366 grados, día 245, Libro de caras

Hay una calle que es una columna
de hombres sobre ruedas,
que son partes vivas, transitorias,
de los edificios inútiles
que nunca tendrán caras
paredes adentro.

El fotógrafo pone el banquito plegable
en una rotonda, donde casi todos
bajan un cambio para no convertirse
en chirimbolos de los pinos,
regula la altura del trípode
calculando la altura del vuelo,
fija la apertura del diafragma
y la velocidad del obturador.

Hay una calle que es una columna
de hombres de zapatos amarillos
que pisan fuerte en el vacío,
que aun en suelo firme
tienen sus vidas sujetas por andamios.

El fotógrafo se siente un cazador,
se propone capturar el alma de esa especie
inútilmente rápida que vuelve al nido
todas las tardecitas con su canto ronco,
dispone las redes del teleobjetivo.

Hay una calle que es una columna
frágil, sostenida por el mundo,
por los caprichos de las burbujas
del champán financiero, tan firmes
como los adefesios que mandan hacer
para ponerle colmillos al paisaje.

El fotógrafo tiene un disparador
con el que acciona la arapuca,
disimulada con cajones de flores,
y todo un equipo de termo y mate
displicente, de como quién no quiere
la cosa, mientras va cobrando presas,
implacable, periodístico, documental.

Hay una calle que es una columna,
imitación criolla de lo que hicieron
los griegos, los romanos, los gringos,
pero es de humo y alcohol, materiales
que se sabe son livianos y se vuelan
con el viento del sur o, peor, el del norte,
que los enloquece.

El fotógrafo se puso un horario
breve, preciso, él sabe de la marea
de los que no son del mar
y se vuelven a gritar en las copas
de los eucaliptus, conoce la altura
a la que vuelan los que todo lo repiten.

Hay una calle por la que se vuelve
en eterno retorno a la constante
vida sin vida, a gastarse lo que se construyó,
que seguramente termine
cuando el dueño se olvide del juguete
con hilos y rueditas.

El fotógrafo cierra la trampa
y se la lleva, llena de luces.

Hay una calle que se vacía
y por la que de nuevo se puede circular,
vuelve a ser una vía rápida y mullida,
hasta que el sol la pueble a la mañana siguiente
y el ciclo se repita mientras alguien financie
la presencia de la luz.

El fotógrafo abre la cámara.
Las sombras y las luces en las caras
dicen su historia de arena y de portland,
cantan la canción del regreso
con voz invisible de pájaros presos
en rutas migratorias cotidianas.

Hay una calle que es una columna
que es una de las rejas de la jaula
de los pájaros con cara concreta,
con alma de humo y alcohol,
con hambre de tortugón completo,
de mujer, de hombre,
de la vida que se sabe
y deseo también de aquello
cuyo nombre no conocen.

El fotógrafo revela unos ojos que no ven,
caras como mapas de las rutas de sus vidas,
antiguamente jóvenes, viejos de siempre,
útiles, olvidables, con gestos de empleados
que sufren al patrón y al sindicato,
expuestos al viento que los convierte en piedras,
caras semillas, descascarables, carabinables,
caras que hay que mantener con trabajo
porque votan como todas las otras.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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