366 grados, día 256, Libro de caras

La trastienda

El fotógrafo se infiltró, metido en eventos sociales,
en logias y cofradías, atrapó conversaciones
con su lente, enfocó las zonas oscuras con su silencio,
siguió un laberinto de papeles amarillos
y dio con el lugar, una peluquería de viejos y pelados.
Se apostó con una máscara de cuidacoches,
con lo cual mató dos pájaros
del mismo disparo, ya que al camuflaje
le agregó financiación,
sacó una serie de fotos que nunca publicó.
El tiempo que demoraban los señores
se le antojó demasiado frondoso
y aun más que llegaran en tandas, con ese aire misterioso.
Tras meses de relojear las entradas y las salidas
de aquellos hombres callados decidió que era la hora.
Hizo desaparecer al cuidacoches
y se tomó unos meses para entrar
a la barbería. No sin antes afeitarse y cortarse la melena,
se sentó en el sillón del tiempo.

Las tijeras hicieron el mismo corte
por veinte años, sin palabras,
durante los cuales la frente
se amplió y la paciencia dio sus brillos.
Un día le habló el peluquero:
“De todos los que lo intentaron,
usted fue el más constante y discreto,
el único que no quiso comprarme,
a usted parecen interesarle
las caras verdaderas de la gente,
solo así se esperan veinte años
más los meses que estuvo
de cuidacoches;
se acerca la hora de mi muerte
y alguien tiene que quedarse
con el local.”
Dicho lo cual lo invitó a pasar a la trastienda,
a la vuelta del espejo.

“Esta es la historia de tu pueblo,
la verdad no está en los diarios
ni en los libros de historia,
tampoco en la literatura.
Nunca hice su cara ni la mía,
son los locos los que lo intentan,
hacerse a uno mismo es la cosa más inútil,
tampoco hice las de todos
los pretendientes de Penélope
que querían el secreto.
No supe quién fue el primero
a cargo de este trabajo,
al principio lo pensaba
pero al fin vi que mi cara
es, como la suya, de arena,
así me reconocieron,
así será con su sucesor,
la línea es de partículas mínimas.
No se preocupe por la técnica,
que, en el momento debido,
los ojos y las manos van a bailar sin que importe
otra cosa en el mundo.”

Hablaba mientras bajaban
por escalones de piedra,
a cada paso más coloniales,
que daban a una sala oscura.
Antorchas, usaban antorchas,
le explicó que esa era la luz
con que mejor se veía
toda la atrocidad, toda la magia
invisible, toda la lágrima,
todo el suspiro desapercibido,
toda la muerte, toda la herejía
de los jefes, toda la vida
en sus momentos imprevistos,
todos los golpes de gracia.
Había sombra de cabezas
temblando bajo el influjo
de los fuegos de los hombres,
los rayos empezaron a mostrar
los bustos.
Un informativista despeinado,
de camiseta rota, llorando como un nene,
un sindicalista sonriente,
una modelo haciendo fuerza
para cagar,
un famoso defensa central
con gesto de gay, un travesti del carnaval
sin afeitar, un político en silencio,
una sonrisa militar, un ladrón
caritativo, personas desconocidas
en medio de muecas famosas
y en la próxima sala, dictadores
y otras especies, juntos, besándose en la boca,
médicos chorreando sangre,
caras con ropas del pasado,
escritores con bombines de diario,
caricaturas de caricaturistas
con los pelos duros,
las vedettes que nunca nadie fotografió,
verduleros, chacareros, vascos
de boina, gallegos terminados en u,
algún italiano, damas antiguas
en pleno gesto del orgasmo,
murguistas despintados, afónicos,
esclavos tomando mate,
caudillos dormidos con un librito,
chinas hermosas e ignoradas,
los gauchos putos de Blanes,
los charrúas, el hombre blanco
que los convencía en guaraní,
ni tan aguileño ni tan celeste,
caras que no están en los libros,
la cara de vaca de Hernandarias,
y, entre tantas caretas,
caras de gurises en el agua,
más eternas que todas las otras.

“Me quedan pocos cortes de pelo por hacer.
En unos días me pelo.
Usted va a saber
qué hacer con el boliche,
vio que este arte no tiene tanta ciencia,
se va a dar cuenta fácil,
todos llevan la misma marca en la cara.”

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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