Equipajes

¿Ve un mochilero?

Claro que no conté lo de los chorizos supernumerarios solamente para hacerme el lindo. Sucede que, convenientemente asados, se juntaron a la carne, se diluyeron con algún vino, llegaron al mismo lugar que el queso y el tiramisú genérico. Se confundieron, incluso, con el crepitar pirotécnico de la noche. Y se fueron a dormir conmigo sabiendo que, al otro día se les sumarían sus compañeros rezagados. Entonces comprenderá quien lea que me estoy refiriendo al peso que empezábamos a acumular con miras de cargarlo durante cientos de kilómetros. También podrá fisgonear en los hábitos de uno que escribe que, ya de vuelta a casa, se sienta en la silla más blanca y disfruta del ritual recobrado.
De vuelta al tema, que no es cosa de andarse yendo por la primera rama que se presente, tal vez se haga preciso decir que el primer día del año nos vio en el trabajo febril de terminar de decidir qué llevar y ver cómo distribuirlo en las mochilas que yacían limpias en el cuarto cachivachero. Ropa cómoda, ropa para el frío eventual, medias cortas, medias largas, qué zapatos, qué sandalias, cuáles prendas descartables, cuáles un poco más presentables considerando la eventualidad de concurrir a eventos sociales o salir en televisión, que uno nunca sabe cuándo va a ser llamado por la fama. En mi caso, había de considerar cuál sería el único libro que iba a acompañarme o, por lo menos, el que debía acortar el maratónico tirón entre Buenos Aires y San Salvador de Jujuy. Cavilé sobre las condiciones que debía reunir para meterse en mi mochilita chica y, en primer lugar, figuraba la extensión, seguida de cierto grado de dificultad que asegurara su duración. Fue por eso que metí “Grande sertão: veredas” de Guimarães Rosa, un libro de esos que, lo sabía, son como laciarle el pelo a Valderrama. Tampoco podía olvidar lo que sería mi posesión más preciada, un cuaderno donde pensaba anotarlo todo de modo que después pudiera convertir mis geniales anotaciones en un éxito de ventas. En una manifestación del ritualismo que me acomete en ciertas ocasiones, eché mano a un mapa de Maldonado y Punta del Este (y la Barra) con propaganda de un supermercado inmencionable y forré prolijamente el que sería mi diario de viaje.
Mientras tropezaba entre pilas de ropa y decidía como distribuirla en bolsas de náilon especialmente seleccionadas para el caso, se gestaba la primera crisis seria en el camino. Sabido es que el exceso de carga aparece muy mencionado en los catálogos del infierno de los viajeros. Y más aun si se desconfía de la resistencia del cuerpo sometido a la estresante fórmula “peso + distancia”, de la que habló Zitarrosa más que los profesores de Física. La incertidumbre, el calor del primero de enero, el retorno de los chorizos que no respetan los momentos de tensión, todo eso convergía para que llegáramos a cuestionarnos la propia idea de viajar. Pero, por suerte, vimos la luz. Descartamos, no sin dificultades, un par de medias de abrigo y dos pareos que, con sus doscientos cincuenta gramos, hacían tambalear nuestra moral.
Ya habíamos dado uno de los últimos pasos antes de despedirnos de la casa, que dejaríamos bien cuidada durante el tiempo que durara el peregrinaje. El primer día del año, tras almorzar los restos de la noche anterior y dormirme una siesta bochornosa, nos tomábamos el primer ómnibus de una larga serie. Tenía puesta la camisa de la noche como una forma de soltar amarras lentamente. Llegábamos a una semidesértica terminal Tres Cruces, donde los taxis caían por goteo hasta que al fin uno nos llevó por la grisura hueca de Bulevar Artigas, en cuyas veredas el náilon volador denunciaba el feriado y las costumbres de los uruguayos. Uno de esos hábitos detestables consiste en quedarse en el apartamento de algún pariente cercano y, una vez liquidados los panes integrales y el fiambre, dar cuenta de la cerveza que quedó ahí regaladita a la espera de una garganta sedienta. Uno nunca sabe si esa no será la última. Siempre se corre el riesgo de volverse abstemio durante el camino.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Crónica de un viaje sudamericano, yo. Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a Equipajes

  1. la piú bella... dijo:

    Aún se espera que retorne la cerveza perdida en el detestable hábito de quedarse en la casa de la hermana menos cercana. Del pan integral y el queso no voy a pedir devolución pues no me han hecho falta.
    Espero continuación o, de lo contrario, un éxito de venta (dedicado y autografiado, que una nunca sabe cuándo necesitará hacer cobre algunas pertenencias, y un éxito de ventas autografiado puede ser muy rentable) que traduzca tus geniales anotaciones.
    Salú, bienvenidos, y espero visita.
    Bacio

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  2. la piú bella... dijo:

    Cuando llegues a los 22, ese será el autografiado y dedicado a la hermana más lejana. Que según supe hasta helados les dejó en el freezer antes de irse el 1/1…

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