral que decía el psicólogo en la policlínica del barrio , en todo caso, unos toquecitos no vendrían mal para calmarse. Más nervioso lo había puesto la disipación de los policías de lo que lo habría puesto su actitud normal. Esperó a que el auto estuviera más o menos lejos para hacerse a la calle, rumbo a la boca. Ahora voy, pego la base y me piro tranquilazo, les encajo los championes y voy a tener hasta pa venderle a los gurises del barrio, capaz que hasta convido, mirá.

            Todo bien. El otro que lo mira con la acostumbrada desconfianza que algunos confundirían con soberbia pero que es un gaje del oficio. Todo bien. Manos que se dan sonoras, los pintas quietos, medio mirándose entre ellos, medio mirándolo al recién llegado. El flaco nervioso, ojos de acá para allá, manos sudorosas. Ando buscando. Cuánto. Muestra los nike nuevitos, recién bajaditos de la cuerda. Todo lo que me des por éstos, último modelo, esquéiter. Por esa porquería… Pero son los mejores, originales. Mirá, tenemos cinco pares de esos, tenemos. Cara de incredulidad. Se siente desesperado y saca algo de la ropa recién adquirida. Se le ríen en la cara. Pelate guacho, con eso ni un gramo. La fisura por un poco de base lo instiga a jugar la carta ganadora y muestra la compu. Tenemos para vender tres de esas, dos de ellas más nuevas, y, si querés, dvd, ipods, tenemos unas bicis trek, viste, esas que tienen como treinta cambios y freno de auto.

            Ojos vidriosos. Todo bien, valor, pero viste cómo es. No puede atinar a la violencia porque los otros son más y todos tienen fierros. Se va caminando por la avenida, mirando para todos lados, de cogote duro, pronto para lo que fuera. Patea un microondas que está en el medio de la vereda y éste va a dar contra una pantalla de cristal líquido que cae y deja ver que abajo había unos aparatos que nunca había visto y otros que ni siquiera en ese momento divisaba porque estaban en las cajas, sin abrir. Más patadas, rabia, le falta aquello.

            Se puso a caminar como loco, pateando ropas y electrodomésticos que se encontraban prolijamente dispuestos en las veredas. Iba rumbo al centro. Se metió en dos o tres de las primeras casas que vio con las puertas abiertas y encontró un panorama contrario al que le presentaban las aceras. Las casas estaban vacías, con todas las puertas abiertas y a lo sumo si habría algún pez bobón en alguna pecera olvidada. Después de las primeras cinco o seis, desistió de las baldías intromisiones domiciliarias. Se propuso ir hasta lo de unos que vendían allá por el centro, sin darse mucha cuenta de que, en vista del decorado de las veredas, no tendría con qué pagar.

            El centro desierto. Las casas abiertas, con las luces prendidas, y todo afuera. Se cruzó con algunos conocidos del barrio que andaban en la misma que él y ni los saludó de tan quemado que andaba. Se veía que los otros tampoco lo saludarían porque sus caras y sus pasos revelaban un ánimo análogo. Siguió sin rumbo como un corcho en un barril de vino que viaja en la bodega de un barco. Él, que quería ponerse de la cabeza con la base, tenía el delirio regado por las calles de la ciudad. Qué mal viaje y no me fumé nada. Hijos de puta, gritaba, sin saber a quién insultaba ni por qué. Le dolía el cuerpo pero seguía caminando.

            Las luces del estadio. Partido. No se acordaba de que hubiera. Se apuró. No vio colas ni sintió ruido de hinchadas. No había policía. Las puertas estaban abiertas y entró. Silencio. El estadio lleno pero sin banderas ni gritos. Gente sentada en las más diversas posiciones, cómodos. De tanto en tanto alguna carcajada aislada. Hojeaban.

(del archivo)

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en archivo, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

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