366 grados, día 126

Ah, el placer de escribir
en pedo.

Y nótese que lo primero
es el placer,
que escribir es un medio
y el pedo un fin.

Y pensás que nada importa,
que solo vale disolverse,
escribirse el uno en lo mismo
con tinto fresco, con brocha
temblorosa y decidida,
con todas las justificaciones posibles,
sin mañana,
sin otro compromiso que la deriva,
el mar del error placentero,
algo anterior al control de la infancia,
algo eterno.

Ah, el placer amorfo
de las luces a medias,
que quién necesita más
que algunos esbozos de curva,
adelantos de caricia,
antesalas vacilantes,
combustiones lentas.

Ah, el placer
de dejarse ir, de irse
sin rumbo ni medida,
eso es la vida
por unos instantes
que deberían ser todos.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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