Te sigo amando

Las terminales podrían ser muestras representativas de la población del lugar. La de Tupiza, cerca del hostel y casi al lado del polideportivo, habla mal de la disposición al diálogo de la gente. O, más aun, de la tendencia a ponerle ganas al trabajo. Los puestos de venta de pasajes eran una suerte de catacumbas ocupadas, como si de ruinas se tratara, por mujeres vestidas al uso tradicional a quienes resultaba muy costoso interrogar. Todo era en otro lugar o allí nomás, no, no. Por más que el cartel declarara que la empresa viajaba a determinado lugar, la contestación era automáticamente negativa, adornada por muecas que no sabría definir como de miedo, asco o rechazo al trabajo. Éramos altísimos, blancamente extranjeros, con unas mochilas evidentes y eso parecía hacer que no nos quisieran vender boletos. Por eso, nos costó mucho trabajo dar con el mostrador que nos vendiera pasajes a Uyuni. Y también fue dificultoso lograr que la mujer nos atendiera porque, así como nos vio, se puso a llamar por teléfono. No podría decir qué tipo de conversación tenía porque, una vez más, nos demostraban que el español es una presencia débil que nunca desplazó la lengua originaria. Ahí hay que esperar. El cliente, más que otra cosa, molesta. Y, así las cosas, no sabíamos si quedar del lado de afuera de la ventanita o mandarnos puerta adentro. Mientras dudábamos, dos mochileros, uno de los cuales tenía una camiseta puma con pinta de ser la de Peñarol, se metían con su cámara de fotos brutal por el hueco que permitía ingresar a la oficinita. Hubo que pararles el carro. Estábamos poniéndonos violentos. Pero no pasó nada. Conseguimos los pasajes para la mañana siguiente.
Por la mañana siguiente, hicimos una breve incursión en el centro. Chiquito, apretado, con barro. Compramos unos budines, galletitas, cosas de esas para el viaje y para el desayuno, que nos tomamos en el hostel primero legítimamente y después de forma muy poco ortodoxa, impulsados por las condiciones ambientales. Las reglas no eran las de casa, ni las de ningún otro lugar que hubiéramos conocido. Eso nos convirtió en depredadores inescrupulosos. Nos ponían en el papel de conquistadores y lo asumíamos haciendo de los restos del desayuno de unas santafesinas nuestra primera presa. Les hicimos bolsa el pan, la manteca y la mermelada. Salimos bien alimentados para tomar la unidad de la Flota Chorolque que debía llevarnos hasta Uyuni.
Como ya era esperable, el coche se hizo desear. Uno rojo, nos habían dicho. Mientras no llegaba, íbamos viendo el tipo de ómnibus imperante en el transporte carretero. Frente al espectáculo de latas viejas que entraban y salían, abrigábamos la esperanza de que el nuestro, como era para un trayecto largo, fuera de una calidad superior. Debimos descartar nuestra ilusión cuando lo vimos, decorado con una leyenda pegada al parabrisas que rezaba “Te sigo amando”.
Aceptado que viajaríamos en aquello, nos dispusimos a subir, cosa que pudimos hacer una vez que una muchacha parada en la puerta del vehículo nos hubo cobrado una tasa de embarque de la que nadie nunca nos avisó, como corresponde. Esto me hace pensar que, si el Ministerio de Turismo de Uruguay promete sonrisas, el de Bolivia perfectamente podría ofrecer aventuras a cada paso, sorpresas, la sensación del descubrimiento constante, convertir cada paso en una epopeya.

Derroche sentimental.

Nos trepamos al polvoriento Chorolque en medio de la marea turística, entremezclada con los viajeros autóctonos con dentaduras de maíz. Empezamos a movernos, salíamos de la terminal, bastante en hora. Vi con un poco de extrañeza que, para salir de los andenes hacia la calle, había un portón de fierro que se estaba moviendo en el preciso instante en que partíamos. Se cerraba. Entonces volvíamos al punto de partida. Había unos uniformados que cortaban el paso.
Pasillo por medio venía sentado un boliviano radicado en Buenos Aires que iba a visitar a la familia, creo que en Sucre. Notoriamente más locuaz que todos los compatriotas suyos que habíamos visto, nos explicó que se trataba de un tema de falta de habilitación. Seguro, pensamos, jamás en la vida se podía darle el visto bueno a tal conjunto de metal viejo sin baño. Agregó que se notaba que habían cambiado de teniente.
Nuestro conductor, de abdomen tirante y lejano, conferenciaba con los milicos.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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4 respuestas a Te sigo amando

  1. la piú bella... dijo:

    Lo que se dice un viaje de mierda!

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  2. punger dijo:

    Mi paso por Bolivia fue demasiado breve como para atreverme a decir que “todos los Bolivianos son así de parcos”, pero la impresión que me llevé de Villazón fue que cuando me acercaba a preguntarle algo a alguien, parecía que estaban viendo al diablo mismo. Mi peor odisea fue intentar localizar la agencia que me había vendido el boleto de tren a Uyuni (ya que no había un solo cartel que la identificara), estuve media hora yendo y viniendo por la misma calle y preguntando inutilmente. Los comerciantes de la cuadra me respondían: no sé, no sé…o por ahí..Por ahí, donde? decía yo. Por ahí, volvían a responder, bajando la cabeza. Opté por sentarme en el escalón de la única puerta que no tenía cartel y que se notaba que era una oficina, pero estaba cerrada. Y me entregué al destino. Hasta que rato despúes, un boliviano bajito (y este sí, muy simpático) se me acercó y me dijo amablemente: Patricia? Claro, yo había quedado en pasar a las 11 h y a todo esto ya eran cerca de las 12 h. Por suerte el tren salía a las 15 h, pero sí, sin duda alguna viajar por Bolivia es toda una aventura y una contínua lotería.
    Me encantó eso que dijiste por ahi: que los niños hablan porque todavía no aprendieron a no hablar. Y cómo duele ese silencio!

    Buenísimas todas las crónicas! seguiré leyendo…

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