366 grados, día 170

Vivíamos en una casa
donde se cultivaba el desorden
y la puerta se mantenía abierta
a las visitas más insólitas.
Antiguas y efímeras exnovias
brotaban después de una siesta,
parejas de gordos
pasaban su luna de miel
en el cuarto de al lado,
se daban banquetes
de jamón y queso,
parentelas diversas
acampaban en nuestros cuartos,
un día llegaba el cuñado de uno
que era bombero
y nos íbamos en bicicleta
hasta un baile lejano,
otro día el Hernán y el Marcelo
se disfrazaban de buenos estudiantes
para recibir a una novia de quien habla,

éramos un campamento hippie
sin proponérnoslo,
teníamos los rituales de los jueves,
donde fuimos aprendiendo
a ubicar tiras de asado en la estufita
y dejarle una para el Marcelo,
que llegaba como a la una de la mañana
de la farmacia,
supimos relojear a las vecinas
a una de las cuales alguien
le prendió cartucho,
supimos ser relojeados
por dos putos que vivían en la esquina
a quienes bautizamos “los egipcios”
porque caminaban con el cuerpo
hacia un lado y la cabeza
girada hacia nosotros,
practicamos el arte de la caipirinha
y nos hicimos amigos del Augusto,
el vecino que era experto
en los bailes del Defensor
y nos hablaba de las virtudes
de sus conquistas, “limpita,
dijo el Augusto”,

vimos crecer a una niña
mientras yo miraba una novela
con Osvaldo Laport y Soledad Silveyra,
en medio de la sorpresa porque
la idiotísima de la personaje principal
leía el mismo “Libro del desasosiego”
de Pessoa que yo tenía a lado
de mi colchón,
trepaba al mismo tiempo
la altura del yuyal del patio,
tierra de nadie transitada por los piches
y regada a baldazos jabonosos
por el viejo de atrás, al que le tapamos
la puertita de ramas,
hubo artesanías y comidas,
hubo calma,
hubo un perro que masticaba libros
de poesía,
me brotaron cuentitos como yuyos
y los escribía en los azulejos,
de ese tiempo data mi costumbre
de escribir en las paredes,
fue un tiempo donde un árbol
brotaba incontrolablemente,
donde nosotros brotábamos
incontrolablemente,
deberíamos incluir a la casa,
que se llamaba “O tresoitão”,
en nuestros resúmenes de vida,
como credenciales de sobrevivencia
en situaciones de alegría.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en 366 grados, poema. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s