Las arañas de Marte, Gustavo Espinosa

Espinosa

La anécdota se puede resumir escuetamente. Un personaje originario de Treinta y Tres se radicó en Suecia por motivos políticos y está rememorando su juventud olimareña, centrado especialmente en el último verano. La narración está remitida a un antiguo amigo del pueblo confinado a una silla de ruedas que ha descollado en la literatura y vive en Buenos Aires. Este ha sido el que introdujo al narrador en la literatura y a él se le encomienda, como artificio dialógico, la escritura de los hechos. El personaje, de este modo, va contando su peripecia durante el verano bochornoso a orillas del Olimar, vinculando su ingenua militancia política en el caldo espeso de los setenta, la música y el sexo agreste.

El punto fuerte de esta narración, como lo era en Carlota Podrida o en China es un frasco de fetos, obras anteriores del autor, no es la trama sino la espesura del lenguaje y la posición desde la que se mira. La voz del narrador transcurre en un barroquismo ecléctico, sui géneris y sin complejos que adquiere por momentos una densidad entre poética y metaliteraria, ya que también, en varios fragmentos, el texto reflexiona sobre sí mismo. La perspectiva para narrar parte desde el extrañamiento del emigrante, que cobra

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consciencia del caldo del que formaba parte, de su pertenencia a una sociedad marginal respecto de la cultura hegemónica y, además, raro dentro de su propio pueblo. También son raros los personajes: una cantante meretricia que se llama Vialidad y tiene una teta más grande que la otra, un organizador de concursos de canto con toda la facha de fiolo y que después deviene en algo todavía peor, un poeta de circo de nariz amoratada y décimas delirantes y hasta las propias descripciones de los milicos que vigilaban al músico que tiene la palabra, sin olvidar la masa musical que mezcla rock clase B con folclore clase C.

Se adivina que la historia, dictadura incluida, es el pretexto para desarrollar un lenguaje profuso, dueño de una mirada profunda y que por momentos es inevitablemente graciosa, sobre todo a causa de topónimos populares como la “Isla de los putos” o la coprolalia de Viali Amor. La ciudad de Treinta y Tres es un vaho omnipresente en el relato, desde las pinceladas que la describen física y socialmente hasta en la elección de los nombres de los personajes y sus características. Quien lo vivió lo sabe.

Capítulo aparte merecen las décimas adjudicadas a Román Ríos, que van de lo espeluznante a lo sublime, como es el caso de “Las dos Magdalenas”, que no transcribo porque el lector se merece topárselas allí como están, mechadas en el libro, como una declaración de principios según la cual la función estética del lenguaje cobra un primer plano.

Los otoños en Treinta y Tres solían componerse de tardes perfectas y translúcidas. Andar en bicicleta por las calles de aquellas tardes era como pasearse despreocupado por una casa extensa y limpia. Te parecerá, con razón, que trato de establecer un paralelismo demasiado fácil. Sin embargo, aquel abril del 75 no tuvo nada de eso. El otoño se presentó como un bodrio empantanado, apesadumbrado de lloviznas pegajosas y veranillos como jaquecas. Yo vivía ahogado en una paranoia irrespirable. Los demás (el Lolo Martínez con sus platos voladores, Raquel con su “Qué hacer”, etcétera), que en verdad eran más valientes, más despreocupados o más estoicos que yo, me parecían unos idiotas incapaces de notar, en su aturdimiento, el espanto que nos amenazaba. El Certamen Treinta y Tres Busca Una Voz había llegado a su feliz término, según el diagnóstico del petiso Simonetti, con el más que merecido triunfo de Marcelito Mandián, el Gorrión de Las Delicias, un niño disfrazado de gaucho enano, responsable de las más estridentes versiones de Sabor a Almendra. No había, por lo tanto, más ensayos, ni cerveza bajo las nueve lamparitas de colores, ni nada más que Viali para distraerme un poco del miedo a los camaradas de armas del Cholo Miraballes. Ya había demasiado barro y mosquitos en la Isla de los Putos. Si casi dejé de visitarte en las noches de aquel otoño fue menos por temor a perjudicar a aquel pobre muchacho defectuoso que por adicción a la Broche de Oro. Ella había estado prometiendo conseguir los auspicios de algunos almaceneros sensibles a sus encantos para contratar un espacio en la radio. Me pedía que compusiera algunas canciones lindas para que pudiéramos estrenarlas. Yo tampoco cumplía.

Calificación: Muy bueno.
Editorial: Casa Editorial Hum, Montevideo, 2011, 158 págs.
ISBN: 978-9974-687-84-4

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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5 respuestas a Las arañas de Marte, Gustavo Espinosa

  1. angel dijo:

    algo distinto en nuestras letras…que se quede en 33 y ahi le de de punta a su oficio de escribidor,,,Y cuando le den algun premio,,lo reciba,,,poca bolilla a la gilada y de vuelta al pago para seguir escribiendo,,,,Me gustó ademas un comentario que en un reportaje lanzó como un escopetazo sobre Céline,,creo que pinta de cuerpo entero a este “escritor de culto” !!! como dijo un tipo en una revista de sala de dentista ,,,Suerte y Feliz Año Nuevo de parte de ANGEL

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  2. Leo Cabrera dijo:

    Nacho:
    dejo acá un artículo que escribí para El Observador, a modo de complemento. Abrazo.

