La posibilidad

Mi cuervo
Un cuervo voló hasta el árbol del exterior de mi ventana.
No era el cuervo de Ted Hughes, ni el cuervo de Galway,
ni el cuervo de Frost, Pasternak, o Lorca.
Ni uno de los cuervos de Homero, harto de sangre
después de la batalla. Era solo un cuervo.
Que jamás encajó en parte alguna,
ni hizo nada digno de mención.
Estuvo posado allí en la rama durante unos cuantos minutos.
Luego alzó el vuelo y desapareció bellamente
de mi vida.
Raymond Carver, traducido por Mario Antolín Rato

F. decía que el cuervo de Carver era el de todos los poetas,
yo le decía que, además, era uno que se volaba
cuando nadie lo nombraba, desaparecía
como una cebolla negra de capas de versos y miradas.

(La charla sucedió después de haberme
sentido invisiblemente transparente,
de que hubieran sacado de un pozo
a un dictador y le hubieran practicado un orificio
y que los de ETA, con sus capuchas negras,
graznaran nunca más, nunca más, nunca más.)

Entonces llega a casa. Para ella soy tan traslúcido
como un muñeco anatómico, ve los mecanismos
que me mueven. Viene con dolor de cabeza y mal del hígado,
la voz colgando de un hilo descosido y trae
un pichoncito.

Lo recogió de un alero desde donde posiblemente
estuviera por volar recto y final.

Un símbolo, pensé sin verlo todavía,
los psicópatas empiezan matando pajaritos,
las mujeres ponen pruebas a sus hombres.

Del tamaño de un suspiro sin exhalar,
tenía casi menos movimiento que volumen
o plumas.
Es, todavía a esta hora, que estoy a unos kilómetros de casa,
una colección de organitos,
una relojería finísima de ojos cerrados,
una posibilidad débil, un período muy provisorio
para un alma.

Llamé a mi madre, que es veterinaria, y dijo que le demos
papilla y calor y, adicta como es al dios de la ciencia,
recomendó que le prendiéramos una vela
a cada santo.

Le dimos gotitas de azúcar con un cuentagotas,
le inventamos un nido de cartón cuadradito,
tuvo su sábana de la tela de un pantalón
y me tuve que ir al trabajo, donde estuve
hasta la estrofa anterior. Di mi clase con normalidad
aparente, pero no dejaba de pensar
en que en casa había un pájaro posible.

Volví a toda la velocidad que me permitieron
las piernas y la bicicleta, sudoroso,
como parte interesada en el espectáculo
de la vida y de la muerte.
El pajarito no se movía.

(Nota: para una mejor lectura de este texto pueden servir los dos poemas anteriores, El pulso del día y Alma, en ese orden)

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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