El Richard (segunda parte)

2-      El hombre que fue un jueves

            Lo habitual era dejar una radio prendida fija en una FM y la luz de la cocina. Y, en la época de más paranoia, salíamos siempre despidiéndonos de un amigo fantasma. Dejar la casa sola era una auténtica rifa. Lo habíamos comprobado con las cuerdas que se vaciaban. Eso sin contar con los insistentes robos sufridos por la vecina, a quien le llevaron hasta unos canaritos que le había regalado la nuera. Una huella en la tierra mojada del cantero destinado a unas lechugas que nunca arraigaron. Un testimonio indiscutible de que nuestro fondo era un territorio que, por las noches, nos era ajeno. La vez que le robaron la bicicleta a la nuera de María, la de al lado, el chorro había estado escondido en nuestro fondo, en los altísimos y cimarrones yuyos que no habíamos cortado. Porque la verdad es que, teniendo en cuenta el sótano con treinta o cuarenta centímetros de agua y los revoques suicidas de las paredes de la casa que alquilábamos, no habíamos puesto mucho empeño en las tareas de jardinería, salvo el riego del vecino de atrás a aquellos cartuchos salvajes a baldazos de agua sucia. Un árbol pródigo generaba hijitos por todo el terreno y yo me dedicaba a arrancarlos, pero por puro odio nomás. Tanto era el yuyal que le pedí a Marcelo que me sacara una foto entre los tallos de más de un metro ochenta de altura. Fuimos conscientes de que estábamos siendo, por negligencia, cómplices del tránsito de los rastrillos por la manzana. En noches de vino y chorizos, los jueves, imaginábamos rutas y horarios habituales y diálogos como “¿qué hacés a estas horas, Richard?” o “¿pegaste algo en lo de la vieja?”. Y decidimos eliminar nuestra selva salvaje. Creamos un páramo que, en las noches de luna, yo vigilaba desde mi ventana, dispuesto a todo.

            Éramos estudiantes y florecíamos en novias y partidos de fútbol. Pero también teníamos nuestras inquietudes filosóficas y políticas. Yo prefería leer, Gabriel se dedicaba más bien al deporte y Marcelo era el de la participación política y la consciencia social, la ayuda a los necesitados y esas cosas. Teníamos unas discusiones bizantinas acerca de política y de cualquier cosa, en las que yo solía quedar en la posición del que no está en ningún bando. Siempre nos juntábamos los jueves porque Marcelo tenía libre en el laburo, y también llegaba mucha gente traída por nosotros o por los que venían con nosotros. Se llegaban a juntar a veces veinte personas, algunas de las cuales se conocían allí, en aquellos jueves. Andaban dos o tres mates, vasos de vino, chorizos y música. Pero muchas veces éramos pocos, y esos días sucedían las discusiones. Hacía poco habían sido las elecciones y las banderas dejaban sus secuelas. Un día tuvimos una temática menos filosófica y más candente. Gabriel era de la idea de “yo le doy con un fierro en la nuca”. Yo decía “la primera en los huevos y recién después en la nuca, cuando queda doblado”. Marcelo se empinaba el vaso de guaraná que la madre acarreara desde el Chuy y asentía. Decidimos ponerle nombre a la casa inspirados en una canción de Bezerra da Silva, un sambista que nunca se mudara de la favela: “O tresoitão.”[1] Lo memorable de esa noche fue que todos estuvimos de acuerdo. Usualmente, solían esgrimirse argumentos de justicia social y de tratar de ayudar a los desplazados de la sociedad, enfrentados a “todo bien, yo estoy de acuerdo, pero son todos versos para ganar las elecciones”, que recibía la inmediata respuesta que empezaba con “no seas malo, no ves que…”. Yo solía estar en la parte perdedora de las argumentaciones y hasta el día de hoy no he sabido discernir si era por hablar más bajo o por no tener razón. Pero lo que nos había pasado a Gabriel y a mí nos había puesto en guardia. Percibíamos a la sociedad como una masa dividida por gente bien de un lado y chorros del otro. Veíamos a Maldonado como una gran bola marrón, parte chocolate y parte mierda. La cuestión era por dónde empezaba a morder uno. A nosotros nos había encandilado el brillo de la mierda y pensábamos bajo su influjo. Sentíamos que cada vez las vetas de chocolate eran más mezquinas a favor de un excremento pujante. En las fotos de la época teníamos miradas de niños, acaso por esas sonrisas que siempre se ponen frente a la cámara. Con el tiempo, nos habíamos dado cuenta de que no había que mentirle más a las cámaras y mirábamos serios en medio de la fiesta. En las pocas tomas que se conservan de ese tiempo.

