Señores niños, Daniel Pennac

***

Pennac

El título de esta novela plantea una inversión de los valores imperantes. Permite plantearse la hipótesis de lectura de que hay implícita una ética y unos valores desafiantes. ¿Por qué? Porque, al menos desde la posición de un uruguayo que tiene número de funcionario en la educación pública, refresca el punto de vista. Los lectores extranjeros de este blog deberán tener en cuenta que, cuando se habla de “educación” en este país ignoto, se oye hablar del cumplimiento o no de acuerdos políticos, de reivindicaciones gremiales con sus consiguientes huelgas con paro de actividades (a mi entender inútiles y contraproducentes), de la decadencia del sistema público, de violencia (de los docentes, de los alumnos, del entorno), del presupuesto o del estado ruinoso de los edificios, así como de las asimetrías en los aprendizajes según las zonas geográficas. Es decir, se habla de la majada, vista desde un helicóptero cuyo ruido no permite diferenciar las voces de lo que parecen ser ovejas o lobos disfrazados de ovejas pero podrían ser gente. Pennac le da el título de “señores” a quienes debieran ser el foco de la educación.

La idea es simple. Tres alumnos reciben, como castigo por algo que hacen en clase, el deber de escribir una redacción con la consigna de que un día, al levantarse, se han convertido en adultos y sus padres en niños. El verdugo de Igor Laforgue, Joseph Pritsky y Nourdine Kader, niños de orígenes étnicos diversos y con problemas domésticos también distintos, debe sufrir, como lo han hecho treinta generaciones, al inefable profesor Albert Crastaing. Debo decir que lo sufrí un poco porque también he mandado redacciones con consignas a mis alumnos. Y estoy seguro de que por muchos momentos me he olvidado de que, como docente, los jefes deben ser ellos. (Ábrase el fuego de la polémica: ¿pueden dar órdenes?, ¿pueden exigir resultados?, ¿quejarse?, ¿destituirnos?).

La tarea les pesa, al mismo tiempo que también los atribulan sus circunstancias familiares. Crastaing tuvo la precaución, además, de citar a los “señores padres” a hablar con él, convocatoria que uno de los progenitores se resiste tenazmente a firmar, lo que deriva en un intento sexual de convencimiento por parte de la esposa. El caso es que, nadando en contra de su propia corriente, los gurises, que andan en los trece años, se disponen a cumplir con el deber. El resultado es que la producción del texto incide del modo más literal en la realidad, ya que, de buenas a primeras, los jóvenes amanecen en cuerpos adultos y sus padres se ven reducidos en edad y en centímetros. Este giro fantástico deriva en situaciones francamente grotescas y es mediante esta inmersión en el humor que se dejan ver los roles del adulto y del niño, así como la influencia de la niñez en la adultez, especialmente en el caso de Crastaing.

El libro interpela y divierte. No obstante, quedo con la picazón esa que tengo siempre: ¿hasta dónde el pensamiento puede expresarse mediante la narrativa?, ¿puede el texto ser pretexto para inocular otro texto? En este caso, la imaginación y el delirio desbordan el recipiente de la idea, así que la balanza se inclina hacia la sonrisa.

Nota: A lectores rioplatenses o hispanoamericanos en general podría interesarles que hubiera una traducción adecuada a su dialecto, ya que la proliferación de coloquialismos de Pennac son resueltos en un registro ibérico que a algunos podrá hacérseles distante. A mí, en realidad, me divierte escuchar una voz distinta y me provoca a usar la mía.

Tres pequeños gilipollas que ofrecen un minuto de recreo a su crastaingitis. Citémoslos:
1) Igor Laforgue, sexta fila, junto a la ventana, que mete ostensiblemente una hoja muy interesante en su clasificador de francés.
2) Joseph Pritsky, su amigo y vecino, que se la quita con la rapidez del relámpago mientras Crastaing les da la espalda.
3) Nourdine Kader, que se inclina sobre los otros dos para no perderse nada de una eventual juerga.

Mientras, Crastaing prosigue su corrección recorriendo los pasillos:
-¡La verdad es que la familia es una especie en vías de desaparición! Nos machacan la pérdida de los valores familiares. ¡Tonterías! ¡Lo que ha desaparecido es la propia familia! Completamente disuelta por las enzimas mediáticas. La televisión fabrica generación espontánea y ustedes son el desastroso producto de esa manufactura.

Calificación: bueno
Título original: Messieurs les enfants
Traducción: Manuel Serrat Crespo
Mondadori, Argentina, diciembre de 2011, 234 págs.
ISBN: 978-987-658-101-1

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Daniel Pennac y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s