Como introducción, el episodio de los chorizos.

Simbolo del eterno retorno

Las fiestas de fin de año son días estresantes. Son probablemente los días en que la presión social se hace más intensa, omnipresente y generalizada. Las energías se consumen decidiendo quién pasa con quién y dónde, qué se come, quién cocina, eso sin mencionar las penurias que han pasado los que compraron regalos de Navidad. La antigua fiesta del solsticio de invierno europeo donde se reubicó el cumpleaños de Jesús tiene profundo significado religioso para los católicos. Pero no necesariamente para un uruguayo, país donde la fecha se llama oficialmente “Día de la familia” gracias a la oportuna separación de la Iglesia y el Estado, lo que le agrega una nueva complicación al asunto. Basta imaginar algún pariente que se angustie sistemáticamente en  tales ocasiones o alguien que se dedique al macabro arte aguar fiestas. El anecdotario es rico en relatos lamentables que incluyen familiares mamados, quemados con cañitas voladoras, gente que sufre por muertes lejanas en el tiempo, comida que sobra o “Medianoche con las estrellas” mientras todo el pueblo brilla en un intenso pedorreo artificial sin sentido. Es más difícil cuando se vive en Maldonado porque a la Intendencia no se le ha ocurrido emitir un decreto por el cual se separen las fiestas del inicio de la temporada turística.
De todos modos, me estoy quejando de lleno. Suelo aprovechar los días que reseñé macabramente para saludar al almacenero, mandar una cadena de mensajes de texto con pavadas a  mis amigos o reflexionar sobre la condición humana. Además, ya estaba escrito que esta temporada no iba a trabajar, por lo cual mi mayor presión consistía en ir a comprar los insumos para el tradicional asado de fin de año que, por más datos, me había ofrecido a elaborar. El nerviosismo estaba focalizado en la planificación de un largo viaje en ómnibus que empezaría el primer día del año y debía depositarnos el diez en la ciudad del Cusco, a cuyos efectos habíamos dedicado intensas energías a elaborar un itinerario, reservar pasajes e intentar infructuosamente comprar pasajes en un tren boliviano, además de pensar intensamente en cuál sería el equipaje, entre otros etcéteras.
Entonces, el 31 de diciembre, me interné en el maremágnum de compras en procura de un corte de carne, chorizos, salchichas parrilleras, provolone y algún postre. Vagué por las inclementes góndolas de un supermercado muy grande donde el consumo de alimentos alcanzaba uno de sus picos anuales, razón suficiente para que no quedara asado de tira ni colita de cuadril, lo que me dejó sin más opciones que un peceto. Mientras el empleado de la carnicería me atendía, apareció otro que le arrancó los chorizos de las manos. Había sido alumno hace unos años. Nos saludamos y noté que hacía unas maniobras extrañas con los embutidos que, según pude entender, consistieron en pesar el kilo que yo había pedido y, después de pegar la etiqueta correspondiente, agregar cuatro o cinco unidades clandestinas con las cuales el gurí me explicaba que la había pasado bastante bien en las clases. Es algo que uno nunca podría imaginarse cuando se pone a estudiar una carrera docente. Y es mejor así. La fiesta obligatoria dio sus frutos cómplices antes de empezar a rodar por el 2012.

(continuará)

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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