Sexta gavilla de microcuentos

Educación sexual.

Estaba en un bar y una rubia me miraba. La verdad es que estaba buena y yo estaba solo. Sentí la emoción del cazador ante la persistencia de la mirada. También actuó la cautela del depredador y, gracias a ella, me di cuenta de que no estaba sola. Sin embargo, mi centro de pensamiento se desplazó y comencé el abordaje. Empecé casual y me fui volviendo implacable. Estudié al tipo y en un principio solo llegué a darme cuenta de que, además de estar un poco en pedo, tenía pinta de gil. Instauré una conversación casual con los dos, en la que no dejaba de echarle miradas significativas a la rubia, con quien el juego ya iba avanzado, y de estudiar al posible contricante. Lo primero iba viento en popa y lo segundo me permitió darme cuenta de que el tipo era uno de esos que están enamorados de la atorranta. Con todos mis defectos, soy humano y tengo sentimientos. Aunque la rubia no alteraba precisamente mi corazón, el loco me daba un poco de lástima, en parte porque me recordaba a mí mismo en una situación parecida. Vi que era más bien chico y de los que no meten las manos. Como la lástima no es una emoción útil si no se traduce en acciones concretas, actué. Pensé en la mejor solución para los dos, para el enamorado y para mí, educación para uno y sexo para otro. Ostensiblemente, me llevé la mina delante de un futuro cínico como yo.

 

Suegro.

Le conté a un amigo que un conocido en común se había mudado a lo de su suegro. Me preguntó si había dejado a su mujer y su hijo. Quedó clara su deformación profesional de escritor.

 

Concursante.

Pensó en crear una atmósfera narrativa cautivante en la que se resaltara el color local. Quiso darle vida a unos personajes muy conmovedores que reflejaran hábilmente la problemática social. Pretendió ser una voz comprometida e incisiva. Deseaba ganar ese concurso.

Se aburrió de hacer cosas que quedan bien en los discursos, le importó un pito llenar páginas y escribió este cuento.

 

 

Taller literario.

 

Había participado de un taller literario. Quería adquirir las técnicas del arte y, ciertamente, se hizo un maestro en eso de poner los puntos y las comas. Aprendió, a su vez, que ciertos complementos y frases adyacentes deben ser separados de la oración principal por medio de una coma. Escribió: “Dominando yo el arte de la puntuación, puntúo antes de escribir. Al no tener creatividad alguna, relleno con cualquier cosa.” Fue más allá cuando escribió un cuento que solo constaba de puntos y comas (no le gustaba el punto y coma), en el que no usó palabras.

Más adelante en su evolución como artista, se decidió por el flujo del pensamiento, por lo que consideró a la puntuación como una traba burocrática. Escribió un libro con páginas en blanco.

 

Luthier

De muy niño, ya demostraba su dominio de los instrumentos de cuerdas. La guitarra perdió todo misterio para él a la tierna edad de diez años. Comenzó a experimentar con instrumentos más complejos, con más cuerdas, algunos de ellos desconocidos en occidente. Consiguió ejecutarlos mejor que sus propios creadores.

Al llegar a la mayoría de edad, decidió inventar su propio instrumento. La variación consistía en el agregado de más cuerdas, de modo tal que el instrumento tenía una forma cilíndrica en cuyo interior se ubicaba el ejecutante. El sonido iba más allá de todo lo conocido.

Sin embargo, para el gusto del luthier y ejecutante, faltaban cuerdas. Para aprovechar al máximo el espacio e instalar el máximo número de cuerdas posibles, acabó por confeccionar una estructura hueca de paredes hechas de cuerdas dentro de la cual se instaló. Logró los sonidos más dulces y perfectos que se pudieran concebir. Para comunicarse con el exterior, se conectó un cable por el que recibía los alimentos.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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