366 grados, día 124

Sin tener la menor duda
me diagnostiqué tristeza,
desilusión y pereza,
el alma al aire, desnuda,
perdiendo batallas mudas
contra ningún enemigo,
la derrota era conmigo,
las nubes artificiales
y la razón de los males
fue mucha paja por trigo.

No hay doctor por estas bandas
que tenga un medicamento,
supositorio o ungüento,
pechuga en polvo de Holanda
ni excremento de oso panda
digerido en charla TED
que pueda calmar la red
en la que me he visto envuelto,
van días y no me suelto
de pensar y tener sed.

Pensé en dejar el laburo,
en mandarme monte adentro,
desbordar, tirar un centro
a la olla de lo oscuro,
olvidarme del futuro
y de todas sus presiones,
entregarme a los eones
u ofrendarme a la tormenta
que se precipita lenta
y forrada de bubones.

Pero llegó en carretilla
un amigo matemático,
lúdico, feliz, didáctico,
con historias de su villa
que vinieron de perillas
para quebrar la semana
y volver a tener ganas
de sentarme en torno al juego,
de ir disolviendo el ego
al ritmo lento del prana.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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