366 grados, día 136

Yo de chico
jugaba muy mal al fútbol,
era el último que elegían,
leía a Sandokán e historias
de piratas y de niños investigadores,
yo de chico tenía pocos amigos,
o tal vez ninguno,
yo creaba mundos posibles
de noche, ojos adentro.

Conocí al holandés errante,
a Riki Tiki Tavi,
antes de saber del tiqui tiqui
de Carrasco
o de la naranja mecánica
de Cruyff
me acuerdo de una edición ilustrada
de la Odisea y de los marineros
convertidos en chanchos
por la hechicera,
al sargento Goon y al loro Kiki,
y cuando apagaba la luz

me escapaba por la ruta ocho
rumbo a Los Aromos,
pataleaba en la cama
a modo de entrenamiento,
me convertía en un enorme
delantero, habilidoso y goleador,
sacaba campeón a Peñarol,
uruguayo, de América, del Mundo,
y soñaba que rechazaba
propuestas europeas,
jugaba por amor a la camiseta,
y mientras tanto en ningún
momento de mi infancia
jugué en cuadros de baby,
ni Yerbalito, ni Yacaré,
ni Chali ni Juan Tapia,

y mi cuenta en valla enemiga
es de un gol.

Con el tiempo aprendí a pegar patadas
y muchos años después a dejar de darlas,

un día fui a una práctica de Danubio
de Treinta y Tres,
me llevó un compañero,
y aprendí del barro y de correr
en la vuelta de la cancha,
y de un técnico desagradable
que abrazaba a un gurí
con cara de bobo,
ya sabía de la intolerancia
con el que no sabe,
me enseñaron técnicas de reproche,

pero creo que igual
seguí siendo un jugador de fantasía
pese a que en la cancha
lo mío fue más bien realismo sucio.

Mientras los goleadores
se iban a jugar a Argentina,
a Italia, a España, a Inglaterra,
y brillaban en mundiales juveniles
yo partía de una patada a un gringo
en el Parque Batlle en medio
del abdomen y se desinflaba
en la polvareda y se la daba
a un armenio negro
atrás de un árbol, tras lo cual
salía con un pelotazo a la nada.
Y más tarde me verían
en Maldonado, en una canchita
sin pasto del Jagüel, también
ajusticiando gente, como a un comiloncito
soretón y todavía no tan perjudicado
por el manejo de bibliografía,
era la época en la que Uruguay clasificaba
a un mundial y yo tenía una novia
ficticia que me enseñó el dolor
y a dejar de creer en las películas de amor.

Hubo otro mundial al que no fuimos,
y yo jugaba al fútbol cinco,
pocos goles, mucho sacrificio y humildad,
creo que en ese entonces
leí cuentos de Fontanarrosa
y conocí a Aldyr Garcia Schlee,
hombre este último que supo inventar
una camiseta y el lado b del fútbol
de Brasil, y así y todo hinchar por Uruguay.
A todo esto yo ya hacía tiempo
que no era más de Peñarol,
en las películas de Al Capone,
lo siento, debo decirlo, siempre quise
que ganara Elliot Ness.

A todo esto me iba convenciendo
de que lo mío era más fantasía
que jugador
hasta que a alguien se le ocurrió
hacer un partido de escritores
y, lo quiere el capricho del sueño,
salí en la contratapa de un diario,
con la camiseta diez del Grêmio
de Porto Alegre
y le hice un gol
a un escritor de policiales.

De pronto, lo inesperado,
Uruguay jodiendo de nuevo en un mundial,
Forlán goleador, todos con el proceso,
todos hablando del Maestro Tabárez,
el camino es la recompensa,
vaya argumento budista
en plena ebullición del cielo,
en medio del triunfalismo,
el camino es invisible,
quién sabe qué pasaría
con mi fantasía invisible.

Y se formó un cuadro de profesores
donde jugué algunos minutos,
tirándole hachazos al viento,
imaginando jugadas,
y un día mi cuerpo respondió
a mis ideales y subí por la punta,
volé más que los contrarios,
fui Cafú, Jorginho, Dani Alves,
triangulé con un compañero,
eché un centro de primera,
cabezazo y gol,
pero lo anulan
y se viene el entretiempo,
el técnico me felicita
y me saca.

Uruguay se las ingenia
para seguir estorbando
y se trae una Copa América
en lo que quedaba de Pluna,
que poco después dejó de volar,
y yo me retiro del Recreativo Secundario,
pienso que si los bancos fueran
cómodos como en Europa
me gustaría más estar sentado.
Mi carrera incluyó un centro,
pocos minutos y ninguna amarilla,
tal vez mis mejores jugadas
fueron por escrito
porque tenía puesto seguro
como cronista.

Los héroes son viejos a los treinta
y casi todos los jugadores
de fútbol del mundo son menores
que yo, el cuerpo lo dicta,
mi imaginación todavía
hace sus primeras armas en primera,
dos libritos de poesía
y se vienen unos cuentos
que me harán magramente
profesional.

Veo jugar al Barcelona
y le pondría de título
“Cien años con la pelota”,
sueño con que escribo un libro
que da ese trabajo y provoca ese placer,
acá me ven,
con más amigos reales
e imaginarios
y una mujer de verdad
que es una película de amor,

en plena práctica.

Gracias al fracaso en el fútbol
todavía soy un juvenil,
aunque quiera desmentirme
mi peinado.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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