Décimosegunda carga de microcuentos

Fidelidad

Dio instrucciones precisas al fotógrafo y tomó el ramo de flores. Amaba a su mujer con toda su alma, aunque ella constantemente desconfiara acerca de su fidelidad. Buscó con la vista un lugar en el que nada obstaculizara la foto e hizo señas al hombre de la cámara. Admiraba cada aspecto de su esposa, aunque le incomodaba ese defecto suyo que le impedía verla perfecta como en el tiempo de novios. Esperó y la mujer no tardó en llegar, provocativa y sonriente, como en un preámbulo del beso apasionado. Había decidido hacer algo para que su mujer fuera infalible. Cuando hubo un descanso en el beso, miró al fotógrafo escondido y, con una seña, le preguntó si había tomado las imágenes. Como el otro respondiera afirmativamente, se dio media vuelta y dejó a la mujer sola.

Días después, sentía nuevamente que su mujer nunca fallaba mientras ella le reprochaba ácidamente su infidelidad, de la que se había enterado por unas fotos que le habían llegado en un anónimo.

Pena

Me tiraba besos de atrás de la pastilla. Sus ojos brillaban y su boca trinaba poemas en cámara lenta mientras se contoneaba. Puse voz de amansar fieras para intentar persuadirla de que saliera de su guarida psíquica.

Por fin lo logré. Pero la libertad pareció afectarla porque mostró debilidad, en tanto que maldecía y fumaba frenéticamente. Entre un insulto y un cigarro, alcanzó a darse cuenta de que su estado se debía a la intemperie fuera de su pastilla. Con esfuerzo, se zambulló en el siguiente comprimido, uno más fuerte.

Desde adentro, comenzó a mascullar tangos químicos. Lloré y le supliqué que viniera conmigo, tras lo cual, espasmódicamente, salió del círculo sedante. Embarrada todavía por la lentitud, se tambaleó mientras me abrazaba. Como empezó a desarmarse, volvió agónicamente a rodar en su remedio.

La sustancia era cada vez más dueña y señora. A través de los barrotes sintéticos, me pasó una carta que no leo porque la ley no me lo permite. Solo puedo decir que algunos condenados a cadena perpetua se las ingenian para no cumplir la pena, aunque no puedan fugarse.

Alabanzas

Había visto como, en todas las lecturas de poesía a las que había concurrido, siempre se acercaba gente a felicitar al poeta, incluso a los malos poetas. Decidió no ser menos y se acercó a la lectora de ese día, de quien él nunca había escuchado hablar antes. Alabó la profundidad de los textos, lo aventurado de las imágenes y lo coherente del mundo poético, así como la vida que daba a los poemas la excelente declamación. Como broche de oro del panegírico, se animó a comparar la poética de su interlocutora con la de una afamada poetisa de décadas atrás. Se sintió cumplido y orgulloso. Minutos después, empezó la lectura.

El gran descifrador

 

 En cierta época antigua, en un país que hoy solo se conoce descifrando papiros, murió el Gran Descifrador. Sobresalía por su infalibilidad a la hora de hurgar en los significados ocultos de cualquier cosa codificada, de cualquier misterio.  Era proverbial su gran obediencia a los designios de los dioses, amén de cierta soberbia que lo llevaba a prometer que se ahorcaría si no resolvía el acertijo que se le planteaba.

Se ahorcó.

Según se sabe en la actualidad, el Sumo Sacerdote, temiendo que el Gran Descifrador llegara a la Verdad, lo desafió públicamente a que descubriera un mensaje por él codificado. El texto decía: “Los dioses ordenan que te ahorques”.

Duendes

Cada duende en su hongo, es el modo de vivir. Así reza un dicho popular de estos seres que se empeñan en propalar noticias sobre su inexistencia. Los hongos que surgen de las lluvias son centros comerciales lujosos y transitorios. Las catedrales de los duendes se construyen en recovecos a los que rara vez llegan los seres humanos. Sus complejos habitacionales suelen ubicarse entre medio de nuestros dedos. Claro que nadie cree que los hongos no sean más que casas de familia. Si cundiera la credulidad en la población humana, todo el mundo creería que los sucios son portadores del tesoro de los duendes con la consiguiente quiebra de los laboratorios que elaboran fungicidas, propiedad de unos duendes capitalistas.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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