    Enrique Segovia fue adolescente en Treinta y Tres durante los años 70. Guitarrista (rockero y folclórico), y moderado militante de una ecléctica organización juvenil de izquierda: “Jóvenes por la Democracia” -formada por cristianos, blancos, comunistas y bolches-, dedicada a difusas tareas de recaudación de fondos para apoyar a las familias de los presos y de los exiliados, y a impresión de volantes clandestinos. En la actualidad, Segovia enseña literatura en Lund (Suecia), su propio destino de exilio, y desde allí escribe cartas a un viejo amigo paralítico de Treinta y Tres, devenido escritor de cierto éxito y renombre, para ofrecerle su memoria como materia de una posible novela. Es así que “Las Arañas de Marte” es el resultado fragmentado de la apuesta meta-literaria de su autor: hay una historia que es referida a un destinatario conocido (al que, por lo tanto, no es necesario contarle absolutamente todo, porque ya sabrá él cómo completar la obra) para que se la estructure del “modo tradicional”, pero lo que llega a nosotros no es este resultado final, estructurado y completo, sino una especie de primer borrador formado por el conjunto de las cartas de Segovia y otros fragmentos de diversa procedencia.
    Entonces, se vuelve evidente la intención de precariedad, que se convierte en algo más, cuando Segovia, en una respuesta a su amigo, dice esto: “Lo que francamente me parece complicado es lo del punto de vista que se te ha ocurrido. Si no me equivoco, se trata de fingir que tu voz es la mía: tu narración pasaría por ser un texto preliminar en el que alguien (yo, podría decirse) te cuenta cosas para que escribas una novela. (…) Vos sabrás qué hacer con mis opiniones. Lo que yo tengo que hacer es contarte cosas”. Cabe hacer una pregunta crucial: ¿quién es, en verdad, el destinatario de esas palabras? ¿Quién es la persona que convertirá estos apuntes en una historia más real que la realidad? Pues, el lector. Suyo es el trabajo final de resignificación; es a él a quien Espinosa señala como activo colaborador de su novela, asumiendo desde el comienzo su propio papel de mero abastecedor de sucesos. Es necesario detenerse un instante en este punto para desentrañar el valor del simbolismo propuesto, pues tiene su cuota de irónica justicia que al final el que deba dar sentido a lo ocurrido sea, precisamente, el que en su momento fue el más pasivo y estático de los personajes de la historia, siempre enclaustrado en su opulenta casa, segura y apartada de lo que pasaba fuera. Y si tenemos en cuenta que estamos hablando de sucesos ocurridos durante la dictadura cívico-militar, “pasividad” y “estatismo” adquieren connotaciones bien diferentes.

    Elogio de la sencillez
    El centro del relato referido transcurre en 1975, cuando Segovia formó parte de una itinerante troupe de artistas que se ganaban el pan organizando concursos de talentos en bares y lupanares de Treinta y Tres y sus alrededores. Allí conoce a Román Ríos, guitarrista, cantor, payador y poeta, hombre de nariz fluorescente, autor de las composiciones versificadas (décimas, en su mayoría) que interrumpen la narración, ofreciendo unas inquietantes pausas de las que el lector nunca vuelve igual que antes de entrar en ellas. Ríos (o Lagos, o Laguna, según sus diversas encarnaciones) es el mentor que Segovia subvalora primero y reivindica luego. Viali Amor (hijastra de Ríos) es una voluptuosa mujer, pura extroversión escatológica, pura sinceridad: “Perdoname, mi negro. Pero viste que yo no miento”, le dice a Segovia en cierto momento. Y es esa una verdad expansiva: ni Ríos ni Viali pueden mentir, hay algo en la llana simplicidad de ambos que se parece mucho a la verdad, al arte y al amor en un estado esencialmente puro que Segovia no es capaz de ver claramente hasta que la distancia y el tiempo no han hecho lo suyo. Son ellos los protagonistas de la historia.

    Un lugar diferente
    El lugar que “Las Arañas de Marte” ocupa en la literatura referida a la dictadura cívico- militar y sus consecuencias es un sitio peculiar. Espinosa no necesita ahondar en los detalles de la detención y la tortura, porque ya se ha hecho, se ha hecho casi hasta el punto del agotamiento: poemas, novelas, testimonios de primera mano, y no hace falta fingir que esa tradición de la literatura uruguaya reciente (la de las últimas tres décadas), no existe. Una vez asumido esto, Espinosa puede ir un paso más allá, mirar lo que falta por contar, los aspectos de la historia más alejados del morbo por el horror, y hacerlo con un estilo y gracia (la apuesta al esperpento, al humor grotesco) que no habría sido posible hace 20 años o que habría sido tomado, sin más, como una provocación herética. En ese sentido, esta novela es un paso más hacia la clausura definitiva de los años conocidos como “el proceso” como tema central de la literatura uruguaya contemporánea.

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  3. Pingback: Novelas sobre la dictadura en Uruguay a 40 años del golpe | archivo#ND

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