366 grados, día 45

Para qué sirve este momento,
este texto, estas palabras,
estos silencios a la sombra
de cada letra, de mi puntuación.

Servir no sirve, ni yo ni mi follaje
somos empleados ni cotillón,
no le interesa a mis dedos
ser la herramienta de un jefe
o la gota de la ola que movieron
con ultrasonidos los barcos
ubicuos de los pastores invisibles.

Si son de su talla, se los regalo,
si no, aquí tiene un trapo de piso
o rejilla, como quiera llamarle,
según dijo el gurí puerta a puerta
que pusieron a trabajar
los de una organización benéfica.

A mí tampoco me sirve, la verdad,
fíjese que por esto me van a fichar
los buenos y los malos, además,
por supuesto, de quienes jamás
sabrán qué es ni qué soy.

Quién sabe algún día esté a la moda,
otra vez, vivir en la letra escrita
o pagarle algunos mangos
al tipo atrás de la maraña,
difícil pero quién sabe.

Esto no tiene propósito ni bandera,
no busca solución ni acomodo,
a veces ni siquiera la belleza,
no es un arma, ni un remedio,
no es nada ni va a ser.

Es, sí, inevitable, como el aire,
como una parte del cuerpo
o algún proceso vital, mi forma
de andar en bicicleta, de acariciar,
mi estilo de putear a la impresora,
y es tan lo que sea como yo mismo,
mientras disfruto de un vino
o cuando hago algo que no tengo
la mínima necesidad de justificar.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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