¡Tupiza Tupiza!

Antes de ese auto, tenía más pelo.

Adentro del puesto de control nos acaracolamos con los caparazones lentos y coloridos, inhábiles para los espacios reducidos. Y este lo era. Un ambiente tal vez de cuatro por cuatro, una de cuyas esquinas estba tomada por una oficina cerrada. Encajados en la pared opuesta, tras un vidrio, figuraban los escritorios destinados a los funcionarios, donde solo había uno. A un lado, había una mesa donde un muchacho llenaba los papeles de alguna gente mayor que se podría suponer analfabeta. Me acudió a la memoria la primera vez que estuve en un aeropuerto, cuando una mujer boliviana me pidió que le llenara el formulario. Algunas cosas han corrido diferente en nuestros países. Y siguen siendo diversas. No se me ocurre imaginarme un retrato del presidente en oficina pública alguna. A lo sumo, alguien podrá tener un pegotín en el termo, pero no se encontrará un retrato a todo color, con vestimenta típica y medallas, como el de Juan Evo Morales Ayma. Es posible que tampoco figure en una oficina pública un afiche en el que se ve a Hugo Chávez junto a otro personaje cuya imagen no deja claro si intenta representar a Fidel Castro o al Che Guevara, aunque el puro inclina las apuestas hacia el cubano.
Salimos de ahí, ya en patota, a internarnos en territorio boliviano. Ya habíamos investigado el entorno con M., mientras las mujeres guardaban el lugar en la cola. En la terminal vimos que los coches salían hacia el norte a una hora que coincidía peligrosamente con el tiempo que estimábamos podría extenderse la cola. Sacar los pasajes era una apuesta y se veía que nuestro reciente amigo cordobés, como nosotros, no era muy timbero. De todos modos, frente a la terminal estaban apostados unos autos que, según nos habían dicho, hacían el mismo recorrido por unos pocos bolivianos más. “Rapiditos”, así los llaman. Entonces, una vez liberados de las garras de la frontera, a través de una calle comercial donde se podían adquirir títeres de dedo o candados, nos dirigimos al vocerío que marcaba la presencia de los taxis.
Siempre hubo alguien que se encargó de decirnos que en Bolivia y Perú se regatea, razón por la cual intentamos esa actividad tan desagradable así como el conductor nos dijo el precio. El conductor y otros que estaban en la vuelta se cerraron como una tenaza sobre nosotros. Unos hablaban y otros gritaban “¡Tupiza Tupiza!”, los que conversaban también decían “¡Tupiza Tupiza!”. Todos decían “¡Tupiza Tupiza!”. Vendían el servicio como en las ferias uruguayas la papa y la manzana. El precio era de veinticinco bolivianos por cabeza y no se movía. Hubo alguna escaramuza para intentar meter más gente que no tuvo resultado. Y reveló nuestra incoherencia cuando, segundos después, nos negábamos a que entrara siquiera otro alfiler al auto que, conmigo en el asiento de adelante y los otros tres atrás, estaba completo. El conductor, en medio de tanta cháchara nuestra, no se pronunciaba más que para gritar, como quien respira “¡Tupiza Tupiza!”, incluso cuando ya estaba manejando. Si eso era atípico, más aun lo era en su parquedad, algo muy inusual en los taxistas, gente que entre sus características cuenta, además del salvajismo, la locuacidad. Debo confesar que a mí me acuciaba cierto sentimiento de culpa. Éramos una horda de argentinos invadiendo el país. Se me ocurría que el hombre podía tener toda clase de argumentos prefabricados contra nosotros, que seguramente el regateo habría reafirmado.
Empezó a manejar por las calles de Villazón, donde nos habían recomendado que no nos quedáramos. La ciudad tenía mala prensa. Fea e insegura, decían. Las calles irregulares  y las casas deslucidas atrás de la zona comercial confirmaban lo de la belleza. Y nos sentíamos inseguros. El tipo daba vueltas por el pueblo, sacaba el cogote ventana afuera y repetía “¡Tupiza Tupiza!” En una, saca el celular y habla por espacio de unos segundos. En aymara. Nos mirábamos entre nosotros. Yo me imaginaba que estaba avisando de nuestra captura a un traficante de órganos o a una red de prostitución de mochileros. Paró. El lugar parecía una gomería. Bajó, habló dos o tres cosas y volvió. Nos mirábamos sin decirnos nada. Arrancó de vuelta y, después de dar alguna vuelta más, detuvo la marcha otra vez. Se bajó y abrió el maletero, donde estaban nuestras mochilas. Me preparé psicológicamente para perder mis pertenencias, miedo que fui descartando cuando vi por el rabillo del ojo que en realidad las estaba acomodando.
Apareció una mujer. Vestía las ropas de todas y la adornaba el consabido sombrerito. Sin saludos ni introducciones, se dobló entre el equipaje. Después de allí, solo se la escuchó hablar por teléfono y rezar clandestinamente bajo el ruido del motor. Sabía la clase de bestia que era su marido. Y tal vez también estuviera acostumbrada a su ausencia de respuestas, como les pasa a nuestras mujeres cuando miramos un partido de fútbol, leemos un libro o escribimos una décima para compartir con los amigos.

Automatización.

Se bajó de vuelta, esta vez a pagar el peaje en una casa. Al fin salió del pueblo y se lanzó violentamente sobre una carretera que me pareció extrañamente suave, si bien llena de curvas, subidas, bajadas, barrancos y oscuridad, además de los innumerables altarcitos que salpicarían nuestra vista de ahí en adelante, como testimonio de la gente escrachada en el camino. Al salir primero y luego repetidamente cuando veía tumbitas, el conductor se santiguaba con vehemencia y mirada de conejo, teniendo la precaución de soltar el volante y dejando que el vehículo circulara a su arbitrio por el medio de la calzada. En ocasiones, como la vez que murmuró “zorro”, al santiguado agregaba un perfumito a base de alcohol que pulverizaba hacia afuera. Yo pensaba que el miedo de me podía ir conversando, entonces le hice varias preguntas. Si la carretera era nueva, si el taxi era de él, que cuánto se demoraba, si la música que tenía en la radio era boliviana. A todo contestó con monosílabos en aymara, menos a lo último, a lo que respondió aumentando el volumen hasta lo insoportable, lo cual neutralizó mi cháchara y solo fui informado un rato después cuando el propio cantante repetía, al inicio de cada canción “Emerson…, desde el Perúúú”.
Además de la falta de respuestas del amigo taxistas, el corazón me tapara la boca, como por ejemplo la vez que un ómnibus nos quería pasar y nosotros nos balanceábamos hacia la raya central. El bondi se cernía sobre nosotros. Le veíamos los lunares al chofer en medio de la noche. La persecución duró varios metros, hasta que nuestro rapidito tomó la decisión y aceleró hacia lo que quedaba del camino.
Tupiza brilló antes de que sorteáramos todas las curvas que se interponen entre su imagen y la llegada. Paró frente a la terminal. Salió la chola. Salimos nosotros. Empezó a vocear de nuevo. Esta vez ¡Villazón Villazón! Oyó que queríamos ir hasta Uyuni y dijo que nos llevaba. Antes de que le contestáramos dijo ¡Villazón Villazón! Le dijimos que no, gracias. Salir de ese auto era un reingreso a la vida.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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2 respuestas a ¡Tupiza Tupiza!

  1. la piú bella... dijo:

    Treinta y Tres, Treinta y Tres!!

    Me gusta

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