Uyuni y el francés

Acá, en Atocha.

Entonces, como todo se termina, el viaje en el Chorolque llegó a su fin. En Uyuni era de tardecita y llovía frío sobre las calles embarradas y pisoteadas por la horda que se bajaba de los ómnibus como tábano sin cabeza. Después de varias horas de total vulnerabilidad, se hacía necesario salir en busca de algún lugar donde quedarse y también de averiguar cómo saldríamos de ahí y cómo haríamos para llegar a salar, que es lo que ha puesto a ese pueblo en el mapa. Nos separamos. Unos dieron vuelta a la esquina porque parecía que había un hostel, otros fueron atraídos por los carteles que anunciaban las excursiones en camionetas cuatro por cuatro hasta el campo de sal. Hubo quienes reservaron allí y quienes aseguraron las camas allá, sin que los movimientos no fueran ni muy claros ni premeditados sino más bien hijos de la desesperación.

En el hostel había una montonera de gente en torno a un escritorio vacío y a alguien que decía que el precio era de treinta bolivianos por noche. Una voz preguntaba si había cuartos para cuatro, otra decía que para cinco, pero somos cuatro, el francés que dice de alguna manera entre el inglés y los gestos “cinco, cinco” y el resultado es que damos con nuestros huesos en un cuarto con dos camas dobles y una simple apto para dos parejas de swingers y un suplente. El  tipo, que se llamaba Ahcenè, dejó la mochila y salió de escena. M. y yo también nos hicimos a la calle, ahora en busca plata boliviana y pasajes a La Paz, y dejamos a las mujeres en el cuarto como guardianas de los equipajes. Nadie nos dio una llave para el candadito chino al que se resumían las medidas de seguridad del alojamiento, por cuya puerta entraba y salía gente sin que portero o recepcionista alguno custodiara el movimiento.

Después de preguntar varias veces y esquivar no menos charcos, conseguimos lo que buscábamos y volvimos a la pieza, donde nos encontramos a dos mujeres que oscilaban entre el susto y la curiosidad. El francés había dejado todas sus pertenencias ahí. En una mochilita como la que se puede usar para ir al gimnasio. Nosotros llevábamos unos armatostes de cuarenta y pico o cincuenta litros densamente forrados de ropa para un año, varios tipos de calzado, toallas, abrigos, latas de conservas, botiquines completos y hasta libros. Y el francés tenía su mochila negra sin pinta de estar demasiado cargada, razón suficiente para que las mujeres se alarmaran y empezaran a elaborar teorías sobre la verdadera identidad del viajero. Llegaron a pensar que pudiera tratarse de uno de esos agentes multiuso de las películas, medio pariente de MacGyver. Estuvieron a punto de abrir el cierre para saciar su curiosidad.

Como no aparecía, después de descubrir que no había forma de bañarse, resolvimos salir al centro en busca de algo para comer y de un cíber para dar noticias de nuestro estado de buena conservación y de las coordenadas. No queríamos dejar la puerta abierta porque ya habíamos tenido noticias cercanas de la actividad de los descuidistas, que se habían afanado varias cosas del ómnibus en la parada de Atocha. M., hombre previsor si hay en estas tierras, había comprado un candadito igual de chino pero más nuevo. Pensamos en cerrar pero no quisimos dejar afuera al compañero de pieza. Entonces, en un gesto inocuo, pusimos el candado en una posición ambigua que intentaba aparentar que estaba cerrado.

Y a a los diez minutos supimos que no deberíamos preocuparnos por el galo porque no tardó en encontrarnos en el centro de Uyuni, como nos hallaría todas las otras veces, tal vez gracias a las rayas amarillas de mis mangas. Nos comunicamos en un inglés rústico que no sé si sirvió para explicar el concepto de “candado arrimado” pero sí para saber que él había contratado la misma camioneta que nosotros para viajar al salar. “Ok, ok” decía y reforzaba las palabras con el pulgar hacia arriba. Todo le servía.

Después de intentarlo casi en vano con una conexión a internet más lenta que la mía, volvimos al cuarto, a propósito del cual no sabría decir si estaba en el segundo, tercer o primer piso porque para llegar a él había que subir una escalera, bajar otra y subir otro tramo. Le pregunté al hotelero, que te decía “amigo” cada vez que pasabas por al lado suyo, si conocía a Escher y me contestó  con una sonrisa vacía. Expliqué que ese artista tenía un dibujo donde las escaleras tanto subían como bajaban. Su sonrisa  no se alteró.

Venía la noche y el cuarto no tenía ventanas.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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3 respuestas a Uyuni y el francés

  1. la piú bella... dijo:

    Bien, sigo leyendo. Habrá más franceses??

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  2. Luclam dijo:

    Raro es no encontrar un francés en un viaje con su equipaje perfectamente optimizado jaja son años de experiencia, siglos! diría yo

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  3. No precisan bañarse…

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