366 grados, día 206

Las órdenes, las desorganizaciones, la peluquería,
la jerarquía, la tristeza, los actos de fin de curso,
las compras, la nafta, el calor, los cheques diferidos,
los cumplimientos, las alegrías protocolares,
la proliferación fungiforme de reuniones,
la falta de algo para decir, todo lo que se dice,
el fin del fin del mundo, el renacimiento triste
de las utopías, la guerra declarada sin cuartel
a la tranquilidad y los buenos tratos,
la falta de ganas, las ganas de cosas vacías,
el vacío de vacío, las heladeras llenas
de porquerías, los ómnibus que obligan
a sus pasajeros a cruzar tres metros de barro,
las manos que le arreglan el pelo a los pelados,
los poemas obligatorios, las máquinas de cortarle
el pasto a la alegría, la acumulación de gente
que va en busca del brillo del metal y la bebida,
los libros para nadie, las historias sin otro sentido
que el de sostenerse escribiendo, aunque sin gusto,
sin goce, sin razón, sin sentido, sin lectores,
las agresiones que explotan como fuegos
de artificio con perfume a chivo, las respuestas
con mejor fragancia pero con retrogusto a zorrillo,
el acorralamiento laboral de las libertades,
la molestia, la desgana, la mentira
del que se dijo indispuesto aunque lo estaba,
la indigestión, los arbolitos de plástico,
la falta de música nueva, en fin,
el catálogo de lo que me aqueja
en esta época tan obligatoria
como cara y dogmática.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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