Microcuentos, otra vez protagonizados por Dios y el Diablo

Del Diablo, el abogado.

 Dios era abogado de oficio. Le tocó defender al Diablo, que era culpable. Perder el caso significaba dejar de ser Todopoderoso y ceder terreno frente al enemigo. Ganarlo significaba seguir siéndolo y ceder terreno frente al enemigo. Claro está que estos son problemas que se le plantean a un tercero que se ha puesto a escribir. El criminal anda suelto porque se defiende a sí mismo.

  

Duplicar

 El Diablo tiene una única limitación: no puede duplicarse, a pesar de ser un duplicado de Dios. Mientras tanto, allá anda Dios haciendo diabluras: vive de división celular en división celular, dándole trabajo infinito al otro, que tiene que gobernar un mundo cada vez más poblado por sí solo.

Raquetazos

Dios y el Diablo son tenistas. Somos la pelota. El que gana es el que nos pega más fuerte y nos pone fuera del alcance del otro. El partido aún no se define y se dice que el ganador se llevará un importante premio en dólares. Quizá un niño se lleve la pelotita. Es la única esperanza.

La decadencia

 De a poco, el Diablo ha ido entrando en decadencia. Su gobierno se ha vuelto cada vez más desorganizado y deja enormes vacíos que quedan a la buena de Dios. Esto es un desastre.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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