Quinta sarta de brevedades

La colección.

Paseaba por la feria de cosas usadas cuando descubrí la colección de discos, todos de la misma época y de dos autores. Tras cierto regateo, me llevé las obras de Jobim y de Chopin.

Llegué a mi casa ávido por escuchar la reciente adquisición y empecé a paladear disco tras disco durante toda una tarde exquisita. Descubrí, con curiosidad, que todos los discos de Chopin sonaban peor que los de Jobim. Eso no me molestó porque realmente mi favorito era este último. Sin embargo, me puse a pensar en el detalle y supuse que seguramente el mal sonido de los discos de Chopin se debiera a que éste fuera el compositor favorito del anterior dueño. Supe que mi uso dañaría más a Jobim. Me di cuenta de que el futuro comprador oiría mejor a Chopin. Pensé que un día un comprador podría escuchar solo a uno de los dos y que el siguiente cliente sería estafado por un feriante más eterno que la buena música.

Resultado.

Corrió rapidísimo: segundo, detrás suyo.

 

Tetas.

 

Originariamente los hombres no teníamos pezones. Estaba Adán cuidando a su primogénito recién nacido mientras Eva caminaba para recuperar la figura cuando el crío comenzó a clamar por el pecho materno. La desesperación de Adán se tradujo en un esfuerzo mental por inventarse unas mamas. De no haber sido por la llegada de Eva a mitad de proceso, todos luciríamos sin pudor nuestras tetas y nadie repararía en su hermosura.

 

 

Correo apócrifo

Muchas personas recibieron un correo electrónico con todas las características de los correos enviados por un banco. Sin embargo, la procedencia de los mensajes era desconocida. En ellos, se pedían datos a las personas, con lo cual éstas se veían expuestas a posibles estafas cibernéticas.

Por la mañana, habló en la radio más escuchada el encargado de seguridad del banco. Explicó cuáles eran las medidas de seguridad del banco, con lo que transmitió una imagen institucional firme, así como la disposición a evacuar cualquier duda posible, para lo cual dio un número telefónico gratuito para los usuarios. Luego de despedirse del periodista, comenzó la tanda publicitaria. Se oyó un aviso de otro banco.

Como cliente del banco, yo que había recibido el correo falso y llenado los datos, me tranquilicé cuando me di cuenta de que el mensaje apócrifo había sido enviado por el propio banco. Yo que pensaba que ya estaba todo dicho en creatividad publicitaria.

 

Placer

Me acompañaba desde mi primera vez la intriga por saber qué sentía ella. No se lo pregunté por una especie de pudor tonto, porque en parte imaginaba que respondería cosas elogiosas pensando que yo quería satisfacer mi ego, cuando en realidad solo quería saciar mi curiosidad. Me habían hablado de un placer prolongado y en crestas ascendentes, un goce extenso. Sucesivas mujeres fueron venciendo mi vergüenza y fui preguntando. Debo reconocer que algunas me desalentaron (doblemente, ya por saberme ineficaz, ya por saberlas insensibles), pero otras me regalaron con auténticas poesías. Sin embargo, me faltaba una experiencia que sabía que no iba a tener, salvo que fuera el personaje de algún cuento fantástico.

Mi pareja había salido, quedé solo y decidí experimentar.

Cuando se enojó porque me había comido lo que quedaba de aquellos sabrosísimos porotos, le expliqué que, al menos de alguna forma, yo quería sentir el placer que ella sentía.

 

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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