366 grados, día 303

Y entonces,
llegás un día a tu casa
de un lugar olvidado,
que tal vez ni siquiera exista.

Tus ojos se detienen
en las flores del zucará,
sedosas, abiertas.

Te quedás ahí,
en una meditación inesperada.

Acude un picaflor
que te confunde, quién sabe,
con un árbol,
o de pronto te hiciste
invisible o fuiste un monje
verdadero por un instante.

Se pone a mostrarte
cada una de sus plumas,
parsimonioso,
mientras se toma las flores
una por una.

Acomodás el cuerpo
y el picaflor se va
como quien de pronto
vio al diablo,

te preguntás de qué lugar
que tal vez ni siquiera exista
vuelve el diablo a su casa
cuando se te aparece.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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