The long and winding line

Sin ley de silla.

La vida sedentaria ofrece unas satisfacciones que se parecen mucho a las conveniencias del comercio, la religión y demás autoridades. Las acciones de cada individuo se vuelven predecibles, se mimetizan con el programa del lavarropas y sus hitos apenas si son las ondulaciones estacionales o la falla mecánica, tras la cual se debe esperar indefinidamente al técnico informal de turno. Cuando se viaja, se está expuesto al cambio frecuente en las condiciones, con lo que quedan pocas cosas estables, como la necesidad de avanzar o la de tener los ojos abiertos. Uno perfectamente puede dar con sus huesos en un hotelucho descascarado desde el que no se puede olvidar que uno está acostumbrado a dormir con mucha menos música y gritos. Y, a primera hora de la mañana, tomarse el ómnibus más tempranero con destino a La Quiaca, una ciudad que es algo así como la versión argentina del fin del mundo conocido. Del otro lado se extiende Bolivia. Estábamos debidamente informados de que, al cruzar la frontera, íbamos a encontrarnos con Villazón, desde donde podíamos ir, por decir algo, a Oruro. Yo me sabía de memoria las estaciones que llevaban hasta Oruro y tenía presente las frecuencias desde allí hasta La Paz. Como no conseguía entender las fechas, había echado mano a un pizarroncito de acrílico donde apunté los trayectos lo más prolijamente que fui capaz. Nos habían dicho que el tren estaba bueno. Se nos ocurría una linda forma de viajar, ya que en Uruguay los ferrocarriles han caído en desuso. Y yo pensaba en mi abuelo, que metió años a lo loco en AFE, de donde lo jubilaron cuando llevaba como sesenta de servicio ininterrumpido. También tuve alguna pista sobre los servicios bolivianos porque estuve como dos semanas intentando reservar boletos en la línea que salía de Villazón a eso de las tres de la tarde, cosa que no hubo forma de lograr. La página me permitía ingresar la fecha, la hora, el tramo, pero no había forma de que me dejara seleccionar los boletos.

La cosa es que salimos de San Salvador de Jujuy metidos decididamente entre las montañas, incluso por unas que mostraban capas de varios colores, veteados, con franjas de rojo intenso, como si se les ocurriera darle alegría al territorio de los cardones, unas tunas enormes que había visto en ilustraciones de la revista argentina Cosmi-k cuando era gurí chico. En esa misma publicación recuerdo haber leído sobre el Pucará de Tilcara y también sobre una gente a la que se llamaba diaguitas. Y estaban los cardones. Pasamos por ahí. Es un pueblo chico, de ladrillos de adobe, como son casi todos los que por ahí se ven agarrados de las montañas. El ómnibus también toca Humahuaca en su recorrido, un lugar del que solo puedo decir que los taxistas empujan sus vehículos igual que en la capital de la provincia, del mismo modo que vi en otros lugares que después visitamos. Dicen que hay una quebrada. No cuentan nada en general de los altarcitos que florecen por doquier a los lados de la ruta ni de las mismas flores acumuladas en los cementerios intensos. Se diría que muchos han muerto en esas carreteras.

No sé cómo es La Quiaca. Llegamos a una terminal de ómnibus de la que salimos rápido. Información turística, eso es lo que empezamos a acostumbrarnos a buscar. En el puesto destinado a es fin, recibimos datos un poco difíciles de aceptar. Voy a confesarlo: estaba convencido de que pasar de un país a otro iba a ser como cruzar la calle en el Chuy o en Rivera, cosa que de hecho podría verse así si uno no se viera expuesto a los controles migratorios, primero argentinos y después bolivianos. El hombre de turismo nos había dicho que la cola iba ya a la altura de una estación de servicio. Para nosotros eso no era ninguna referencia, pero sí se nos hizo un poco inquietante saber desde qué hora había gente apostada esperando para pasar.

Aquello era una boa larga hecha de mochilas y de gente devorada por el trámite. Casi todos argentinos y bastante jóvenes. Algunos chilenos y pocos europeos. Y nosotros, que a partir de ese momento empezábamos a convencernos de que seríamos parte de una abrumadora minoría, si se exceptúa uno que se quiso colar más tarde y tenía puesto algo de Peñarol y otro que vimos entrar a un restaurante de comida rápida como quince días después vistiendo una abultada camiseta celeste. Es decir, de ahí en más, íbamos a ser indefectiblemente tomados por argentinos.

Nuestros vecinos en la fila también lo eran. Pero cordobeses, fueron enfáticos. N. y M., oriundos de Río Cuarto y La Carlota respectivamente, se habían conocido en la Universidad de Villa María. Y, por algún motivo que no consigo recordar, empezamos una larga conversación. Resultó que la N. estaba a punto de recibirse de socióloga y el M. andaba metido en unos berenjenales docentes bien parecidos a los míos. Los dos tenían posgrado de macanudos. Y, en las cuatro horas que tuvimos que esperar para pasar por el kioskito argentino, nos entregamos respectivos informes de nuestras vidas, lo cual profundizamos en las otras cuatro que estuvimos en el limbo hasta que un solitario funcionario boliviano nos sellara la entrada a su país.

Mientras aprendíamos a medir el avance en mochilas, íbamos oteando el panorama. De pronto quedaba un lugar y nuestros lentos equipajes se movían. Un chancho metía el hocico en el hilo de agua sucia del ancho cauce sobre el que se alzaba el puente que era nuestra sala de espera. Se ponía frío y se veía que la noche iba a venir con lluvia. Yo ya me había mareado un poco, tal vez por los tres mil y pico de metros que ya teníamos sobre el nivel del mar lejano. Alguna gente cruzaba por ahí, tipo aventura. Por el otro lado, se apreciaba el trajín de personas que acarreaban bagayo en carritos o a la espalda. Mayormente mujeres, las primeras de las infinitas que vimos con el atuendo típico del país, con todo y sombrerito.

La ansiedad aumentaba a medida que nos acercábamos al puesto de control, donde un milico caricaturesco, de lentes cuadradotes, quería ordenar la fila y decía que no quería aglomeraciones, mientras un francés que había estado quince minutos en la cola se hacía el opa y yo lo dejaba colarse. Tal vez fuera una manera de protestar contra el agente del orden, que parecía no haber visto la aglomeración en la que estuvimos ocho horas y después de la cual agradecí no haber podido reservar el tren, que habríamos perdido sin remedio.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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Una respuesta a The long and winding line

  1. la piú bella... dijo:

    Leído, espero el to be continued…

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