366 grados, día 299

La poesía es un gorrión en pedo
perdido en un basurero
que nadie busca,
me refiero a que nadie busca
al gorrión y tampoco al basurero.

Nadie, sin buscarla,
la encuentra y la copia en un papel
sucio que se encontró ahí mismo,
nadie le va a pagar por escribirla
ni por publicarla,
a nadie le interesaría si todos
la pagáramos,
nadie la va a leer, nadie la va a sentir,
a nadie le va a gustar,
a nadie le va a provocar ni cosquillas
y ni siquiera asco
porque nadie sabrá que está ahí.

La suerte del gorrión tiene mucho
del azar y el azahar
y nadie sabe por qué tal fenómeno
se da en los basureros
más que en las marmolerías,
a nadie le importa, empero,
tal discusión,
nadie está trabajando
para comprarse su lápida,
nadie está intentando
lograr cosas que a nadie le importan
ni tampoco al gorrión,
que de esto nada sabe
aunque su existencia esté en riesgo,
recordemos que estaba mamado,
que no se sabe gorrión
e ignora el concepto de basura,
conoce que vive en el mundo
y vuela sin saber por qué,
conoce que es mera teoría,
que nadie le puede decir
qué le corresponde a un gorrión,
que nadie lo priva de ser una luz
cuyo gris no es más que disimulo
a los ojos de los sordos,
finalmente, en el ápice del pedo
más glorioso y efímero del mundo,
el gorrión, que somos todos nosotros
aun sin saberlo,
sabe que todos somos nadie.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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