El celular como frontera

Glorioso celeste

Los celulares sonaron temprano el dos de enero. El cronograma incluía la terminal Tres Cruces, el puerto de Colonia y después la terminal de Retiro en Buenos Aires. Hasta ahí, se trataba de territorios conocidos. Aunque, por supuesto, cada detalle recibía una atención mayor a la habitual porque era, de todos modos, un camino que llevaba hacia lo nunca visto. Todo funcionaba vertiginosamente en Montevideo. El taxi apareció en la puerta pocos segundos después de hacer la llamada. El tachero, calmo y de bigotes, tenía una radio donde sonaban esas orquestas de tango que los viejos reconocen y comparan con otras que para mí suenan idénticas. Nos llevó por Bulevar de vuelta hasta la terminal, que a esa hora temprana ya era un embudo por cuyos andenes la gente huía de la capital, presumiblemente hacia la franja costera.
Recuperamos horas de sueño viajando a Colonia, desde donde tomaríamos el catamarán que nos depositaría del otro lado del Río de la Plata. Supe, más de un mes después, que mi partida había sido silenciosamente observada por agentes de inteligencia contratados por una editorial de poesía, lo cual habla de la libertad de expresión por estas bandas. Pero en esos momentos éramos ajenos a la persecución y nos ocupaba la cola para pasar por migraciones y empezar a sellar los pasaportes, antes de incluirnos en la confusa cola que no se sabía si era de Buquebús, Colonia Express o de las dos. Hasta que, de alguna manera, alguien consiguió entender y viboreamos largamente por la manga infinita que llevaba hasta la embarcación a bordo de la cual perderíamos la señal de los celulares, en lo que es una de las señales de la división administrativa de los países, tan cercana a lo económico y lejana de los viajeros.
Eso es algo en que mi celular sin contrato contribuye a entender mi concepto de frontera. Entonces, como última acción rastreable en territorio uruguayo, le mandé un mensaje a mi amigo Farmoca, una vez que hubieron dado las recomendaciones para un hipotético naufragio y empezara a cantar Diego Torres en las pantallitas del barco. “Río de la Plata” puse, como manera de marcar mi posición. Respondió dando también su punto en el mapa. Ciudad de Maldo rumbo a Aiguá, hoy de noche Piria, viajando onda Farmoca. Y aquí es donde puedo detenerme sobre la mítica figura de este anagrama de “fármaco”, apelativo que fuera usado por él mismo en la época en que se envolvía de papel higiénico y decía ser una momia ciclista. Más tarde, pasó a ser el nombre del inefable personaje viajero que adornaba nuestro programa de radio en la sección “Los viajes de Farmoca”, inspirada en la columna del “Tío Matt el Viajero” de la exitosa serie Fraggle Rock. Nuestro amigo viajaba por lugares distantes y distintos. Se emborrachaba en una librería pub de Dublín mientras buscaba un libro de Joyce. Se mezclaba en fiestas populares diversas, lo ataban a la cama en un hotel sin techo del desierto de Atacama o visitaba diversos íconos mundiales. No obstante la diversidad de sus viajes y experiencias, mantenía ritualmente dos costumbres. Una: cada vez que llegaba a un lugar nuevo compraba, patriótico, un calzoncillo celeste. Y la otra: se enamoraba. Esta fijación le venía de su primer viaje, cuando partió sin rumbo y encontró aire fresco en una tienda vacía de Bagé, Rio Grande do Sul, en la cual, para hacer tiempo, se puso a hurgar en la bandeja de la ropa interior mientras conversaba con la vendedora, quien lo acompañó hasta el probador.
Una vez apagado el celular, que permanecería incomunicado durante más de un mes, levanté sutilmente mi pantalón, bajo el cual figuraba, muerto de risa, mi calzoncillo celeste recién estrenado.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Crónica de un viaje sudamericano, Farmoca, yo. Guarda el enlace permanente.

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