            Era un jueves de agosto. Fuimos con Mariana a buscar el vino, que se intentó tuviera un cruce adecuado de las variables calidad, precio y cantidad. Ese día inauguramos la tradición de tomar cierto vino de litro y medio con apellido italiano que reunía los requisitos. El tinto se sumó a la carne rigurosamente roja y a las ensaladas, lo que llevaba a los inevitables “dulces” que delataban las influencias brasileras de los del Chuy. Ese día estuvo muy concurrido y ruidoso. Hermana de uno, madre de otro, un amigo que andaba en la vuelta, el mate que iba y venía enfriándose, Alcéu Valença que venía antes de los Engenheiros do Hawaii y, más tarde, una radio que recorría desde Zitarrosa hasta los colores corales de unas murgas que se entreveraban con nuestra conversación de risas y anécdotas. Y así que de momento, nada de adiós muchachos… decía la voz ronca de uno desde la radio. Porque al final quedamos seis en la casa, distribuidos de a dos, una cama para cada pareja. De acuerdo a la distribución que seguía un orden más o menos espontáneo, a unos les tocó la cama grande, a otros un colchón en la sala de estar y a nosotros el cuarto cuya ventana daba al fondo. Era una noche de cuerpos contentos y me arriesgo a suponer que el festejo fue por triplicado.

            Estábamos abrazados suave y fuerte cuando ella oyó. Primero pasos apurados y yo que me paro para mirar por la ventana con el corazón volviendo a saltar como hacía un ratito pero ahora por otros motivos. Una sombra fría en la noche sin luna. Casi en el mismo movimiento atino a ponerme un pantalón y una camperita de algodón que habían rodado por ahí. A la sombra se suma un ruido metálico. Y no lo pienso mucho. Me llevo el índice perpendicular a los labios para pedir silencio. Me deslizo por el cuarto hasta la puerta, que abro en el silencio más absoluto. Sé que el ruido viene de la puerta de atrás y empiezo a tomar decisiones que se suceden precipitadas. Con algo tengo que defenderme. Un cuchillo no sé cómo usarlo, además no sabría qué hacer con la sangre. Por suerte se quedó quieta en el cuarto. Ya sé, el termo. Lo agarro de la manija porque ya voy calculando el golpe a impulsos de sangre. Voy midiendo la puerta y lo que supongo son las dimensiones del intruso. Acomodo el cuerpo como el de un golero cuando saca con las manos intentando llegar a la mitad de la cancha: el brazo izquierdo se adelanta semiflexionado, el peso del cuerpo apoyado más en los dedos que en los talones, el brazo derecho que se levanta estirándose, describe un rápido arco de arriba hacia abajo, señalado por el fogonazo plateado del termo que se descarga con toda la fuerza del cuerpo sobre la nariz del intruso, que apenas por un segundo pudo intuir el golpe en unos ojos brevemente azorados. Cae seco. Más que verlo lo huelo. Las ropas y el cuerpo que preveo homogeneizados por el color de la mugre despiden el olor acre del depredador. Estoy parado con las piernas algo separadas, con la cadera levemente hacia adelante y los brazos en posición de descanso, uno de ellos con el termo abollado. Recién entonces miro y compruebo que el olfato que me había traído un olor conocido coincide con la vista en reconocer al Richard. Silencio total de la noche en que apenas respiro. Se oye un motor acelerado a lo lejos, pero nada más. Ella no se ha movido. El Richard tampoco y, según transcurren los segundos que empiezan a cobrar cuerpo de minuto, no parece tener miras de moverse. Arrimo el dedo índice a las narinas y compruebo que de ahí no sale aire. Vuelvo a hacerlo y el resultado es el mismo mientras un hilito de sangre corre de la nariz y los ojos miran como pidiendo monedas. Me aparto y vuelvo hasta el cuarto, donde ella ya se ha cubierto y mira expectante. Me parece que lo maté. No sé bien por qué es que me abraza y llora, pero me hace sentir bien. Qué vamos a hacer. Voy a llamar a estos locos y decidimos.

