Le rezamos la novena de microcuentos

Suicidio.

Vi la escena más trágica que un hombre pueda ver. En el medio del lugar más destrozado, la esperanza, gorda y amorfa, se aprestaba a suicidarse. Parecía haberse tragado todo el dulce y tenía los hombros agobiados por el peso de forúnculos pestilentes. Tenía los ojos desorbitados y echaba espumarajos. Yo me veía reducido a la impotencia de la mera mirada. Con la mano izquierda amartillaba un revólver y, con la derecha, se ahorcaba. Empezó a cambiar de colores y a proferir discursos exaltados que se entremezclaban en una especie de zumbido de abejas infernal y baboso. Las convulsiones precedieron el tiro y el correrse de un nudo. De la bocanada del último estertor, salió raudo un picaflor sacudiéndose las cenizas.

Magia

El mago decidió envasar sus sustancias mágicas en bolsas chicas. Consideraba que era una especie de grosería el hecho de guardar polvos sutiles en envases groseros y grandes. Pero, sobre todo, lo hacía porque imitaba las prácticas de su maestro.

Segovia, el almacenero de la esquina, tuvo que adaptarse a los tiempos de crisis. Como el poder adquisitivo del público había bajado notoriamente, decidió fraccionar la mercadería y venderla en envases más chicos, lo cual hizo que, por sutiles reglas del mercado, terminara por tener más ganancias. Por las noches, Segovia era el Gran Maestre de una orden de magos.

Primer encuentro.

-Llueve- dijo él, con una sonrisa.

-Te extrañaba- respondió ella.

Último encuentro.

 

Fue imposible. Incluso eso fue mal interpretado.

 

Breve.

Cuando se trata de lo breve, manda el Diablo que compartimos usted y yo.

La cocina como acto de amor.

Se había comprado un libro titulado “La cocina como acto de amor” y estaba muy entusiasmada. Se abocó a buscar recetas para agasajar a su marido y cocinó.

Cuando este llegó, lo esperó con la comida pronta y llena de ilusión. Su cónyuge comió entre exclamaciones de repugnancia.

De noche, mientras cenaba sola, pensó que al libro que había comprado le faltaba un capítulo de recetas para el amor despreciado. Se le ocurrió que ella podría contribuir con la autora mandándole la receta. La salsita portuguesa le daba un toque especial a la lengua de su marido.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en microcuentos, narrativa breve, narrativa propia, Sem categoria. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s