IV Partido de las sierras, entre el relato y la duda.

por Rodney Da Silveira, enviado especial

El templo del fútbol literario.

En la jornada de ayer se desarrolló la cuarta edición del Partido de las Sierras, inefable match de escritores que se viene celebrando como dossier de la ceremonia consagratoria del Premio Nacional de Narrativa.  Se enfrentaron el representativo de San José y el de Maldonado. El templo donde tuvo lugar el salvaje ritual fue la cancha del barrio Las Delicias, que fuera elegido por el representante del equipo maragato en virtud de que la única victoria en su haber se lograra en el mencionado field.

La escuadra josefina saltó a la cancha con Santullo a cargo del arco y el área, Calero dibujando atrocidad desde el fondo, Leonardo Cabrera desde la izquierda encargado de armar el juego, Asís desolado en la punta izquierda y sometido a constantes bartolazos y Cavallo, como puntero ventilador, encargado de dar veloces puntazos al ataque. Se notó, una vez más, la ausencia del que fuera mejor jugador, el refinado Pedro Peña, a la vez que tampoco se hizo presente la estrella argentina del encuentro anterior, Manuel Soriano. Los fernandinos, fieles a la demografía de su ciudad, no alinearon ningún jugador oriundo. Fabián “el Archiduque” Muniz puso sus metafóricas manos en acción, detrás de los defensas Baráibar y Fernández de Palleja, recios y piernifinos, y la vanguardia estuvo a cargo de la familia Motta, padre premiado e hijo de filosófico fútbol. El cuadro sufrió las bajas de Valentín Trujillo, con aviso y justificación, y de Damián González Bertolino, hurtado por el Recreativo Secundario F.C., en un ejemplo más de cómo el capital puede más que el amor a la camiseta. Tampoco se presentaron el argentino Ignacio Di Tullio, de añorado cañón, ni el el periodístico y fantasmal Alfonso Larrea, de cuya existencia se duda.

Estas alineaciones no tardaron en modificarse merced al esguince sufrido por Motta padre y al desvanecimiento del golero Muniz, lo que dio lugar a insólitas transferencias dentro del propio partido, con lo cual Santullo de pronto debió calzarse los guantes de Maldonado, con posterioridad al ingreso del eficiente y funcional canchero, que actuó como golero o goleador, según lo requirieran las circunstancias. De este modo, se cumplió la cuota de jugadores indispuestos que el ritual exige año a año.

El resultado tuvo mucho de ficción, acorde a la condición narrativa de varios de los participantes. El placard se selló con un nueve a nueve y la definición por penales registró un desequilibrio favorable al equipo fernandino.

Pese a las declaraciones mourinhistas de algunos actores insidiosos, queda claro que Maldonado afianza su supremacía futbolística sobre San José. Asimismo, se estableció también que los jóvenes escritores uruguayos organizan partidos de fútbol para legitimarse, como acertadamente señalara un crítico de la capital, a quien se le escapó el verdadero propósito del movimiento con pelota, que es, según palabras de los mozos de “El ombú”, “comer como cerdos y chupar vino.”

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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