366 grados, día 30

La acacia tuvo un envión de vacío
interrumpido.
Las hojas más nuevas quedaron
confinadas
en los extremos de las ramas
peladas.

Tienen algo de manotón náufrago,
de certeza lenta
acechada por una línea de sombra
que se sabe
y se va haciendo esperar
a diario.

La observo sistemáticamente
preguntándome
si los dedos, lo único que vive
del árbol,
llegarán a garabatearle una luz
a la noche más larga del año.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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