Cruce Argentina en una página

Buenos Aires se asomaba rápidamente frente a nuestros ojos. El viaje es rápido en esa

Seco.

lancha, como también termina siéndolo salir del puerto después de ella. Al ser menos pasajeros, el ritual de la oruga de los equipajes se hace un poco menos tedioso. Pero antes de tocar tierra en La Boca, empezamos a conversar con unos muchachos que se iban de viaje. Se dirigían a El Bolsón, una localidad sureña donde aparentemente se consigue ver duendes, probablemente después de la realización de algunos trámites. Los tipos, con toda la pinta de ser montevideanos amantes de la cerveza, comentaron que habían estado en Bolivia y Perú. Recomendaron, igual que otros, que no comiéramos en la calle y que probáramos las truchas del lago Titicaca. Se sumaban, de ese modo, a la lista de lo que ya a esa altura eran lugares comunes sobre la región. No es que los niegue, pero me resulta siempre más agradable llegar –a lo que sea- sin tantas muletas para la mirada, con menos respuestas de una cultura hacia la otra. Me gusta dejar bastante espacio libre para la percepción. De todos modos, las repeticiones sobre algunos puntos me alertaron. Tenía que mirar otras cosas. Mientras sacaba esta osada conclusión, el más viejo de los viajeros, un loco macanudo de lentecitos, espetaba que “es un lindo viaje para hacer en pareja”. Luego de un comentario mío que no voy a reproducir por meras cuestiones de estilo, respondió que “y…, no es Florianópolis.” Después de la fea y lenta terminal de Retiro, nos dispusimos a atravesar de un tirón el territorio argentino, hasta llegar a Jujuy, ciudad de la que yo no tenía más referentes que el Burrito Ortega, otrora habilidosísimo jugador de River y la selección y hoy veterano más bien cuadradón entrado en alcoholes. Fueron más de veinte horas a bordo de un ómnibus de Andesmar. Mi camisa de fin de año iba adoptando las feromonas del viaje mientras el guarda sacaba los numeritos del clásico “bingo Andesmar”, en el que no me interesé hasta que dijo que sorteaba una botella de vino. Ya habíamos pasado la primera noche y habíamos visto las dos primeras películas malas de ómnibus, una de las cuales me resultó más interesante que la vista nocturna y fugaz que Rosario. Me quedó la luz de unos incendios previos a la ciudad santafesina que me trajeron a la memoria el episodio en el que una poeta oriunda de allí hacía flamear un secador de pelo ventana afuera en Punta del Este. La Pampa pasó oscura e inadvertida, o por lo menos la parte que se nos parece. Durante el día, vimos lo que es seco. Amanecimos en Santiago del Estero. La imagen es de infertilidad, de pobreza y falta de agua. Hay sectores donde no crece el pasto. Los arbustos son ralos. Tunas. La presencia humana se denuncia por las edificaciones que son, como la vegetación, achaparradas. Los cercos que delimitan los predios son de palos torcidos yuxtapuestos, una imagen que me recordó lo entrevisto, en películas o en fotos, del nordeste brasilero, lo que me hace pensar que tal vez elegí bien el libro para leer. Apenas se mueven, lentas, cinco o seis cabras al costado del camino. El cura franciscano que viene sentado pasillo por medio, y que venía conversando con un rasta del sur, confirma nuestras impresiones sobre la carencia que entrevemos a través de las ventanas rápidas del ómnibus. Antes de que aparezca Tucumán, me dejo absorber por la inercia del campo. Una de las visiones del absoluto que tengo es lo yermo, allí donde hay pocos intermediarios entre el suelo, rústico y amargo, y un cielo que es puro latigazo. Las tierras de Mercedes Sosa se presentan más hospitalarias, empezando por la ciudad, que se adivina más linda, dueña de avenidas más amplias, adornada por los cerros que la circundan y que, a partir de allí, se van haciendo inevitables, al punto que nos van levantando hasta llegar a San Salvador de Jujuy, donde ya hemos trepado poco más mil metros sobre el nivel del mar. La terminal, bullanguera, presenta una desorganización que no nos molesta, como tampoco nos hace mella que se haga un poco difícil entenderle a la gente las indicaciones sobre dónde puede haber un hotel o alojamiento. En medio del colorido de una feria artesanal que denuncia que la cultura del lugar no es la dominante sino que es vista como típica, damos con un hotel sin habitaciones. Después de dar alguna vuelta sin sentido o de cruzar las calles todavía atontados por las largas horas culo, encontramos la cueva con aroma a queco en la que dormiríamos antes de emprender el tramo hasta La Quiaca. La ciudad es linda. Tiene una peatonal que, de tardecita, hierve de jujeños, cuyas apariencias son un prólogo de Bolivia. El promedio de altura hace suponer que el básquetbol no es lo suyo. Las pieles tostadas, las narices redondeadas, los pelos negros y los abdómenes regularmente curvos son los rasgos fenotípicos de una gente con poquísimos ancestros europeos. Fue allí que, como un rastro que no le permite perderse a quien tenga olfato, empecé a sentir un olor desconocido, uno que no se puede escribir ni fotografiar y que, en grandes concentraciones, tampoco se puede oler. Había que dormir esa noche antes de arrancar para la frontera. Y nunca me imaginé que una terminal pudiera tener tanto relajo toda la noche, tanto grito, tanta cumbiamba y bocinazo.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Crónica de un viaje sudamericano, yo. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Cruce Argentina en una página

  1. Luclam dijo:

    En septiembre tuve la suerte de acercarme por aquellas tierras y fue un viaje muy enriquecedor en lo personal… Me llegó lo que escribiste del olor desconocido.
    Un saludo

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