Ronroneo

 “Live and let die.”

 Sir Paul Mac Cartney

                La muerte muere de día, porque su lugar natural es la noche, y todo aquello que no está vivo, quiero decir, activo, está, les guste o no, muerto. Como el gato, que puede estar vivo o muerto. Ya lo dijo un físico: puesto el felino en una habitación y dejado un tiempo prudencial en ella, podemos conjeturar que está vivo y muerto al mismo tiempo, porque no sabemos. Pero sí tengo datos de mi gato: me está mirando.

                Estoy muerto. Me enteré hace unos meses cuando no me reconocí al mirar mi imagen reflejada. ¿Quién era ese tipo de barba? Yo no era. Por lo menos, ya no era lo que era, si es que algo había sido. Pero, de todas formas, podía moverme. Incluso, el intestino clamaba. Quise probar a ver si funcionaba y lo hice roncar. ¡Hasta olor! Ya que estaba, decidí seguir viviendo.

                Convencido ya de mi condición de muerto vivo, lo cual no me adjudica el rol de avivado, decidí documentarme acerca de mi peculiar patología, que consiste, en parte, en que uno no se enferma. Lo primero que descubrí, por obra y gracia de una colorida portada, fue algo llamado catalepsia, lo cual, traducido, viene a ser algo así como la muerte por un rato. No me interesó: las cosas transitorias me dan miedo. Por ejemplo, el amor. Lo ha dicho un filósofo del éter. Dura nada más que un rato y, cuando se va, mata. Es una trampa muy común. Uno cree que esos ojos lo van a salvar, que esa boca lo va a alimentar, que ese cuerpo lo va cobijar, pero se termina, sí o sí. Es un medio que se supone útil a un fin agradable pero el fin de tal medio es un medio para llegar al deceso por amor, que a su vez es imprescindible para otro objetivo prefijado de los hombres, que no es otro que el desengaño, punto de partida, por su parte, de la vida consciente, mediante la cual descubrimos que nuestras decisiones más importantes son tomadas de manera inconsciente, como si fuéramos títeres. Pensé por un rato. Y lo único constante y fiable es la mirada del gato.

                Ya no creo ni en mis flatos después de que me desengañé. Por eso, me hice escritor, claro está, con la consciencia de que mi carrera artística tenía que existir para luego terminar, porque, como es sabido, la carrera de un escritor que está vivo para sus contemporáneos, termina cuando es reconocido y no lo dejan escribir más, o lo obligan a escribir como mercenario de las editoriales, que es lo mismo. Hay otros, los más, que hacen carrera después de muertos. Como quien dice –como dijo el griego- la vida es una preparación para la muerte. Pero, acaso, ¿no son todos nuestros aprendizajes y estudios aprontes para la vida? Eso nos lleva a la paradoja de que la vida es la muerte. Por suerte me queda alguna certeza: el gato sigue ahí. Me mira, lo miro. Si algo aprecio de los felinos es su impasibilidad.

                Como escritor, me dediqué a desenterrar y desenmascarar paradojas. Escribí un libro de prosa en verso al que titulé “Paradojario sencillo”, con varios capítulos de diversas formas y motivos. Tuvieron particular éxito los capítulos de autoayuda, que me ayudaron mucho a vender el libro y a incorporarme al mercado. Firmé muchos autógrafos, salí en televisión, y se vendieron muchas agendas y marcadores de libros con algunos de mis pensamientos emblemáticos como por ejemplo “la muerte es esa basura que te convierte en basura”, “elige tu forma de morir y no dejes que la muerte te mate antes” o “cada guerrero de la muerte tiene su muerte prefijada, solo debe dejarse morir a su propio ritmo”. Por supuesto, mi vida para el público era la muerte para los críticos literarios. Como era de esperarse, mi carrera terminó. Le di vida a una editorial, lo cual, al mismo tiempo, me dio muerte, porque, como dijo el crítico japonés Tzu Li, “la excesiva difusión es sinónimo de excesiva carencia de valores literarios.” Mi obra fue mi propio réquiem. Incluso lo había previsto, tanto que el primer y el último capítulo de mi libro –el mismo- constó de unas pocas palabras:  “Este mensaje se autodestruirá en unos segundos, y solo quedará el gato.”

                Me cansó escribir. Buscar contradicciones se transformó en una contradicción dado que todos los pensamientos son su opuesto. El blanco es negro, el amor, sufrimiento, y un libro es reductible a una sola palabra: “no”, que se niega a sí misma, al mismo tiempo que se afirma. Por eso, empecé a pensar que el pensamiento es malo porque no deja pensar bien. ¿Verdad, gato?

                Ya lo dijeron los budistas: esta vida es una ilusión, un embeleco que es un vago reflejo de la verdadera vida, la muerte. Ahondé en la ilusión y la descubrí superficial, pero real. Esas fueron mis épocas de cineasta y fotógrafo. Me empeñé en buscar las aristas y las sombras, que son las que le dan vida a las superficies lisas y las luces. Además, en la fotografía, los objetivos son las lentes que sirven de medio para lograr un objetivo, un fin, la foto, que es el punto de partida para que yo dé fin a este cuento, a partir de la contemplación de la inmortalización en colores –blanco y negro- de mi finadito gato, detrás del vidrio que vagamente me refleja en esta tardecita solitaria.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en archivo, narrativa breve, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Ronroneo

  1. Hesperetusa dijo:

    Espero que no dejes de escribir.

    Me gusta

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