366 grados, día 77

Un registro distorsionado,
como si no hubiera en la precisión
toda idea basada en la práctica
de la arquería, del tiro, del gol.

Un delirio a capricho,
como si no hubiera antojo
en la agenda oficial de anuncios
rimbombantes, en los giros
ficticios del timón que nadie ve.

Un palabrario inútil,
como si los mariposarios hicieran
más liviano nuestro vuelo,
como si los idearios
fueran diferentes a los
serpentarios.

Una flecha hecha de flechas,
el chorro de un avión hacia adelante,
hacia el vacío tal vez,
hacia sí mismo,
hacia toda clase de destinos
de mierda, de nada.

Una apuesta sin riesgo alguno,
una que corre todos los riesgos,
que los camina, los atraviesa,
una que se sumerge en ellos,
una apuesta a que alguien apueste,
una apuesta contra todos
los pronósticos culturales,
la más segura de todas.

Lo único que puedo hacer,
que es nada,
lo único imposible de prohibir,
de cobrar, de pesar, de imitar,
lo único que me colma
y me vacía,
lo único que existe en el mundo.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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