            Gabriel no entiende nada, con los ojos en compota por el sueño. Marcelo tiene dos rayitas por las que todavía no puede mirar. Las mujeres quedan en las camas. Vení, le digo a uno, tengo un problema. Vení, insisto apremiante cuando el otro no reacciona por causa del sueño. Al segundo decido decírselo más directo: entró un chorro, vení. Solo después pude saber el estado de confusión en que estaban cuando un rato después nos pusimos a pensar qué había pasado y qué iba a pasar. Pah, está muerto, dice uno. Sí, corrobora el otro, luego de someter a sendos exámenes al muerto. Y entonces nos miramos en silencio, sin saber qué decir ni qué hacer. Estábamos con la mierda a la altura de las orejas. Tragándola, oliéndola, oyéndola y viendo todo. Por un momento, estuvimos muertos. Pero la vida se encarga de matar la muerte muy rápido porque el instinto de seguir avanzando es más fuerte que nada. ¿Y qué hacemos?

            El Richard no solo nos jodió con plata. Nos robó la ingenuidad cuando, con hechos y no con promesas, nos mostró cuál era la realidad del barrio a nosotros que veníamos de unos pueblos tranquilos. Nos afanó la calma porque tuvimos consciencia de que éramos unos blancos fáciles y que estaba lleno de francotiradores. Nos regaló la paranoia cuando calculamos que ya sabría cuál era nuestra casa porque el episodio con el panzón había sido a unas pocas cuadras. Nos obligó a poner cara de malos cuando lo veíamos, de lo más campante, en la esquina del almacén del Paleta, ese que estaba abierto las veinticuatro horas. Y nos forzó a pensar en consecuencia. Por miedo, muchas veces doblábamos una cuadra antes de lo necesario para intentar confundir el rastro de nuestra madriguera, por si no sabían ya todo con pelos y señales. Pero también hacíamos planes de contingencia y sacábamos cuentas. Y hablábamos con los vecinos, que también habían tenido contacto con los de su calaña. El exmarido de la vecina, dueño de un supermercado que abría de noche, me contó lo que le habían dicho los milicos: compre el gas, vio que los deja todos hinchados, quedan como rabiosos, si lo afanan o algo, le echa el gas en los ojos, le entierra una paliza y lo tira a la calle, después nos llama y nosotros ni entramos al comercio porque ya sabemos. Y la vecina agregaba lo que le había pasado a su hermano que, después de que lo robaran dos veces seguidas, justo el día en que estaba poniendo las rejas, se le ganó uno y lo agarró, le dijo a la mujer que le llenara la pileta de agua y empezó a interrogar delicadamente al individuo, pero como la mujer se asustó, llamó a la policía y al tarado del policía se le escapó el chorro no bien llegó a la calle. Nosotros sacábamos la cuenta de que teníamos varias posibilidades: a) no hacer nada, como había pasado el yerno de la vecina, con lo cual era una forma de decir tácitamente “pasen y lleven”, b) encajarle una señora paliza al piche, de tal modo que sintiera el rigor, lo que conllevaba la cierta posibilidad de la vendetta por cuenta de sus amigotes, que calculábamos nos conocían y c) directamente matar al que entrara, con lo cual nos asegurábamos c)1 que ese no robaba más y c)2 que los amigos no iban a poder tomar represalias ya que los muertos no hablan. Nos inclinábamos por la última opción que, a su vez, nos planteaba el desafío de deshacernos del cadáver, cosa en la que nunca nos habíamos puesto de acuerdo. Y yo, sin pensarlo, había tomado tercera opción, lo cual nos imponía el reto de pensar acerca de cómo quitarnos el bulto de encima. Uno sugirió prender el fuego de nuevo, trocearlo y quemarlo. Pero era muy difícil. La idea del pozo en el fondo también fue descartada. Declararlo todo a la policía encontraba mi más cerrada negativa, porque me imaginaba la tortura de las declaraciones y, aunque lo arrastrara hasta mi dormitorio para hacer de cuenta de que lo había matado allí en defensa propia, conocía la enorme posibilidad de generar complicaciones de todo tipo, desde las judiciales y policiales hasta las visitas de ciertos habitantes del barrio que queríamos evitar a toda costa. Cómo esconder algo. Y algo tan grande además. Contando con que el olor podría delatar su presencia, además de que no estaría nada bueno tener el cuerpo metido dentro de la casa de uno. Hasta que de pronto comprendí la utilidad de la literatura.

            Al otro día, salí en la bicicleta como todos los días rumbo al laburo. Ya de noche, Mariana, que se había quedado en casa de mañana, me contó todo lo que había pasado en el barrio y supe que mi idea había funcionado.


[1] El treinta y ocho.

(continuará)

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a El Richard (segunda parte)

  1. amparit... dijo:

    muy buena la sutileza marrón…jejeje

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