Cuarta andanada de microcuentos

Creación        

                       

El paisaje tempestuoso lo sorprendió de improviso y se dejó arrastrar por las cuerdas violentas que transitaban por arpegios enfáticos. Una guitarra tocada por dedos brujos lo condujo por senderos secretos y húmedos pero rápidos, todo cubierto de vegetación y oscuro brillo. El sonido se fue abriendo al día y aparecieron luces que dejaron atrás las murmuraciones del misterio. El camino se aclaraba y veía entre las líneas del pentagrama los dedos y los brazos que accionaban la maquinaria divina. Se sintió flotar con el diálogo de un violín con unos punteos de una guitarra que era otra y la misma. Vio cómo las manos venían de la cabeza. Se juntó con una melodía dulce y bailó un vals breve e infinito que formó una familia. Se fue poniendo viejo con una viola pausada. Viola envejecer con él y viose en el torbellino final, reintegrándose a la totalidad de donde había salido. Apareció una nota disonante al final. Mientras tres de los integrantes del cuarteto de cuerdas se desgañitaban en la invención de otro mundo, el violoncelista esperaba pacientemente para dar su única y última nota, para traerlo de vuelta a la realidad.

Premiación

Cuando lo llamaron al escenario para premiarlo por la escritura de este cuento, subió y cumplió con las convenciones de rigor. Empezó por la circunstancia de tiempo, siguió una ubicación de lugar, puso un toque de emoción y volvió a su lugar de rigor. Siempre había sabido que el premio era escribir.

Hay poetas, poetas…                                                        

Todo en esa sociedad asimoviana había sido ya pasado a la órbita de las máquinas. La administración pública, incluidas la educación y la cobertura sanitaria eran asuntos manejados por computadores adamantinos e incorruptibles. Sin embargo, no todo andaba bien. Los encargados de las máquinas se veían abrumados con el dato repetido e insistente de la existencia y reproducción de los poetas, subclase humana que, como bien se sabe, amén de constar de individuos atormentados, revela fallas de las sociedades. Algo andaba mal.

Se propusieron solucionar el problema mediante la creación de computadoras capaces de generar poesía. Las unidades Noam 1, 2 y 3 fueron alimentadas con recopilaciones minuciosas de toda la poesía mundial y programadas para producir metáforas en serie.

El logro de las Noam fue hacer que el pueblo amara a los poetas de carne y hueso más que nunca, lo cual no hacía más que agravar el problema. La solución alternativa de las máquinas fue sustituir a los anteriores encargados por vates. Las designaciones no carecieron de pompa ni de efectividad. Los bardos, al tener poder por vez primera, se corrompieron.

Luego de la desaparición de los hombres íntegros, las incorruptibles máquinas gobernaron sin oposición ni tino.

 El juego de los sabios

Sabía que sabían. Había conseguido escapar de los guardianes una y otra vez. Eran obstinados pero, después de todo, no representaban gran problema porque sólo obedecían comandos. Sin embargo, era inevitablemente un preso del tiempo. Ser uno de los tres sabios, despeñado por los otros dos, era lo peor que le podía haber pasado. Una distracción del juego permitió la trampa. Los pensamientos se cruzaron y tuvo el único momento de grisura en su mente, durante el cual los otros pergeñaron y pusieron a andar la reforma. Se vio en la casilla de la inmovilidad omnisciente del lado de abajo del tablero, flanqueado por los esbirros que lo obligaban a ser eternamente elusivo, sin tiempo para nada. Los otros, en una especie de golpe de gracia, instauraron el olvido y la razón práctica y sembraron religiones. Los ácaros de la mesa, los únicos que lo veían, lo proclamaron Dios, lo cual lo degradó aun más. La ignorancia sembrada, sin embargo, restó energía a los dos que quedaban, cada uno de los cuales se vistió de opuesto del otro como intento de prevalencia. Uno de ellos ganó y, al eliminar a su contendor, no tuvo más remedio que dividirse hasta el infinito para reiniciar el juego porque sabía que todos los demás sabían.

 Todos los nombres

Nada de lo que decía aquel presidente se cumplía. Un día, rebelado en contra de su destino, dijo:

-Esto es así como que me llamo Alberto… –y vaciló al ver que lo que se decía se transformaba en una falsedad, tras lo cual se corrigió- Juan Carlos –lo que dio lugar a una nueva corrección- Osvaldo…, Roberto…, Richard…

La transmisión televisiva siguió por un rato mostrando los cambios de nombre del mandatario, hasta que tuvo que cortarse por motivos comerciales. Se corrieron rumores de que el presidente siguió adjudicándose sucesivos nombres falsos hasta que fue vencido por el sueño. Se extendió la teoría de que tenía infinitos nombres, por lo que la masa creyó que era Dios. Lo reeligieron.

Primer recuerdo.

No recuerdo mi primer recuerdo. Dicen que todos recordamos algo de los tres años y que eso nos condiciona para toda la vida. No recuerdo nada. Algunos son ciegos, otros sordos, yo no tengo mi primer recuerdo. Mientras anduve en la sociedad, escuché a muchos contar su primer recuerdo. Ahora ando vagando por los bosques. Todos contaban que habían visto la cara del Salvador. Desde chico la gente opinaba que yo era raro, decían que “pensaba”, lo cual a ellos les parecía horrible y a mí me preocupaba. En los bosques, los animales son diferentes entre sí, y razonan.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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